miércoles 21.08.2019
Viejas luces, nuevas sombras

Cómo el gran capital ha destruido el derecho al trabajo digno

Cómo el gran capital ha destruido el derecho al trabajo digno

En el siglo XVIII, una antorcha prendió en medio de la oscuridad de Europa. Primero esta luz fue pequeña pero poco a poco fue impregnando a personas y alumbrando bibliotecas, iglesias y universidades. Esta llama invitaba a la gente a pensar por ellos mismos, buscaba combatir la ignorancia y expulsar el tumor más antiguo que contaminaba al continente: el absolutismo. La ilustración prendía en toda Europa.

Los monarcas sintieron cómo comenzaban a temblar sus tronos. Las ciudades, que hasta el momento habían permanecido impasibles, empezaron a despertarse. La gente quería un cambio, estaban cansados del miedo y de la tiranía.

Estos reyes trataron de dominar el fuego. Lo encerraron e intentaron controlarlo como habían hecho con todo hasta entonces. Crearon el despotismo ilustrado e hicieron ver que iluminaban la sociedad con su reinado. Pero no fue suficiente, la ciudadanía ya había visto la luz y se resistía a olvidarla. Cuando alguien abre los ojos es prácticamente imposible volver a cerrárselos.

Los que habían tratado de contener el cambio acabaron siendo pasto de las llamas. Los reyes de Inglaterra y Francia perdieron sus tronos y sus cabezas. El progreso continuó sobre los vientos de la ilustración y las monarquías absolutas fueron desapareciendo paulatinamente.

Cayeron porque no supieron convencer, porque el peso de tantos años de tradición no se podía transformar con unas pocas reformas. El despotismo ilustrado falló, pero dejó un legado atemporal: “sólo se puede dominar a la población convenciéndola de que la dominas por su bien”.

revolución industrial imagen wikipedia

El relevo lo recogieron otros: personas dispuestas a enriquecerse y aumentar su poder a cualquier precio, los grandes empresarios. Las corporaciones se expandieron durante la revolución industrial y fueron desarrollando un poder mayor que el de muchos de los reyes que habían caído bajo las ruedas de la historia.

La misión de estas grandes compañías ha sido siempre la misma: enmascarar su obsesión por el enriquecimiento ilimitado bajo la apariencia de querer mejorar la sociedad

La misión de estas grandes compañías ha sido siempre la misma: enmascarar su obsesión por el enriquecimiento ilimitado bajo la apariencia de querer mejorar la sociedad. Aplicando este principio generaron grandes campañas publicitarias y de influencia social para convencer hasta al último ciudadano de que su objetivo era mejorar su vida y que la existencia de éstas era vital para el funcionamiento de la sociedad.

Algunos de estos empresarios lograron vencer donde los reyes habían caído porque aprendieron del pasado. Entendieron que había que evitar a toda costa que la sociedad volviera a unirse en una sola voz contra su amo. Para ello vigilaron la etapa más esencial del proceso económico: la producción. Dividieron a los trabajadores mediante la competitividad y pusieron todas las trabas posibles al sindicalismo.

Divide y vencerás

En los años de la revolución industrial se consolidó una nueva forma de dominio. Los grandes empresarios erigieron corporaciones enormes gracias a las nuevas tecnologías y a la explotación de la clase trabajadora.

Al igual que en la época de las monarquías absolutas, las masas se fueron haciendo conscientes de su sufrimiento y de la injusticia del sistema y empezaron a demandar cambios. Así nacía la lucha obrera moderna. Las ideas comunistas y anarquistas resonaban en las fábricas y permitían entrever el que sería el conflicto más esencial de la época: La batalla entre el trabajo y el capital.

El sindicalismo y la unión de trabajadores jugaron un pulso continuo contra la patronal. Aquellas mujeres y hombres estaban cansados de ver cómo el ser humano era reducido a una pieza más de una máquina. Se negaban a aceptar que pudieran despedirlos a la primera de cambio, que los turnos de trabajo consumieran sus vidas y que niños menores de edad murieran trabajando en las fábricas.

Gracias al esfuerzo de pensadores, activistas y trabajadores, se consiguieron grandes mejoras en las condiciones de vida: se logró reducir la jornada laboral a 8 horas (en la que España fue pionera), consolidar los derechos de reunión y huelga y el fin del trabajo infantil.

A pesar de estos cambios, el poder ha logrado adaptarse y ha buscado nuevas formas de control. Las victorias a corto plazo han quedado sepultadas por una aplastante derrota del sindicalismo en el conflicto capital-trabajo.

El capital cada vez tiene más poder y mayores beneficios, al mismo tiempo, las rentas del trabajo y los sueldos se reducen

El capital cada vez tiene más poder y mayores beneficios, al mismo tiempo, las rentas del trabajo y los sueldos se reducen. Si un gobierno se atreve a proponer subir el salario mínimo suenan las campanas del apocalipsis y poco menos que se amenaza con la caída del sistema como lo conocemos.

Las empresas son necesarias, y muchas de ellas dan empleo digno y de calidad, respetan los convenios y ven a los empleados como una familia. Pero las grandes corporaciones han abandonado su función social natural. Se han centrado en los dividendos y en los salarios de los directivos, olvidando todo lo demás. Por poner un ejemplo, Marcelino Fernández, consejero de ACS ganó 20,46 millones de euros en 2017. Los sueldos de los trabajadores no ven ni de lejos estas mejoras. El pequeño empresario también ha sido víctima de este proceso, viéndose incapaz de competir con las grandes corporaciones y teniendo, en muchos casos, que cerrar sus puertas.

De esta forma, los oligopolios no solo han aprovechado la explotación, también han impedido el desarrollo de negocios alternativos y empresas socialmente responsables. Al usar la precariedad como factor de eficiencia, han dificultado la creación de condiciones de trabajo dignas y éticas por empresarios que están dispuestos a ofrecerlas.

En vez de desarrollar un modelo responsable con empleo digno y con una buena relación capital-trabajo, se echaron al monte. Se dieron cuenta de que cuando la clase trabajadora se unía, podían poner en jaque sus estructuras de poder. Por ello idearon toda una estrategia para destruir el sindicalismo y la colaboración entre trabajadores. Este plan de acción puede desgranarse en tres pilares: modificación del espacio físico, promoción de la competencia  y lavado de imagen.

Algunas empresas no tardaron en darse cuenta de que uno de los factores que promovían el cooperacionismo era la cercanía física. En las fábricas los trabajadores se conocían, se veían todos los días, hablaban durante los descansos y desarrollaban vínculos de amistad. Esta empatía hace que cuando uno no llega a fin de mes, los demás le ayuden, que cuando tiene un accidente y no le pagan la baja, el resto proteste y defienda sus derechos. Si un trabajador fallece, toda la fábrica puede levantarse en huelga demandando mejores condiciones laborales.

Estas empresas, en su búsqueda de la individualización, promovieron que los trabajadores cada vez estuvieran más separados. Por ello muchos de los modelos de negocio modernos buscan el mínimo contacto entre los empleados. Este es el caso, por ejemplo, de los riders.

Los riders (encargados de llevar comida para plataformas digitales) están completamente separados los unos de los otros. Pasan la mayor parte del día solos y, aunque algunos se conocen, sólo coinciden unos pocos minutos cuando esperan a recoger un pedido. Gracias a esta separación la multinacional evita que formen lazos. Cuando tienen cualquier conflicto trabajador-patronal el individuo no tiene capacidad de respuesta. Esto hace imposible cualquier tipo de sindicalización y protesta por las condiciones laborales.

Aunque hay algunos intentos de asociacionismo, no llegan a cuajar. Los efectos se ven en que han llegado hasta el punto de explotación que algunos han muerto en la bici intentando llegar a fin de mes. Estos casos, que habrían parado toda la producción en el pasado, quedan totalmente neutralizados por la individualización del trabajador. El rider siente que sus problemas son personales y que no es víctima de una explotación colectiva.

Esta técnica sirve para ciertos trabajos pero no para todos. ¿Cómo romper los lazos de empatía entre personas que trabajan en el mismo espacio físico? Has de lograr que se vean como enemigos en vez de como aliados.

El capitalismo moderno ha promocionado la visión del empleo como una “victoria”. Trabajar es una ventaja sobre los demás, un privilegio que debes agradecer. Esta idea lleva a aumentar la competitividad entre los trabajadores. Tienes que hacer más horas que los demás, aceptar horarios más complicados, quedarte cuando nadie puede, solo así serás el mejor.

De esta manera se crea un ambiente de sospecha. Los trabajadores no confían los unos en los otros y se individualiza el espacio social. Todos quieren ese ascenso, esa subida de sueldo. No sólo son enemigos los compañeros, sino también de los nuevos y de la gente que busca empleo. Se acaba vendiendo el dogma de que el trabajo es un bien escaso y que para mantenerlo has de asegurarte que nadie te lo quita.

La parcialidad es “flexibilidad laboral”, el trabajador explotado es un “autónomo” y las relaciones de explotación son “economía colaborativa”

También se ataca cualquier modelo de negocio que se salga de esta norma. El valor esta en tus beneficios, no en las condiciones laborales que ofreces. ¿Ganas más dinero? eres un fantástico emprendedor ¿Pagas salarios dignos y no explotas a los trabajadores? será que no sabes o que no eres capaz. Se persiguen todos los intentos de generar relaciones laborales de calidad.

Por último también es relevante el proceso de lavado de imagen. Las nuevas tecnológicas gastan millones en campañas publicitarias para parecer necesarias y buenas para la sociedad. La parcialidad es “flexibilidad laboral”, el trabajador explotado es un “autónomo” y las relaciones de explotación son “economía colaborativa”.

Este lavado de imagen también incluye campañas en las que se venden como “pro LGBT” “Ecologistas” “Feministas” y demás. Sólo son formas de enmascarar la explotación económica vendiendo un supuesto perfil progresista que además, en la práctica, no suele implicar ninguna medida real. Ninguna de estas corporaciones que venden esta imagen pública invierten en asociaciones, ni promueven el contrato de las personas de estos colectivos, son pura fachada, carentes de contenido real.

trabajo derechos

¿Existe solución?

Los problemas planteados en este artículo son importantes y parece difícil atajarlos. Sin embargo podemos tratar de proponer algunas líneas de actuación generales. Siguiendo estas y otras propuestas se puede intentar empezar a restablecer el balance entre capital y trabajo en nuestro país:

  • Dar donde más duele (de verdad): Para disuadir a alguien de algo tienes que apuntar a lo que le importa. Las multas actuales a las empresas muchas veces son ínfimas comparadas con sus beneficios. El columnista y escritor George Monbiot propone una medida en este sentido: retener la mitad del sueldo de los ejecutivos que ganen grandes sumas de dinero en una cuenta controlada por una entidad externa. Esa mitad no podría extraerse hasta que la entidad asegure que la actividad económica de la empresa es legítima en términos de sueldos a los trabajadores y desempeño medioambiental.
  • Democratizar el proceso productivo: Se han de ofrecer facilidades y garantías a los empleados que buscan sindicalizarse. Hay que crear vías de representación para que la voz de los trabajadores tenga mayor peso en las empresas. En esta línea me gustaría destacar una iniciativa del partido Laborista Británico como ejemplo a seguir: Han propuesto que las empresas estén obligadas por ley a dar un 10% de sus acciones a los empleados. Esta y otras medidas podrían ayudar a aumentar el peso de la voz de los trabajadores en sus compañías.
  • Reclamar mayor responsabilidad a las empresas: Gran parte de la evasión de impuestos y de otros problemas se podría evitar exigiendo que las empresas actuasen como entes con responsabilidad social. Esta idea es una de las claves del “Accountable capitalism Act” de la candidata a la presidencia norteamericana Elizabeth Warren. Más concretamente propone que las corporaciones que tengan más de mil millones en ventas tengan que obtener una especie de “ciudadanía corporativa”. Esto las obligaría a pagar impuestos a nivel nacional y no irse a los estados con menos carga impositiva. Esta medida ayudaría a sacar a las empresas estadounidenses de la obsesión por los dividendos y a dirigirlas a una mayor responsabilidad civil. También ayudaría a reducir la evasión fiscal que se da en Estados Unidos por empresas que pagan impuestos en los estados más pequeños y con menos restricciones. Es un primer paso para solucionar el problema de la evasión y los paraísos fiscales.

Estas medidas son un pequeño grano de arena pero deben servir como sendas a seguir. Encerrarse en que es imposible restablecer la justicia laboral es simple cobardía. Se han de desarrollar políticas valientes que aboguen por un modelo de trabajo consensuado y democrático. Nuestra ciudadanía se merece un sistema que les proporcione trabajo digno. No debemos conformarnos con la temporalidad y la precariedad.

Devolvamos la dignidad al trabajo.

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