miércoles 8/12/21
abascla
Foto de archivo EFE

Los procesos de globalización han supuesto una transformación económica de tal envergadura que han sumido a los habitantes de gran parte del planeta en la desesperanza y el descreimiento. Si a ello añadimos el impacto causado por la pandemia y la amenaza letal del cambio climático, nos encontramos con un campo de cultivo ideal para el surgimiento de movimientos reactivos que perfectamente podrían llevarnos al nuevo fascismo.

Desde su aparición como tal en los años veinte del siglo pasado, la ultraderecha nunca ha dejado de existir, aunque a partir de 1945 como un movimiento muy minoritario dentro de los sistemas políticos democráticos. En países como España, que no ha terminado de romper sus ataduras con la dictadura puesto que el principal partido de la derecha sigue teniendo raíces y ramas en ese régimen, era una manifestación residual de segmentos de la población muy vinculados al franquismo, con mucho poder fáctico pero escasa implantación ciudadana. En Francia, se reducía a los defensores de la monarquía y de la tradición católica; en Reino Unido, a los sectores más extremos del Partido Conservador que propugnaban la disolución del Estado del Bienestar y la implantación de otro ultraliberal donde la presencia del Estado quedase reducida a cuidar del orden establecido. En otros países como Holanda, Austria, Bélgica, Dinamarca, Alemania o los países nórdicos, el fenómeno ultra se reducía a los grupos contrarios al sistema fiscal progresivo. Con el paso del tiempo y conforme fue creciendo el impacto negativo de las políticas neoliberales sobre el bienestar de los ciudadanos, sectores que nunca se habían identificado con los ultras, que los rechazaron y se opusieron a ellos durante décadas, comenzaron a prestar atención a los mensajes contra la política de los políticos más derechistas, sobre todo aquellos que se referían a los inmigrantes y hablaban de la posibilidad de que árabes, rumanos, africanos y suramericanos terminasen por sustituir a los indígenas y, por tanto, sus señas de identidad milenarias. La inmigración y los impuestos son las dos claves sobre las que se está articulando el nuevo fascismo que crece y crece con la colaboración simpática de muchos medios y redes de comunicación.

El primer factor que ha de darse inexcusablemente para que el neofacismo termine imponiéndose en Europa -Estados Unidos es otra película- es que cunda la idea y el sentimiento generalizado de insatisfacción, de disgusto, de malestar. En Europa no existe a día de hoy ninguna situación extrema que haga que la población se sienta de esa manera, todavía funcionan los sistemas de protección social, hay políticas redistributivas y bastaría con mirar a los países del Sur para comprobar que vivimos en el mejor de los mundos. Sin embargo, la extrema derecha, apoyada o consentida por los medios, ha lanzado mensajes que han calado en la población: La inmigración destructora, el igualitarismo pernicioso, el sesgo confiscatorio de los impuestos o la ineficacia del Estado. Contra esa propaganda basada en bulos y camelos, no existe reacción oficial y la bola sigue creciendo hasta que termine aplastándonos mientras vemos el televisor o andamos por instagram.

La situación a la que hemos llegado es el resultado de la aplicación durante más de cuarenta años de políticas económicas y sociales neoliberales

Otro factor necesario para el crecimiento del fascismo es el silencio de quienes tendrían la obligación de denunciar sus mentiras y añagazas. La aparición de las redes sociales, con su falta de referentes cualificados, está ayudando de manera extraordinaria al fomento del individualismo paleto y primitivista que ha fijado como enemigo principal al Estado, enemigo a batir porque es todavía el que sostiene las políticas solidarias que tampoco gustan a quienes creen que cada cual debe buscarse la vida como mejor pueda sin tener en cuenta para nada al resto de sus paisanos y congéneres. Es una especie muy antigua que predica el darwinismo social y aquello de “a quien Dios de la de, San Pedro se la bendiga”, un tipo de personaje con escasa formación, con habilidad comunicativa, que utilizando tópicos muy viejos y una escenografía que ellos consideran moderna, cautiva a mucha gente que ya apenas cree en nada que no sea su pequeño círculo íntimo.

Por otra parte, la falta de respuesta rápida y eficaz de los partidos tradicionales -que llevan años enrolados en las filas del neoliberalismo- ante cuestiones vitales como la inmigración, el empobrecimiento, la exclusión, el deterioro de la Sanidad, la falta de trabajo, el feroz deterioro de  la Naturaleza, la imposibilidad de la mayoría para acceder una vivienda está haciendo que una parte cada vez mayor de la población se esté apartando de la política -de la que no esperan nada aunque estén recibiendo una prestación económica menuda- para aproximarse a quienes propugnan el desmantelamiento del Estado, la defensa de la Patria como monopolio exclusivo de los nativos y las soluciones de fuerza contra los migrantes, los delincuentes comunes -en el periodo más bajo de nuestra historia en delitos de ese tipo, aunque Securitas Direct se empeñe en decirnos que cualquier día nos desvalijan-, los funcionarios que viven del cuento y los comunistas, que como los judíos en su tiempo, son los responsables de que no llueva, de envenenar el agua potable y de la baja natalidad de los nacionales que posibilitará que en menos de veinte años la “raza española” sea sustituida por una mezcla de rumanos, moros y sudacas.

No sería tampoco posible el avance del nuevo fascismo si los distintos sistemas educativos hubiesen sido capaces de formar ciudadanos críticos y conscientes, capaces de distinguir un infundio de lo que no lo es, despiertos al conocimiento del pasado tal como fue y con una idea muy clara de que quieren y que no quieren para el día de mañana. La pasividad que muestran los jóvenes en particular y la mayoría de la sociedad en general puede ser el fruto del impacto sufrido tras la crisis ladrillero-financiera de 2008, crisis de la que no se ha salido todavía – y a la que hay que sumar la del coronavirus- y en la que por primera vez en décadas se perdieron derechos económicos, sociales, laborales y culturales que se creían conquistados para siempre, creando en el subconsciente colectivo la idea de que estamos ante el fin de un periodo, de que las cosas van a ir mucho peor y de que ninguna lucha, dada la desigualdad entre los contrincantes, servirá para evitar el desastre. Dado lo cual, sólo habría dos salidas, la individual contra todos y sólo a mi servicio, o la pasiva, no hacer absolutamente nada.

Por último, la inseguridad, y no me refiero a la relacionada con el orden público, sino a la que genera la falta de expectativas. No se puede pedir que una persona crea en el sistema cuando el sistema no le permite desarrollar su vida, cuando no hay trabajo, cuando el que hay -salvo para una minoría muy privilegiada que goza de sueldos con multitud de ceros-, se paga mal o te obliga a vivir cada día en un lugar diferente, cuando ves lo que cuesta juntar siquiera para pagar los gastos corrientes mientras otros derrochan a manos llenas, cuando la incertidumbre te impide tener hijos, te obliga a emigrar una y otra vez, cuando te exigen cada vez más conocimientos técnicos que no se reflejan en la nómina, cuando te persiguen por juntarte con los amigos en una calle o un parque, cuando de una forma y de otra te están diciendo que no cabes en el sistema, que sobras, que ni tienes la cualificación, la actitud, ni las relaciones suficientes para desarrollar tu vida como Dios manda.

La situación a la que hemos llegado -víspera, si no se hace algo ya de manera concertada y eficaz, del nuevo fascismo que viene- es el resultado de la aplicación durante más de cuarenta años de políticas económicas y sociales neoliberales. La única solución es enterrar esas políticas definitivamente e implementar otras que estén al servicio de los ciudadanos que ven como ya hay multinacionales que valen más que España sin contribuir un duro al común, mientras cada día es más difícil para un porcentaje más amplio de la población acceder a los bienes y servicios indispensables para llevar una vida con un mínimo de dignidad. Si no se emprende la tarea inmensa de reconstruir el mundo que destrozó el neoliberalismo global, si no se implica en esa tarea a los que han venido perdiendo durante décadas y a los que siguen esperando su oportunidad, de nada servirá prohibir que tal partido exista o pueda presentarse a las elecciones, porque el fascismo se volverá a sentar en nuestras mesas, aunque mucha gente no le tenga miedo y ni siquiera sepa, pese a la Educación Obligatoria, que fue y que puede volver a ser.


El capitalismo ha optado por el fascismo

El campo de cultivo del fascismo que nos amenaza