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martes. 16.08.2022
Palau de la Generalitat
Palau de la Generalitat.

Dice el dios digital Wikipedia que en la cultura popular catalana seny es la ponderación o sana capacidad mental que predispone a una justa percepción, apreciación, comprensión y actuación. Vamos, que en lengua castellana a esas virtudes se les llama sensatez, cordura, buen humor o sentido común. Y todas ellas parece que proceden del latín sensus (sentido). De manera a la luz de los acontecimientos de esta última década (sin ahondar mucho en la historia precedente), deberían quedar lejos de nosotros la funesta manía de otorgarles a las palabras cualidades étnicas, territoriales o políticas de país o cultura lingüística. Porque si algo no puede caracterizar a la vida catalana, desde el progresivo ascenso de los nacionalismos desde el siglo XIX, son precisamente los valores comunes contemplados en esa palabra del idioma catalán. Y son dos siglos y un cuarto lo que arrastra el tema en cuestión

Desde el “manca finezza” atribuida a España por un tal Andreotti, precursor de un personajes en la política italiana como Berlusconi, y con buenos contactos mafiosos, hay sentencias verbales que carecen de crédito por muy ocurrentes e “inteligentes” que parezcan. Porque esas cualidades son necesariamente universales y se tienen o no se tienen a título individual o colectivo. Algo así como lo que Nietzsche expresaba con respecto a la sensibilidad personal, al decir que se puede cambiar muchas veces de opinión pero no de gusto. Se posee o no se posee. Sucede mucho y con no poca gente.

Los jóvenes madrileños, que vivimos como activistas antifranquistas la pre transición, teníamos verdadera pasión por aquel seny fetiche catalán que nos permitía explicar la importancia de una burguesía activa en la conducción de un país y las posibilidades de pactar con ella la restauración democrática. Los avances en el territorio de Catalunya y, particularmente, en Barcelona de la relativa permisividad con que actuaban los opositores al régimen, nos producían gran admiración a los esteparios que sufríamos una represión feroz por el centralísimo aparato policial y mediático del estado franquista. Cosa que generaba una contradicción real y aparente, porque ese centralismo, destinado teóricamente a sojuzgar de la periferia, donde actuaba con más sangrienta y brutal eficacia era en el centro peninsular. La dictadura eso sí conocía perfectamente sus prioridades.

La represión de las lenguas maternas de los pueblos ibéricos, que sin duda existieron como santo y seña de la dictadura, no tienen su origen en ella sino en procesos históricamente más pretéritos que nos anclan en los conflictos del siglo XIX español, del que el XX fue tributario y heredero directo. Porque el nacionalismo no nació en 1714 durante una guerra de sucesión dinástica de la monarquía española, en que los mártires del Borne morían al grito de Viva España. Y de haber nacido en ese periodo histórico Madrid, por ejemplo, sería nacionalista, ya que perdió no menos derechos y libertades que los burgueses o aristócratas catalanes, no sé si con una terraza hostelera como parapeto o frontera.

 De manera que no había, en los setenta de ese siglo XX,  ni un solo progresista antifranquista ibérico en Madrid que no defendiese con ahínco los derechos a su lengua e idioma de los otros “pueblos de España”, vinculados a las imprescindibles libertades políticas de todos.  La totalidad de los textos de referencia de todas las organizaciones de la oposición preveían un futuro republicano federal para España como superación de sus males territoriales. Olvidando o desconociendo por completo lo sucedido en la 2ª República. Y ahí estaba el seny de la burguesía catalana y de sus tradiciones católicas apostólicas y romanas residentes en Montserrat, como el ungüento amarillo para lograr ese fin. Una burguesía que ya se movía en claves nacionalistas. Moderadas al principio con el “Jo Soc Aquí” del exiliado Tarradellas; o con intenciones ocultas posteriores, muy marcadas por roles de intereses económicos hoy conocidos como espúreos (Aunque la fiscalía catalana ya daba cuenta suficiente de su existencia); pero parece que fascinantes para las negociaciones del poder central a izquierda y derecha. Todo ello permitía la gobernabilidad en épocas de turbulencias políticas o económicas y frente a la sinrazón terrorista. Eso seguía siendo el seny que algunos recibían en comunión de intimidad y lengua como José María Aznar, o como consenso de gobernabilidad del centro izquierda de Felipe González.

La izquierda (en todo su arco de opciones desde maoístas a socialistas y liberales de izquierda) tampoco dejaba de estar influida por ese fenómeno desde el siglo XIX. Nada comparable con los procesos políticos de otros territorios históricos dotados de lengua propia como Galicia y País Vasco. Lugares cuya lengua vernácula y materna no la desvinculaban del nacionalismo español más recalcitrante; o que (como en el caso vasco) sus bases de inspiración nacionalista se dividían en torno al uso o no de la violencia conforme a la fascinación del modelo irlandés de secesionismo republicano. Eso sí, sin que hubiese ningún mar por medio desde Vitoria para abajo,  ni la misma historia ibérica común. Claro que estos dos territorios carecían también de seny y no formaban parte de ese círculo mágico de interpretación que el marxismo a veces aporta sobre los roles ejercidos por las clases sociales en ascenso o descenso según su interpretación mecanicista de la historia.

Sea como fuere parece que la cosa comenzó a torcerse cuando un hijo del seny de la izquierda (Pascual Maragall) le espetó a otro hijo del seny de la derecha (Artur Más) que su problema se llamaba tres por ciento y el interpelado honorable dio por rota toda la legislatura. Largo y tedioso sería escudriñar como se fue jodiendo el tan honrado seny por el panegírico. Nada es ajeno a la intromisión, intervención y desastrosa política de la derecha nacionalista española en el poder y su utilización política del Tribunal Constitucional. Pero en lo que aquí respecta, de entonces ahora, los desastres del conflicto catalán que fracturan todavía al 50% de su propia población, desde hace ya más de una década, dejan a la “ponderación, o la sana capacidad mental que predispone a una justa percepción, comprensión o actuación” por los suelos. Vamos que ni sensatez, ni cordura y menos humor o sentido común del castellano. ¿Se jodió el seny o es como la ficción del hombre que nunca existió? Veremos cómo sobrevive en el futuro si de él queda algo.

¿Cuándo se jodió el seny?