jueves 16/9/21
TRIBUNA DE OPINIÓN

Ayuso y el paroxismo de la banalización

La clave del éxito de Díaz-Ayuso parece ser la de “vivir a la madrileña”.
ayuso

"El problema con Eichmann fue precisamente que muchos fueron como él, y que la mayoría no eran ni pervertidos ni sádicos, sino que eran y siguen siendo terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones legales y de nuestras normas morales a la hora de emitir un juicio, esta normalidad es mucho más aterradora que todas las atrocidades juntas" (Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal)


Es muy probable que Isabel Díaz Ayuso gane con holgura las elecciones del cuatro de mayo.  Cabría pensar que con ello se reconoce lo bien hecho durante sus dos años al frente de la Comunidad madrileña. Un pacto con Ciudadanos y el apoyo de Vox le permitieron ser investida como presidente, pese a que la lista mayoritaria estaba encabezada por Ángel Gabilondo. Sin embargo, en el debate a seis no desgranó sus éxitos y simplemente descalificó a sus adversarios, menospreciándolos como si no fueran interlocutores validos porque una diosa olímpica no puede rebajarse a hablar con simples mortales.

Toda Europa, o por mejor decir el mundo entero, podría beneficiarse de sus idiosincrásicas recetas para contrarrestar los estragos de una triple crisis económica, sanitaria y social. Podría servir como ejemplo a sus homólogos autonómicos, así como a los líderes europeos e internacionales, gracias a sus innumerables aciertos que, según su inventario, jamás muestran un solo fallo, por la sencilla razón de que, cuando algo va mal, esto es culpa de los demás, ya se trate del gobierno central o sus propios asociados gubernamentales en Madrid.

Sin embargo, su campaña electoral no enumera sus hazañas como gestora política que administra magistralmente lo público. No aporta dato alguno sobre lo que ha supuesto su controvertido hospital para la lucha contra el Covid-19, ni lo contentos que deben estar con ella los miembros del sistema sanitario público, que habrán gozado de su reconocimiento, viendo aumentar su salario e incrementar unas plantillas caracterizadas por la precariedad. Su refuerzo a la estructura educativa pública o a una red asistencial para cuidar de los más desfavorecidos. O su intervención para corregir esas anomalías detectadas en las residencias para mayores.

La lista podría ser interminable y le debería faltar tiempo para presumir de los datos favorables o de cómo las estadísticas avalan esos admirables logros. Esto debiera haber puesto en serias dificultades a sus adversarios políticos, porque serían incapaces de presentar mejores alternativas a lo que ya resulta óptimo desde cualquier perspectiva. Sólo Ciudadanos podría rentabilizar esos éxitos al haber compartido las tareas de gobierno e incluso Vox podría presumir de haber permitido que tuviera lugar este feliz acontecimiento.

Pero por desgracia no es así. Ayuso se queja de no haber podido gobernar como quería, porque ha estado lastrada por ese socio gubernamental que le permitió acceder al poder y el partido que le prestó su apoyo sin formar parte del gobierno madrileño. Esto exacerba nuestra imaginación. Si su gestión ya era óptima, cuesta imaginar cómo será cuando pueda gobernar en solitario mejorando su milagro económico y su modélica gestión del conjunto de las crisis.

En realidad le hace soñar a uno con un cambio de régimen. Al arrasar en las urnas, Ayuso no debería conformarse con la Puerta del Sol y se le deberían abrir las puertas del Palacio de La Moncloa e incluso de la Zarzuela. Nuestro país podría disfrutar de sus capacidades en la Jefatura del Estado, que podría simultanear con la Presidencia del Gobierno central, para que todos viviéramos a la madrileña.

Esta parece ser la clave de su éxito: “Vivir a la madrileña”. Poder ir a esos bares donde coinciden las clases populares con los ricachones en el no va más de una Igualdad y Fraternidad sin precedentes. Poder hacer lo que a uno le venga en gana como ejercicio de una suma Libertad. La triada de la Revolución francesa parece significar eso. Desatender las restricciones de movilidad y horarios que impone la pandemia y poder frecuentar las tascas al margen de tu poder adquisitivo.

Además Madrid no es una pequeña localidad donde todos los vecinos te controlan. Puedes deambular con toda tranquilidad, sin temer encontrarte con tu ex pareja sentimental o tus antiguos jefes. Es una ciudad abierta donde pueden venir de juerga los ciudadanos atribulados por sus respectivos gobiernos, aunque lo ganan a través de un aeropuerto mal vigilado porque todavía no es competencia suya. Donde se puede bromear sobre las colas del hambre y los lados buenos de la historia. El paraíso de la Libertad, Igualad y Fraternidad tal como han quedado descritas más arriba.

Habrán advertido la ironía y el intento de reducir al absurdo, aunque quizá no hayan podido hacerlo. Porque la parodia resulta difícil de parodiar. Devaluar de tal modo el discurso político y convertir una campaña electoral en una concatenación de chascarrillos parece tener su recompensa. Cala en las emociones y puede triunfar en las urnas. Trump era un mago en esta desnaturalización de la política, pero Ayuso ha demostrado ser una discípula muy aventajada que puede superar al maestro.

Qué bien vendría un par de candidatos tranquilos, un tándem como el formado por Biden y Harris, que con toda discreción están mejorando la vida de sus conciudadanos a ojos vista. Ahora que lo pienso. Al repasar la lista de candidaturas, veo que Ángel Gabilondo y Mónica García bien podrían brindarnos ese tándem con alternativas frente a esa encantadora de serpientes que se identifica sin más con la Libertad.

Quizá muera de éxito. Si Ayuso logra robar suficientes votos a Vox podría neutralizar su arrolladora mayoría y quedarse a las puertas de su investidura por los pelos. Ya ha liquidado a Ciudadanos. Ahora puede hacer irrelevante a Vox. Finalmente podrían darse muchas cosas que agradecerle. Pero no desde luego una banalización de la política que supera con creces al trumpismo. Las consecuencias pueden ser imprevisibles. Gobernar con Vox no sería el fin del mundo, sino más bien el inicio de una época incierta que cuenta con algunos precedentes históricos cuya impronta marcó a varias generaciones. Hagamos girar la ruleta del futuro con cada papeleta de voto. 

Ayuso y el paroxismo de la banalización