viernes 27/11/20

Cuando las mentiras vencen a las mascarillas, ¿qué nos queda?

Por Juan Luis Fleitas Ramón | Que el SARS era un serio problema mundial ya lo decía el equipo de expertos encabezado por el Doctor Robert F. Breiman tras el brote de 2003 en su artículo “Role of China in the Quest to Define and Control Severe Acute Respiratory Syndrome”, cuando fue consultado por la OMS. Artículo este, en el que se hacía hincapié en la importancia de la colaboración de las autoridades sanitarias chinas de cara a evitar la difusión mundial de esta enfermedad en un país donde cada provincia es como un estado occidental, pero con grandes diferencias en cuanto al desarrollo socioeconómico, habiendo provincias con escasos medios de control y con una economía rural de supervivencia. También advertía sobre la importancia de esta enfermedad la OMS que la situaba entre las 10 principales amenazas de pandemia en el año 2018.  

En vez de actuar con prudencia y con rigor en virtud del conocimiento previo sobre la enfermedad, la OMS se limita en este nuevo brote a cambiarle el nombre a la enfermedad por el de Covid19, si bien es verdad, que ahora los medios la tratan más como pandemia. ¡Qué importante es la elección de las palabras para controlar el subconsciente de la sociedad! ¿Se imaginan ustedes que cada vez que surgiera una nueva cepa de micobacteria productora de tuberculosis le diéramos un nuevo nombre a la enfermedad, que llamáramos a la tuberculosis naranjito 20, por ejemplo?

Me resulta difícil de digerir hasta qué punto han manejado nuestro subconsciente como sociedad (en virtud de no sé bien de qué fin) para que se llegue a tener la visión colectiva de que cerrar fronteras con un país como China es inviable. Es decir, mi percepción es que vemos más lógico asumir el costo anímico de los familiares y víctimas mortales en los países a los que se ha difundido el SARS, además del coste económico y el endeudamiento, así como la privación de derechos constitucionales fundamentales, que el hecho de parar la economía de un país autoritario financiado, en gran parte, por poderosos grupos de inversión que tienen su origen en países desarrollados democráticos en este mundo global en el que vivimos.

CORONAVIRUS

Cuando apreciaba las imágenes en televisión de la fabricación del ya famoso hospital de Wuhan, esperaba de la OMS y de los organismos internacionales y nacionales encargados de la Vigilancia Epidemiológica (los cuales cuestan un auténtico dineral a los contribuyentes) que estuvieran tomando medidas en los aeropuertos, puertos y fronteras terrestres para evitar la salida indiscriminada de personas de las provincias más afectadas por los focos iniciales habidos en China. Si, han leído bien, focos iniciales, en plural, porque Wuhan no fue la única provincia afectada en los inicios de este brote.

Que iluso fui. Se me han caído muchos mitos en esta crisis queridos lectores. ¿Dónde estaban todos estos expertos formados en las más prestigiosas universidades que ahora vienen a darnos lecciones de todo tipo sobre cómo controlar la enfermedad, sobre cómo usar las mascarillas y a predecir lo mal que se van a poner las cosas?, expertos muchos de ellos pagados con fondos públicos. Algunos de estos expertos hacen declaraciones francamente decepcionantes como las realizadas por responsables técnicos de la OMS recientemente en los medios, haciendo alusión a que son conscientes de que sus consejos proponen recortes en las libertades de movimiento entre los estados de la UE y otros países democráticos, haciendo alusión a que es imprescindible para el control de esta enfermedad. Es decir, los países democráticos reducimos nuestras libertades y nos endeudamos para que un país autoritario y financiado, en su mayor parte, por una manada de egoístas sin escrúpulos (la inmensa mayoría occidentales), globalice su grave problema sanitario.

Y yo me pregunto: ¿qué legitimidad puede tener la OMS tras una actuación tan poco rigurosa y profesional?, ¿cómo es que su actual Director General (Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus) sigue al frente de esta institución tras una gestión tan desastrosa de esta pandemia?, ¿para qué sirve la OMS? O, visto de otro modo, ¿a quien o a que intereses sirve la OMS en la actualidad?

¿Y qué me dicen de la imposición, en nombre de la ciencia, del uso obligatorio de las mascarillas incluso en la vía pública, aunque se pueda guardar la distancia de seguridad? La implantación de esta medida que muchos expertos vendían como la panacea para evitar los contagios sin necesidad de limitar movimientos, aforos y actividades económicas, al final se ha visto como insuficiente para frenar los contagios. Según mis indagaciones, dicha decisión está basada principalmente en la gran cantidad de infectados asintomáticos que eliminan el virus al medio en cantidades supuestamente similares a la observada en pacientes sintomáticos y a la posibilidad de poderse generar aerosoles con carga viral con supuesta capacidad infectante, en determinadas condiciones en espacios cerrados, tanto por pacientes sintomáticos como asintomáticos.

Lo cierto es que, tras hacer una revisión bibliográfica y leer una serie de estudios relativos a las capacidades de transmisión de este virus, uno llega a la conclusión de que la cepa que produjo el brote de 2003 (cepa SarsCOV1) tiene capacidades y mecanismos de transmisión muy similares a la cepa productora del brote de 2019 (cepa SarsCOV2). Ya en el brote de 2003 se pudo observar que la capacidad de este virus para producir aerosoles con capacidad de generar infección era escasa, siendo el riesgo más alto de contagio por aerosol en la intubación de pacientes sintomáticos con insuficiencia respiratoria severa y las reanimaciones cardio-respiratorias, fenómeno que se vuelve a repetir en este brote. Por tanto, en situaciones de bajo riesgo, esto es, en zonas donde se pueda mantener la distancia de seguridad de 2 metros (1 metro como mínimo), en zonas abiertas y bien ventiladas, se podría obviar el uso de la mascarilla, máxime cuando ya se han prohibido los eventos que pueden generar aglomeraciones de personas en espacios públicos.

En España y otros países se ha universalizado el uso de mascarillas incluso en espacios abiertos. En nuestro país lo cierto es que el número de casos sigue aumentando a pesar de la imposición de esta normativa

En España y otros países se ha universalizado el uso de mascarillas incluso en espacios abiertos. En nuestro país lo cierto es que el número de casos sigue aumentando a pesar de la imposición de esta normativa. Además, no dejan de recordarnos en los medios de comunicación, de una manera cuasi acusatoria, el hecho de que muchos ciudadanos hacen un uso inadecuado de la mascarilla, sin tener en cuenta para nada el enorme esfuerzo que hace la ciudadanía, no solo económico, sino físico y psíquico. Y yo me pregunto, ¿qué estudios observacionales se han realizado en nuestro país para contrastar hasta qué punto la implantación del uso de mascarillas en espacios abiertos ha podido frenar los contagios y cuál ha sido su metodología? Es más, ¿qué estudios observacionales se plantean hacer en el futuro para determinar los posibles efectos adversos del uso prolongado e incorrecto de las mascarillas en nuestro país?

De otro lado, y esto es una opinión personal, nuestras autoridades y las de otros países se empeñan en controlar lo incontrolable a base de invertir cuantiosos recursos humanos y monetarios en estrategias que a estas alturas se han mostrado de dudosa eficacia, en vez de diseñar formas de actuación alternativas. Sabemos que el problema más grave de esta enfermedad es el colapso del sistema sanitario por los casos más severos de la enfermedad que son, en su inmensa mayoría, enfermos de edad avanzada con patologías previas.

¿Cómo es que a estas alturas tratamos de parar el contagio con estrategias de rastreo que se han mostrado eficaces en escenarios con un número mucho menor de contagiados que en la mayoría de regiones de nuestro país y no hemos implantado de manera generalizada metodologías como el análisis de aguas residuales por PCR en todas las Comunidades Autónomas?, ¿cuánto llevamos gastado ya en la realización de pruebas diagnósticas aplicadas en estrategias de dudosa eficacia?, ¿cómo es que a estas alturas siguen dándose tantos infectados en las residencias de ancianos, hasta el punto de ser una de las principales fuentes de casos severos de la enfermedad y de colapso de las UCI?, ¿qué es más sencillo, proteger a la población más vulnerable o establecer medidas de difícil control en su aplicación a la población en general?, ¿no hay medios, no hay conocimiento, no hay valor o simplemente no hay voluntad?

Cuando las mentiras vencen a las mascarillas, ¿qué nos queda, las vacunas?

Queridos lectores, los colectivos antivacunas no son casuales, tienen una causa, o varias si se prefiere. Nadie en su sano juicio duda del gran aporte que ha sido para el desarrollo de la humanidad y la salud pública el descubrimiento de la vacunación. Pero no nos confundamos, hay vacunas que han mostrado tener efectos adversos (en un número importante de individuos tratados) muy difíciles de detectar en el corto plazo en muchos de los casos y de otro lado, no todos los ensayos con vacunas obtienen los resultados esperados de eficacia y no por ello dejan de tener efectos adversos. Es por esta razón, que las prisas en el diseño de estos fármacos no son buenas.

No es el objetivo de este artículo de opinión dar una charla sobre los efectos adversos de las vacunas a lo largo de su historia, pero si mencionaré, por poner algunos ejemplos, que hay un estudio que muestra fuertes indicios que relacionan el aumento de la tasa de autismo en países occidentales por el uso de un mayor número de vacunaciones en niños de menos de 6 años con vacunas que utilizan adyuvantes a base de sales de aluminio (en los años 70 en Estados Unidos se recomendaban 10 vacunas a niños menores de 6 años, los planes actuales recomiendan 32, 18 de las cuales contienen este tipo de adyuvante). Los autores (Tomljenovic y colaboradores, en 2011) alertaban de que el aumento de la tasa de autismo en Estados Unidos desde que se ha recomendado el uso de un mayor número de vacunaciones en niños menores de 6 años con este tipo de vacunas es del 2000%. Al menos cuatro vacunas inactivadas desarrolladas en China contra el Coronavirus llevan este tipo de adyuvante al igual que numerosas vacunas incluidas en los planes vacunales de nuestro país y otros países occidentales.

Y este no es el único artículo científico que alerta sobre los posibles efectos tóxicos de determinados adyuvantes en las vacunas. De hecho, se ha asociado a la acción de determinados adyuvantes (siliconas, sales de aluminio o agentes infecciosos) la aparición de enfermedades autoinmunes como el Síndrome de la Guerra del Golfo, la miofascitis macrofágica o la siliconosis, lo que ha llevado a la comunidad científica internacional a crear un nuevo concepto que engloba a este conjunto de reacciones posvacunales o ASIA (Síndrome Autoinmune Inducido por Adyuvantes).

vacuna

La vacuna de AstraZeneca (desarrollada en colaboración con la Universidad de Oxford) apuesta por una tecnología alternativa que no precisa de la utilización de adyuvantes. Sin embargo, se ha comprobado que las vacunas que utilizan la tecnología de vectores o virus manipulados genéticamente como mecanismo para mejorar la inmunidad obtenida, pueden causar enfermedades autoinmunes en determinados individuos. Estas enfermedades pueden resultar difíciles de diagnosticar en el corto plazo, siendo enfermedades con tendencia a la cronificación en los pacientes afectados. El vector o virus que es manipulado genéticamente en esta vacuna es un Adenovirus aislado a partir del chimpancé, cuyos estudios en su utilización en vacunas son francamente recientes (los primeros ensayos in vitro se han publicado en 2012).

Esta es la vacuna por la que ha hecho una fuerte apuesta la Unión Europea. Pero no nos equivoquemos, las farmacéuticas no son hermanitas de la caridad. Es por ello, que los millonarios acuerdos de compra anticipada de esta vacuna por parte de los países de la Unión cuentan con cláusulas que incluyen posibles indemnizaciones en caso de que se emprendan posibles acciones judiciales contra la farmacéutica, dado el riesgo que supone una campaña de vacunación masiva con tan poco tiempo de investigación en fase III, si bien es verdad que la Comisión deja claro que la responsabilidad recaerá sobre el fabricante. Y yo me pregunto, ¿a qué aspectos concretos de la responsabilidad se refieren los responsables de la Comisión que han firmado estos acuerdos y por qué estos aspectos son confidenciales, no conociéndose el nombre ni tan siquiera del o los responsables de la Comisión Europea en la firma?

Queridos lectores, lo cierto es que uno de los limitantes más sagrados para el progreso de la medicina humana siempre ha sido la experimentación con nosotros mismos. Grandes avances en la medicina han venido acompañados de guerras, de desastres naturales, de pandemias, escenarios que, ante la desesperación en algunos casos y la crueldad extrema en otros, contribuyeron al auge en la experimentación directa con humanos que se tradujo en grandes avances para la medicina. En esta pandemia las grandes farmacéuticas tendrán una oportunidad de oro para probar en humanos, sin el costo económico-temporal de las restricciones habituales, múltiples avances en la ingeniería molecular de aplicación, no solo para elaborar vacunas contra esta enfermedad, sino para crear tecnología que será de aplicación en futuras vacunas que traten enfermedades como el cáncer, alergias, procesos autoinmunes, etc… Eso sí, lo harán con las espaldas bien cubiertas y vendiéndonos muchos psicotrópicos, entre otros medicamentos. 

En fin, me siento como una cobaya que paga por serlo. Encima tengo que aguantar afirmaciones por parte de determinadas dignidades iluminadas de esta nuestra Unión Europea, como que vivo en un “Estado fallido”. No, queridos lectores, vivo en un mundo donde lo que falla es la democracia y me temo que sanear las democracias no va a ser tan sencillo en este mundo global tan poco ético y moral.

Cuando las mentiras vencen a las mascarillas, ¿qué nos queda?
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