domingo. 14.07.2024
Foto: Crónica Global
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“Las generaciones tienen derecho a cometer los errores de su tiempo, pero no pueden cometer los errores del pasado" (José Mujica)


Hay momentos en la vida en que el mundo parece que se ha parado. No hay pasado, el presente es fugaz y al futuro no se le espera pese a que todos sabemos que se alimenta del presente. Se habla mucho de la necesidad de dialogar, de tender puentes hacia los otros, de empatizar, de comprender a los demás, de pedagogía, pero en esos momentos a que me refiero la oscuridad es tan grande como una noche de invierno en un desfiladero helado. Hablo de cambio climático con un grupo de treintañeros que lo niegan. Llevamos un año sin ver la lluvia, un año en el que ha llovido menos en nuestro pueblo que en el Sahara -les digo-, con temperaturas en Nochebuena superiores a los 25º, con vientos saharianos en enero, ¿no os parece suficiente lo que vosotros mismos lleváis viendo durante años? De inmediato, uno de ellos me dice que eso ha sido siempre así, que en nuestra tierra nunca ha llovido mucho ni tampoco ha hecho demasiado frío. Los demás asienten y añaden algún comentario sobre su experiencia personal al respecto. Sigue la conversación sin que lo que argüimos haga mella en el otro. Les hablo de mis recuerdos -les doblo la edad-, de aquellas navidades en que mi abuela cerraba las puertas de la casa y se enfadaba si salíamos a la calle por el frío feroz, de los charcos permanentemente helados durante meses, de las semanas en que no dejaba de llover ni un instante, hasta les recuerdo que hicimos una huelga en pleno franquismo para que arreglasen el camino del instituto, impracticable por el barro constante. Persisten en su opinión, como si se pudiese opinar sobre la realidad.

Si tienes treinta años y tu trayecto vital ha transcurrido en un periodo en el que el cambio climático ya era un hecho, das por sentado que siempre ha sido así, que no hubo un antes ni habrá un después

Después de la conversación, larga y cordial, nos despedimos y cada cual a lo suyo. Yo, seguramente, esperaba convencerlos, que me diesen la razón, por edad, por experiencia, por evidencias que sólo había que cotejar en los libros o en alguna página fiable -si la hay- de internet. Ellos hacerme ver que estaba en un error propio de mi edad y de mi ideología. Después, en mi soledad, pensé que hay cosas que se pueden negar y otras que no, que discutir sobre ellas es un ejercicio estéril que sólo tendría sentido si hubiese mediado el humor y la risa, cosa que no sucedió. Me dio la sensación de que aquellos con los que estuve hablando un buen rato valoraban los hechos sólo y exclusivamente por su experiencia personal, que no había más fundamento en sus aseveraciones que ese y el del conocimiento rápido adquirido en determinadas redes sociales y de la mano del sabio gurú de turno con domicilio en Andorra. Si tienes treinta años y tu trayecto vital ha transcurrido en un periodo en el que el cambio climático ya era un hecho, das por sentado, o eso parecía, que siempre ha sido así, que no hubo un antes ni habrá un después. 

Durante la noche seguí dándole vueltas al asunto, no tanto por el desasosiego que me creaba de nuevo el negacionismo -durante la pandemia discutí muchas veces con personas que negaban la validez de las vacunas-, como por la ausencia de espíritu crítico que ponían de manifiesto mis interlocutores al unísono, repitiendo una y otra vez las consignas emanadas del móvil, única enciclopedia global que emite verdades absolutas según el gusto del consumidor.

Pensaba en la educación, en la Historia, la Filosofía, el Arte y la Literatura, asignaturas humanísticas que han sido relegadas a la categoría minúscula de marías, de algo intrascendente que ocupa un lugar mínimo en el currículo pero que en ningún caso estorbaran la nota media necesaria para acceder a estudios superiores, ni siquiera servirán, dada su mínima presencia, para dejar el poso necesario en los estudiantes para valorar más lo que no tiene precio. Quería creer que si esas materias hubiesen tenido el peso que merece la máxima expresión del paso del hombre por el planeta, tal vez no habría personas capaces de negar la evidencia científica, ni de votar a individuos que prometen que si alguna vez gobiernan no ordenarán a la policía que persiga a un delincuente para detenerlo, sino que hagan uso inmediato del fusil o que construirá en las inmediaciones de Madrid una gigantesca cárcel para cuarenta mil presos al estilo de las que Bukele ha hecho en El Salvador. Intento encontrar una explicación a esta deriva hacia la maldad, la venganza, el odio en un país en el que a día de hoy apenas hay problemas reales que justifiquen ese rencor rabioso en una sola dirección, aunque si los hay para que la gente se manifieste masivamente contra el desmantelamiento de los servicios públicos esenciales o la dramática falta de viviendas para los jóvenes, viviendas que deberían haber construido las comunidades autónomas que han preferido dar prioridad a los pisos turísticos.

Nada dicen los que alimentan la máquina del odio sobre los 27.000 desalojos forzosos de viviendas, bien porque los dueños no pueden pagar la hipoteca, bien porque los inquilinos no pueden pagar el alquiler

Y en esa deriva, me paro sobre un detalle: Los ocupas que tanto aparecen en boca de Feijóo y Abascal. En 2022, según datos del Instituto Nacional de Estadística y del Consejo General del Poder Judicial, se produjeron en España 17.000 denuncias por ocupación ilegal de vivienda, de las cuales el 95% se produjeron en viviendas vacías pertenecientes a grandes tenedores, fondos buitre o entidades bancarias, siendo desalojadas en un tiempo medio de dos semanas. Es decir, el allanamiento de morada, la ocupación de primera o segunda residencia se redujo sólo al 5 % de la cifra antes citada, siendo el problema solucionado en un plazo mucho más corto. Sin embargo, los creadores de bulos, los que hablan de una epidemia descomunal de ocupaciones ocultan esos datos y parecen estar dispuestos a darlo todo para crear tensiones inexistentes y ayudar a Securitas Direct a que amplía su clientela, dado que el asunto ha tomado rango de calamidad nacional. Empero, nada dicen los que alimentan la máquina del odio sobre los 27.000 desalojos forzosos de viviendas, bien porque los dueños no pueden pagar la hipoteca, bien porque los inquilinos no pueden pagar el alquiler. Y es aquí de donde debería salir la indignación, la furia patriótica que impidiese que todos los años casi treinta mil familias se queden sin casa, sin hogar, sin techo, sin un lugar donde poder hacer y rehacer sus vidas.

Con el cambio climático, los medios y redes mayoritarias han hecho ver que el problema no es ese, sino la transición hacia otro modelo energético y económico que mitigue el incremento de las temperaturas y permita que sigamos viviendo. La mayoría de las protestas ciudadanas ya no claman contra ese cambio indubitable provocado por la acción del hombre, sino contra las medidas que tímidamente intentan paliarlo. De igual modo sucede con la cuestión de la ocupación de viviendas y los desahucios. Las ocupaciones apenas afectan a casas habitadas o segundas residencias, sino a otras embargadas, vacías o ruinosas y en torno a esa cuestión están creando un clima artificial de inseguridad ciudadana con protestas cada vez más airadas y promesas electorales basadas en más represión y más brutalidad. No sucede de igual modo con lo que sí es un problema acuciante, los desahucios y los lanzamientos que dejan en la calle a miles de personas sin recursos y sin otras opciones de vida. En este caso, redes y medios callan, sólo los miembros de la plataformas antidesahucios, los activistas y algún articulista muestran su preocupación y su dolor por algo que no supone ocupar durante unos días una nave vacía o un piso embargado por el banco, sino dejar sin nada a familias enteras.

Como he afirmado en otros artículos, las redes sociales incontroladas, donde nadie es responsable de lo que dice ni tiene que responder ante nadie sea lo que sea lo que haya afirmado, están contribuyendo a crear un clima de tensión irrespirable multiplicando el número de mentiras, bulos e infundios, creando problemas donde no los hay y ocultando los que de verdad afectan a los ciudadanos. Alvise Pérez, con una ametralladora en cada mano y un pañuelo liado a la frente, ha salido de ese mundo aprovechando el albañal creado por el Partido Popular y Vox. No será el último si no somos capaces entre todos de parar la espiral de odio que convierte mentiras en verdades y verdades en mentiras. La Tierra, por mucho que se empeñen, sigue siendo redonda, aunque es posible que, de prosperar los Milei, Abascal, Meloni y Le Pen dentro de nada sea irremediablemente plana, como un cementerio, pues son ellos, quienes les inspiran y siguen quienes en un momento de avances en la lucha de las mujeres por la igualdad, de preocupación por el futuro del planeta y por la desigualdad creciente, los abanderados de un movimiento que, con la participación abierta de muchas mujeres, reivindican el regreso del macho zafio, del Rambo que mata sin preguntar, de la Ley del Talión, de la salvajada como máxima expresión del nuevo tiempo, de un tiempo que ya pasó.   

La leyenda del tiempo