jueves. 04.06.2026
TRIBUNA

Una Catalunya de ocho, seis o diez millones… ¿Y qué?

Que la población de un territorio crezca o se estanque no es, por sí mismo, ni bueno ni malo.
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He tenido que leer tres veces el artículo que Eduard Voltas publicó en Ara el 8 de agosto, titulado “L’ampliació del Prat i el malson de la Catalunya dels 10 milions”. (1) Lo he leído con atención, dispuesto incluso a encontrar en él argumentos sólidos contra la ampliación del aeropuerto del Prat, un debate legítimo y abierto en el que hay posiciones razonables tanto a favor como en contra desde distintos espacios políticos. Pero el núcleo del texto no es el aeropuerto. El verdadero centro del artículo es otra cosa, mucho más preocupante: la alarma, casi apocalíptica, ante la previsión de que Catalunya alcance los diez millones de habitantes.

Voltas nos lleva de la mano a una especie de nostalgia por aquella Catalunya de los “seis millones” de finales del siglo XX, como si el número en sí tuviera una virtud mística

Voltas nos lleva de la mano a una especie de nostalgia por aquella Catalunya de los “seis millones” de finales del siglo XX, como si el número en sí tuviera una virtud mística. Como si en la Catalunya de los seis millones viviéramos en un paraíso. Conviene recordar que en ese supuesto paraíso —el de 1987— la tasa de paro en Cataluña era del 19 %, con una gran disparidad entre géneros: del 13,4% entre hombres y del 29,7% entre mujeres. Y comparada con la actual, aquella Catalunya tenía menos de un tercio de la proporción de personas con estudios superiores que tenemos hoy.

Si miramos las cifras absolutas de siniestralidad vial, aunque hoy el tráfico es mucho más intenso y rápido, en los años de aquel “paraíso” murieron en carretera 4,4 veces más personas que el pasado año. Y lo mismo podría decirse de muchos otros indicadores, incluidas las infraestructuras.

Desde la perspectiva de Voltas, el crecimiento poblacional hasta los actuales ocho millones sería ya un problema en sí mismo. ¿Por qué? Porque —según él— buena parte de quienes han llegado en estos años trabajan en sectores de “bajo valor añadido”, de lo que se deduce que son poco cualificados y que inevitablemente bajan el “nivel medio” de la sociedad catalana.

Me cuesta encontrar en esas ideas algo que encaje con los valores de una izquierda progresista. Sí veo en cambio un eco de viejos discursos elitistas y excluyentes: la gente que viene de fuera no es como “nosotros”, sus trabajos no “aportan” y por tanto su presencia amenaza el bienestar colectivo. Dicho así, sin matices, es una trampa peligrosa.

Su conclusión es todavía más inquietante: todo formaría parte —cito textualmente— de una conspiración: ”Si por el camino nos cargamos definitivamente la cohesión social, reventar del todo los servicios públicos y acabamos de expulsar al catalán de Barcelona, habrá sido bien porque habremos querido”. Un plan en el que el crecimiento demográfico, se supone provocado, sería una herramienta de “invasión” lenta y calculada. A estas alturas no sé si clasificar esta tesis como ingenua, conspirativa, o directamente reaccionaria.

Que la población de un territorio crezca o se estanque no es, por sí mismo, ni bueno ni malo. Depende de las políticas públicas que acompañen ese proceso

Que la población de un territorio crezca o se estanque no es, por sí mismo, ni bueno ni malo. Depende de las políticas públicas que acompañen ese proceso. Una Catalunya de diez millones podría ser más próspera, más cohesionada y más igualitaria que una de seis … si hay un modelo económico justo, una redistribución equitativa de la riqueza y unos servicios públicos robustos. El problema no es que vengan personas a trabajar, sino que las condiciones laborales que les ofrecemos sean precarias, que el parque de vivienda esté en manos de la especulación y que las políticas lingüísticas no sean lo suficientemente firmes para garantizar el uso del catalán.

Es fácil culpar al recién llegado de males estructurales que vienen de lejos. Pero eso no es progresismo: es desplazar la responsabilidad de la política a la demografía. El reto no es “poner límites” a la población para conservar una supuesta pureza étnica y social, sino transformar el modelo productivo para que cada persona que viva en Catalunya, haya nacido donde haya nacido, pueda aportar en igualdad y disfrutar de los mismos derechos.

Convertir un debate sobre el aeropuerto en una advertencia sobre el “peligro” de ser más de diez millones no es, para mí, una crítica de izquierdas. Y esa otra cosa, lo diga quien lo diga y en el idioma que lo diga, es incompatible con una sociedad abierta, plural y solidaria.

Porque ni con Franco vivíamos mejor, como repiten últimamente algunos, ni la Catalunya de los seis millones era mejor que la de los ocho. Y tampoco tiene porqué ser peor la de diez millones, con aeropuerto o sin aeropuerto.

Feliz agosto.

(1) L’ampliació del Prat i el malson de la Catalunya dels 10 milions (ara.cat)

Una Catalunya de ocho, seis o diez millones… ¿Y qué?