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domingo. 02.10.2022
 

En apariencia la crisis del PP es un problema de egos entre el presidente del partido, Pablo Casado, y la presidenta en la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

Es así como se ha querido presentar por los medios de comunicación oficiosos de la derecha, como son, de entre los medios escritos de ámbito nacional, el ABC, La Razón y El Mundo. Pero sabemos que en política –como en la vida– las cosas no son tan simples, sin negar que los egos aspiran siempre a ocupar portadas. La verdad que todo ha surgido por dos constantes en el PP: el intro-espionaje del partido y una más de los cientos de corruptelas del partido, pero una más y aún presunta.

El problema para el PP es que su presidente ha querido diferenciarse del partido de la época de Rajoy presumiendo de que, desde que llegó a la cúspide orgánica del partido, no ha habido ni consentido la corrupción. Eso le llevó al partido –creado por siete presuntos ex-franquistas presuntos ex– a una moción de censura y la pérdida del Gobierno. Pero no hay tiempo que resista querer vender una imagen sostenida de continuo con mentiras. La realidad es que el PP, con datos desde hace años de la fiscalía, es el partido que acapara el 90% de los casos de corrupción. Y este supuesto y presunto líder del PP, que le aprobaron la mitad de la carrera de Derecho en 4 meses, se le ha roto la imagen con el primer topetazo con la realidad corrupta de su partido.

El Sr. Pablo Casado ha sobreactuado y eso no se lo consienten las elites del partido, empezando por sus barones y acabando con sus fontaneros: no le han perdonado los suyos querer lavar y denunciar los trapos sucios que ellos esconden bajo sus alfombras porque la máxima no escrita del PP en estas cuestiones es que la corrupción del PP se queda en el PP.

La otra cuestión que le ha puesto en un brete su supuesto liderazgo ha sido las elecciones en Castilla y León. Un dato es que, a pesar de ser el PP el partido más votado, ha pasado de 432.000 votos a 379.000, y ha pasado de gobernar con Ciudadanos a depender de VOX, el partido que no se cansa de reivindicar cuestiones propias de un partido de extrema derecha; un partido que hace nada ha visualizado en Madrid su homologación, el copy-right, de partido neofascista, aunque sea en versión cañí: otra pelea de Casado frente a su sarpullido que es la Sra. Ayuso.

España no es Madrid porque que la capital de España se ha convertido en un paraíso fiscal y en un agujero negro de lo público, más lo ineludible del efecto de capitalidad, pero todo ello lo es a costa del resto de las comunidades. De nuevo la sobreactuación del Sr. Casado fue emular en Castilla y León lo conseguido por su antigua amiga en la ciudad del oso y el madroño y ha fracasado: era uno de los mojones a la Moncloa y lo que se ha dado es un mojicón de padre y muy señor mío. El Sr. Casado ha acabado su carrera política como lo han hecho no hace tanto el Sr. Rivera y el Sr. Iglesias, todos compartiendo dos cosas contradictorias: sus ambiciones y su bisoñez. Las ambiciones en política son necesarias y legítimas si los métodos son honestos, pero la bisoñez es imperdonable.

Se ha sostenido en algunos medios y por políticos no necesariamente de derechas que el PP es un partido necesario para la democracia en España. La verdad es que eso, como diría un gallego como Feijoo, depende. Desde luego un partido que camina por la senda marcada por un partido de extrema derecha para llegar y sostenerse en el poder, en las instituciones, es nefasto para el país. Lo que sí es aceptable e, incluso, necesario para la democracia son partidos de derechas de ámbito nacional con peso importante, pero partidos que anclen su presente en un pasado franquista, que hiciera un cordón sanitario a la extrema derecha como se hace en Europa por parte de la derecha democrática y que no tapara la corrupción de los suyos con mentiras, que lo hiciera, a su debido tiempo, es decir, desde el primer momento y no a título de inventario por si la herencia del partido le salpica a los líderes presentes y futuros. Parecía que ese partido podría ser Ciudadanos, pero su maridaje con el PP en forma de sumisión le ha matado. En Castilla y León ha pasado en las elecciones autonómicas de este 13 de febrero de 220.000 votos a 76.000. Sin comentarios.

Por su parte la izquierda no ha salido muy bien parada porque entre el PSOE y Unidas Podemos han perdido 122.000 votos, aunque la derecha supuestamente constitucional (PP y Ciudadanos) ha perdido 197.000 votos a pesar de que el PP estaba en el gobierno de la comunidad y convocaba elecciones para gobernar con mayoría absoluta porque era Castilla y León uno de los mojones de Casado en su sueño monclovita.

Si se examina lo conseguido en función de lo pretendido, el tortazo ha tirado a la lona al presidente del partido e, imitando a su predecesor gallego, sus últimas palabras en el Congreso son una despedida implícita del cargo y, quizás, de la política. Esperemos que sea para bien de España y lo será si, primero, construye ese muro contra la extrema derecha que se le pide en Bruselas y si, además y segundo, los españoles deciden mantener al partido en la oposición durante tiempo, mucho tiempo. Eso si sobrevive con sus siglas y no tiene que cambiarlas por tercera vez desde su nacimiento franquista. Veremos.

La crisis del Partido Popular