miércoles 29/9/21
TRIBUNA DE OPINIÓN

La escenificación de la política

El protocolo no es principalmente una cuestión de buenas maneras, fundamentalmente es una cuestión de poder, de afirmación y de escenificación.
felipe vi pedro sanchez
Pedro Sánchez junto al rey Felipe VI en la XXIV Conferencia de Presidentes.

“Ninguna pasión despoja con tanta eficacia a la mente
de todos sus poderes de actuar y razonar como el miedo y la mentira”.

Edmund Burke


En un mundo en el que todo sucede cada vez más deprisa, si algo es digno de escenificar, también es digno de que se haga bien. El gran problema político de nuestra democracia consiste en conseguir que nuestros líderes ejerzan su liderazgo con responsabilidad, transparencia, credibilidad y sensatez, sin escenificaciones fingidas con el fin de impresionar y halagar a los suyos. La política siempre tiene, aún más, necesita escenificación. Como escribe Isabel Amaral en su ensayo “Imagen, protocolo y poder”, desde siempre el ejercicio del poder tiene su propio ceremonial y se escenifica de acuerdo a unas reglas que han ido cambiando y adaptándose a los tiempos hasta convertir el protocolo en una herramienta comunicativa imprescindible. Decía Bismark, el político alemán, artífice de la unificación alemana, figura clave de las relaciones internacionales durante la segunda mitad del siglo XIX que: “incluso en una declaración de guerra se deben respetar las reglas de la buena educación”. No ya en una declaración de guerra, ni siquiera en el ejercicio de las funciones normales del Parlamento español, nuestros políticos respetan las reglas de la buena educación. A pesar del cambio de los tiempos, la diplomacia no ha abdicado de un instrumento tan precioso y preciso como es el protocolo como escenificación de las buenas maneras y la buena educación; unido al poder, la diplomacia es una afirmación y una escenificación del protocolo, pero la introducción y el uso de las nuevas tecnologías de la comunicación han marcado un nuevo estilo con contactos más próximos y frecuentes entre los que detentan el poder, obligando a repensar el protocolo y las propias formas (el ceremonial) de la diplomacia. Es sabido que el protocolo codifica las normas que rigen el ceremonial, cuyo objetivo es situar y dar a cada uno de los participantes las prerrogativas y privilegios a las que tienen derecho por su cargo; pero tanto el ceremonial como el protocolo tienen como objetivo establecer relaciones de civismo entre diversas instancias del poder (o poderes), buscando una relación que evite los conflictos. Pero de lo que nadie duda es que en el protocolo quien manda es el poder.

El protocolo no es, pues, principalmente, una cuestión de buenas maneras, fundamentalmente es una cuestión de poder, de afirmación y de escenificación. Las buenas maneras son fruto de la cortesía, no del protocolo, aunque es correcto pensar que la cortesía, entendida como un código no escrito (y a la vez escrito) de comportamiento del cortesano, del hombre de la corte, fue originalmente un protocolo de Estado, ya que la corte era el lugar del poder. De los muchos textos escritos entre los siglos XV y XVII en los que se exponían principios, ideas y conductas que los gobernantes (o los príncipes) debían de observar con respecto al buen gobierno, destacaron dos, Nicolás Maquiavelo, autor de su conocida obra “El Príncipe” y Baltasar de Castiglione, autor de “El Cortesano”, de gran influencia en la España del siglo XVI; ambos autores tratan la misma cuestión: el poder. La obra de Castiglione esboza los elementos que conforman no sólo al perfecto hombre de corte, sino las normas de conducta que atañen a un ideal de hombre total, tomando en cuenta el canon físico, moral, cultural, y hasta literario, que refleja un código de comportamiento del hombre superior.

Mas el tiempo, las costumbres y el uso del lenguaje van modificando el significado de ciertas palabras, positivas en principio; hoy, los términos “cortesano y escenificación” han adquirido un significado que, en ocasiones, puede ser peyorativo. Un ejemplo de ambos lo encontramos en la historia de Luís XIV, el llamado “Rey sol”; no inventó el markéting político, pero fue el precursor de la política espectáculo a través de la creación de la llamada sociedad de Corte. La distancia del rey marcaba el poder de cada uno; y el ceremonial en la Corte era la escenificación y jerarquía del poder: a mayor distancia del “príncipe” (el primero, el Rey), mayor sumisión se debía tener. Por otro lado, la etiqueta (ir de etiqueta) está indisolublemente unida al protocolo. Los cortesanos recibían, en la entrada del palacio de Versalles, unas hojas con instrucciones breves sobre la posición y el comportamiento que debían asumir en las ceremonias reales a las que eran invitados. Esas hojas se denominaron “etiquettes”; de ellas deriva la palabra etiqueta. Los mecanismos de la etiqueta eran un instrumento de dominación extremamente manipulable y valorada por los cortesanos.

La escenificación en la política es hoy un signo de estos tiempos que nos toca vivir

La escenificación hoy de la política puede significar una representación teatral y, por tanto, fingida de la actividad que a cada político le corresponde según los votos electorales conseguidos y la institución a la que representa. Contemplar el panorama político actual es como asistir a una representación escénica, también etiquetada, y ver la carga teatral de muchas de sus intervenciones. Responden a un texto y argumentario previamente escrito. En sus entrevistas, ruedas de prensa o debates parlamentarios actúan como si fueran actores elegidos para interpretar un papel previamente aprendido. Y en la fingida representación del texto importa más la parafernalia escénica que interesa al líder que los intereses de los espectadores o votantes que los han elegido. Escenificar es hoy un signo de nuestros tiempos; los signos de los tiempos son acontecimientos significativos, no aislados y no naturales que marcan la historia de una sociedad por su frecuencia; son fenómenos históricos que se prolongan en ciclos progresivos de una generación, de una sociedad, adquiriendo el valor de históricos al impactar en la conducta e interpelar en los sentimientos de forma clara, patente e indiscutible en la realidad histórica. Hoy, como signo de los tiempos, se busca una escenificación que sea capaz de transformar las ceremonias oficiales, a las que asisten muchos cortesanos, en un espectáculo que seduzca al espectador, que enganche al público. Para transmitir legitimidad y autoridad, todo vale porque todo puede tener valor simbólico. La escenificación en la política es hoy un signo de estos tiempos que nos toca vivir, tiempos de hueco escaparatismo cortesano y teatral, sin discursos y argumentos razonables con el fin de conseguir audiencia y momentos y espacios en los medios de comunicación, aunque sea en la brevedad frívola de un tuit. No se hace política, se escenifica.

La cultura de la interpretación, como comedia, drama, tragedia o sainete, no pone límites infranqueables al discurso político. En escena, el actor está autorizado a opinar o fingir cualquier cosa, prescindiendo de la realidad y la verdad. En escena, la realidad puede ser una farsa, si así lo exige el guión y se consigue el aplauso y la voluntad del espectador. Este, y no otro, parece ser el papel de los grandes protagonistas de nuestra política actual; es el tiempo de la escenificación: el mejor actor es el que más aplausos consigue. El contenido no importa, lo que importa es el titular, las encuestas favorables, aunque estén realizadas según la ideología del medio, la retórica vacía, el aspaviento y, con ellos, el aplauso cortesano, insultando y machacando, si es preciso, al adversario. En el fondo, estamos ante la caricaturización de la política y la democracia; el resultado es el progresivo descrédito de la política, de los políticos, de las instituciones y de la democracia ante la ciudadanía. Es la política desconectada de la realidad y de los intereses de la gente, convertida en un circo al que están dispuestos a prestarse los políticos por ocupar los medios; mientras, se instalan en el ruido, la bronca y la crispación permanentes, mirándose el ombligo.

Ya alertaba el Nobel de la Paz, quien fuera vicepresidente de los EE.UU. entre 1993 y 2000, Al Gore, en su libro “El ataque contra la razón”: es una denuncia en contra de la política del miedo, el fingimiento, la escenificación y la mentira; últimamente la razón, la lógica y la verdad han pasado a tener un papel secundario de manera alarmante en la política, en los medios de comunicación y, en general, en la vida pública; la ausencia de debates razonados y de noticias serias en los grandes canales de televisión y medios de comunicación, el servilismo de unos medios y la crítica insultante de otros es un peligro para la democracia ya que son la principal fuente de información al alcance de los ciudadanos. La escenificación de la política y el bombardeo mediático son una de las principales razones por las que la ciudadanía está cada día menos informada y más desinteresada por el devenir de la política, los políticos e instituciones, como la justicia.

conferencia presidentes

Foto de familia de la XXIV Conferencia de Presidentes.

Tenemos la impresión de que todos los elementos de contenido y forma con los que Valle-Inclán define el esperpento en Luces de Bohemia los encontramos en nuestra actual política. No sin cierto pesimismo, y en el marco del esperpento, estas reflexiones me las sugiere y motiva la XXIV Conferencia de Presidentes del pasado viernes, celebrada en el Convento de San Esteban de la ciudad de Salamanca, presidida por el jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez y con la presencia institucional de Su Majestad el Rey Felipe VI, quien ha sostenido un encuentro “protocolario” de saludo con los participantes antes de que éstos iniciaran el plenario de trabajo. Una vez más, todo fue una escenificación en la que la mayor parte de asistentes llevaron su papel aprendido y sus etiquetas cortesanas; actuaron en consecuencia. Estas son algunas pinceladas:

  1. Como recogen algunos medios, todos los presentes, de modo especial, los barones del Partido Popular y del Partido Socialista llevaban pactadas y aprendidas sus intervenciones, acordadas en sendas cenas del día anterior. Igualmente, el Presidente Sánchez en su intervención inicial, desde las puertas del Convento de San Esteban, ya sin el rey, intentando neutralizar las críticas desde el comienzo de la reunión, en un alarde de magnificencia y óptima gestión, como “un rey midas”, ofreció una remesa de 3,4 millones de vacunas adicionales para administrar en agosto y conseguir el objetivo del 70% de población inmunizada; anticipó, además, el reparto de 10.00 millones del maná europeo a gestionar por las CC.AA. de inmediato. “La Conferencia, en la síntesis final de la misma, -ha señalado Sánchez-, ha sido mucho mejor de lo que aventuraban las vísperas”.
  2. Por su parte, el líder popular, Pablo Casado, el día anterior, en su intervención ante los medios, escenificó un boicot a la Conferencia con el apoyo de sus barones más fieles, afirmando que la reunión era un “fraude”, un “fake” y un acto de “propaganda” del Ejecutivo del PSOE y Unidas Podemos y una “humillación” a los barones populares por el diálogo de Sánchez con Urkullu y con Aragonès. Y al día siguiente, viernes por la tarde, en un alarde de malas maneras, criticó a Sánchez, añadiendo que “con reuniones como la de este viernes no pueda decirse que el Gobierno ha realizado ninguna gestión positiva durante la pandemia y que cualquier decisión correcta ha correspondido en exclusiva a las comunidades autónomas y, en especial, a las gobernadas por los populares”, pues “la gente no es tonta” y ha podido ver cómo los presidentes autonómicos “han dado la cara” en sus autonomías, “han puesto vacunas y han dado ayudas a autónomos”, mientras Sánchez, en fracaso permanente, “ha declarado el virus vencido tres veces, cada vez que había una campaña electoral”.
  3. La Conferencia se iniciaba, pues, con mal pie, en un clima cargado de crispación política, precedida de duras descalificaciones y reproches por parte de los presidentes autonómicos populares y algunos medios de comunicación; motivos había: por la forma en que se organizan las reuniones de este foro, sin encuentros preparatorios y sin contar con la opinión de los máximos representantes autonómicos, la nula preparación técnica de la Conferencia, sin agenda previa (el orden del día del encuentro estaba formado sólo por dos puntos: la situación de la pandemia y el reparto de los fondos europeos), la desconfianza por la discutible “cogobernanza” llevada a cabo durante la gestión de la pandemia, la falta de tiempo para hablar (cinco minutos por intervención), la nula capacidad decisoria de la cita y el reproche al Gobierno de coalición pues, pese al plante del presidente Pere Aragonès en la Conferencia, se mantenía la decisión del ejecutivo de reunirse el lunes siguiente, día 2, en una comisión bilateral con la Generalitat.
  4. El plante del señor Aragonès fue una escenificación nada inteligente y un desaire de mal actor con la sociedad catalana y los restantes presidentes autonómicos. Un presidente de la Generalitat que, sin embargo, no le hará ascos ni a las cesiones posibles de nuevas competencias (sobre la mesa se han puesto 56) ni a la parte de los fondos europeos que le correspondan. La necesaria crítica a tal plante y su escenificación está más que justificada, tanto a Sánchez como a Aragonès.
  5. El propio lehendakari Íñigo Urkullu escenificó su asistencia, condicionando su presencia en la Conferencia a una cesión de competencias por el Gobierno del Estado: la gestión de la recaudación de tres nuevos impuestos.
  6. También algunos ciudadanos (es fácil deducir de qué color) tuvieron su papel en la escenificación, al recibir en la Plaza Mayor al presidente del Gobierno con abucheos; los mismos que, minutos antes, habían recibido a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, con aplausos y, minutos después al Rey Felipe VI, con aplausos cortesanos, gritado “¡Viva el Rey”! y “¡Viva España unida!”.
  7. Pero si alguien ha escenificado su oposición, con un ego excesivo, a todo lo que diga y haga el Presidente del gobierno, como lo viene haciendo desde que es presidenta de la Comunidad de Madrid, y más desde que ganó las elecciones de mayo pasado como si, desplazando a Pablo Casado, ella fuera jefa de la oposición al gobierno de Sánchez, ha sido Isabel Díaz Ayuso, IDA en el argot popular. Previamente a la reunión, había acusado a Sánchez de no respetar el reglamento de la Conferencia, que fija que el orden del día de cada una de sus reuniones debe ser conocido con 20 días de antelación, algo que, a su juicio, nunca se ha producido en los 17 encuentros celebrados por el Gobierno y los presidentes autonómicos durante la pandemia. En sintonía con Feijoó, a la que ha colmado de elogios, copiando ella muchas de las tácticas del veterano popular gallego, ha criticado, sin objetividad alguna y sin argumentos, el “trato preferente” dado a las comunidades “desleales con España”, mientras que las que más aportan “nunca” son escuchadas, añadiendo que asiste a la cita de Salamanca con “pocas perspectivas positivas”, advirtiendo que “mientras estas conferencias no se programen y no se traten de acuerdo al reglamento, desde la Comunidad de Madrid, no vamos a seguir asistiendo. El Gobierno de Madrid no puede ir a una reunión en la que nos dan cinco minutos para hablar del reto demográfico o de las vacunas y donde no se tiene en cuenta nuestra opinión”. A su juicio, las reuniones celebradas hasta ahora han sido para “escuchar y aplaudir al presidente”. Es lo que ella hace muy crecida cuando habla: esperar el aplauso de los suyos.

En estos tiempos asistimos a cambios radicales en las formas de comunicar. Los medios de difusión se multiplican y son cada vez más sofisticados e incontrolables. No es extraño, pues, que con estas escenificaciones la esfera pública se transforme en una Corte, cuyo prestigio político es teatralizado para unos espectadores públicos, al que contribuye el papel de algunos medios de comunicación, prensa y tertulianos al tratar de informar los temas políticos como un espectáculo y en la que los ciudadanos son invitados a tomar parte como espectadores, sin tener que respetar regla alguna de comportamiento, vestuario o lenguaje; el resultado es que, buscando una seria y objetiva información, los ciudadanos son tratados como si fueran estúpidos.

Hoy en día, la política y la propia información política están condicionadas por la posición previa de los medios, cercana e incondicional con unos partidos y crítica y negativa con otros, cuando tenían que ser un contrapeso frente al poder. Antiguamente un político tenía que tener el don de la oratoria para alcanzar el éxito, hoy basta con saber usar un apuntador electrónico y saber leer para conseguir el aplauso con un discurso que puede haber sido escrito por un equipo de asesores. La teatralización y escenificación, además de sobrar, banalizan la información y son una barrera a la seria comunicación; y sin buena información, a quien se causa un profundo daño y a quien degrada, es a la propia democracia.

La escenificación de la política