TRIBUNA POLÍTICA

Para el avance progresista: el necesario y hoy inexistente partido político

Tribuna del Congreso de los Diputados.
Los partidos progresistas deben ser instrumentos activos de movilización social y acción de gobierno.

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En los últimos años he venido refiriéndome a esta cuestión en diversos momentos y en relación con diversos acontecimientos en Catalunya, España, Europa o el mundo mundial. La abordo ahora más directamente y con más detalle. Es mi respuesta a la actual coyuntura, aún más crispada a partir de la crisis Cerdán-Ábalos-Koldo. Pretendo incidir así en el necesario debate sobre cómo contribuir hoy al “avance progresista”.

Antes de entrar en materia quiero dejar constancia de que las referencias esenciales de mis opiniones son mis experiencias de actividad política militante, con responsabilidades concretas orientadas esencialmente a tareas organizativas, en el PSUC-PCE de 1958 a 1977 (Comité de la Universidad, Comité de Barcelona, Comité Ejecutivo y Secretariado del Comité Central en el PSUC (1) y Comité Central en el PCE, con la experiencia de más significación en mi vida política: la de responsable del PSUC para la SEAT de 1968 a 1975), en el PSC-PSOE de 1978 a 1981 (Comité de Barcelona y Consell Nacional) y en SUMAR en 2023 (dos grupos de trabajo -trabajo decente y justicia- para el documento fundacional).

Las reiteradas referencias hoy a la evidente crisis de los partidos políticos se orientan esencialmente al análisis de los resultados electorales, examinando su evolución  y perspectivas, la fidelidad del espacio electoral, la huida hacia la abstención o hacia otras propuestas electorales, …, sin prácticamente ninguna otra consideración. Siendo ciertas, no me parecen únicas, y no necesariamente las fundamentales. Mis consideraciones en defensa de la política constituyen cuestiones cuyas limitaciones influyen en la actual crisis de las organizaciones políticas progresistas, no de las reaccionarias, porque éstas se alimentan de la antipolítica, de la adhesión más o menos consciente a formas autoritarias de dirigir la vida colectiva, por lo que les basta la obediente adhesión a los jefes.

En esta etapa proliferan las propuestas, discursos, elucubraciones sobre teorías políticas para el progreso. El problema es que las ideas solas, por acertadas que sean no hacen camino, precisan de un instrumento que las asuma, las proyecte y traduzca a la heterogénea realidad en la que han de aplicarse, las desarrolle, matice, complete. Este instrumento es el “partido político”, no un club de fans del jefe, no una suma de tertulias bien intencionadas. Bienvenidas sean las teorías si no lo obvian, si contribuyen a la construcción de ese instrumento.

Entre los problemas que dificultan que jueguen su función los demasiados en número, pero escasos en influencia, partidos políticos progresistas, creo que pueden apuntarse:

  • La casi general coincidencia de las personas de sus órganos de dirección con las que ocupan funciones de responsabilidad institucional (de Gobierno y/o parlamentarias) en los diversos niveles (municipal, de Comunidad Autónoma o estatal), lo que, más allá de su desconsideración hacia una u otra función, supone la imposibilidad del adecuado cumplimiento de ambas.
  • Otra característica que entiendo define bastante bien la actual concepción del partido político, es la sublimación, y su consideración de máxima expresión de democracia partidista, de las “primarias” como procedimiento para la designación de la/s máxima/s responsabilidad/es en la organización (Presidente/a, Secretario/a General, Coordinador/a General, …), otorgando a las personas así designadas poderes desproporcionados con merma los de los necesarios órganos colectivos de organización y de dirección a los diversos niveles y ámbitos de responsabilidad, de relación con la ciudadanía.
  • Y no como menor problema, la relación entre la dirección del partido con la militancia a través de mítines y encuestas, prácticamente la misma que con su espacio de adhesión electoral o de mero interés. La actividad de los órganos del partido (federaciones, células, … comités intermedios) se reduce casi siempre a tertulias políticas. Esta confusión lleva a que en la práctica parezca que la democracia se entiende casi exclusivamente ligada a la consulta electoral y el ejercicio de sus resultados, menospreciando la práctica democrática de la necesaria acción social permanente, con incidencia de ella y en ella de la acción política.

Considero imprescindibles los “partidos políticos” como agentes de la democracia. No es la “espontaneidad de las masas” lo que permite avanzar, antes, ahora y en el futuro. Es necesario por ello acertar en el método y formas de trabajo de la organización política para su propia vida y para crear, orientar e impulsar, para dirigir la acción social, para que los y las militantes del partido se conviertan en dirigentes sociales.

Se me dirá, ya se me ha dicho, que las actuales carencias, las dificultades para desarrollar esa función, son consecuencia de las nuevas formas de relación en nuestro mundo cada vez más digitalizado, con las redes como forma esencial de información y relación. Siendo ciertamente un fenómeno a considerar, su evidente incidencia no impide en mi opinión plantearse cómo hacer hoy política desde un “partido político”, aunque en sus formas de trabajo deba tenerse en cuenta esta nueva realidad e integrarla en la función partidaria. Todo ello para construir lo que sigue siendo necesario y que en algún momento denominábamos “partido de lucha y de gobierno”, una muy adecuada definición que me parece de plena vigencia hoy.

Partido “de lucha”, no sólo ni fundamentalmente de denuncia, sino esencialmente de movilización. Con capacidad para situar objetivos que estimulen la movilización social, ciudadana, concretando sus formas y contribuyendo a la organización y acción social. Para ello deberá generarse conciencia no sólo de la necesidad de los objetivos inmediatos planteados sino de su efectiva posibilidad, con capacidad para explicar las victorias que se vayan consiguiendo, los nuevos objetivos tras cada victoria, y la reorientación de la acción tras cada retroceso. Circunstancia que enlaza ya con el concepto de “partido de gobierno”.

Partido “de gobierno”: se trata tanto de acción desde el gobierno cuando se gobierna, como de influir en el gobierno desde la oposición, incluso desde la clandestinidad, como demostraron el PCE y el PSUC durante y contra el franquismo. Y en ambas situaciones, de gobierno y de oposición, con movilización social. Ser “partido de gobierno” significa esencialmente capacidad para incidir positivamente en los problemas del día a día de la gente, de la ciudadanía, de la clase trabajadora en primer lugar, en conquistas concretas de sus reivindicaciones inmediatas para el avance hacia el futuro en permanente construcción, condicionando la acción de “los gobiernos”, desde el de la empresa hasta el del país.

Ambas notas, indisociables para el desarrollo pleno cada una de ellas, exigen concretas formas de trabajo del “partido”, su funcionamiento interno, activo en sus formas de debate, de información, de reflexión colectiva a todos los niveles de su estructura, de decisión en el ámbito que le corresponde, de interrelación de los órganos de dirección con la “base”, con los órganos intermedios. Supone la implicación necesaria de sus “militantes” en la acción y movilización social, la voluntad y capacidad del Partido para convertir a su militancia en activos dirigentes de los movimientos sociales.

Sin despreciar el interés que en algunas circunstancias y momentos pueden tener las formas democráticas de “primarias” para la elección de la dirección (2) y de “referéndum” para la toma de decisiones, considero prioritario el activo funcionamiento de toda la estructura militante del “partido” y la decisión de los órganos de dirección tras un debate intenso en toda su estructura.

Gobernar es resolver problemas cada día, problemas del día a día, construir uno a uno los pedazos de la calzada que lleva al futuro. Gobernar para el progreso supone hacer frente a dificultades que exigen respuesta concreta, no discursos sobre el luminoso futuro deseado o esperado. Respuestas que no son mimética repetición del programa de futuro, respuestas a las que debe contribuir la relación del partido, de toda sus militancia, con la ciudadanía, tanto para recoger ideas y sensibilidades, como para explicar las iniciativas de gobierno y discutir su evolución, o para concretar las exigencias al gobierno desde la oposición. Y ello no es posible sin un partido activo, vinculado tanto con las instituciones como con  la ciudadanía, vinculado a todos los niveles y ámbitos ciudadanos.

El partido pues como instrumento imprescindible para la relación en ambos sentidos entre instituciones y ciudadanía, entre instituciones y movimientos sociales, entre dirección política y colectivo de militancia. El partido como organismo activo, vivo. Como colectivo, no como suma de personas adheridas.

Entiendo estas consideraciones muy ligadas a los problemas de hoy, cuando en mi opinión no hay en el espacio progresista partidos “de gobierno”, tampoco “de lucha”, como colectivos capaces de orientar, impulsar y dirigir la movilización social en sus posibles diversas formas, de influir de forma significativa en las decisiones del gobierno, ya sea en exigencia y apoyo a un gobierno progresista o en denuncia y exigencia a un gobierno reaccionario.

No pretendo que estas notas se entiendan como recetas. Mi objetivo es que se incorporen a la necesaria reflexión colectiva que ha de resultar de la conciencia de la crisis de este momento, cuya realidad, esa sí, parece muy ampliamente asumida.

Y se trata en mi opinión de una problemática universal.


(1) Con una muy interesante experiencia de responsabilidad compartida con Gregorio López Raimundo, Miguel Núñez, Antonio Gutiérrez Diaz, Josep Serradell (Román) y Josep Clariana.

(2) Una experiencia de gran interés fueron las “primarias” italianas, abiertas a toda la ciudadanía, para la designación en 2005 de Romano Prodi como candidato a primer ministro de todas las fuerzas progresistas, con la aportación de 1 €uro por cada participante para cubrir gastos y como expresión de compromiso, antesala de su victoria sobre Berlusconi en 2006. Participaron casi 5 millones de ciudadanos/as y fueron las primeras, imitadas luego en demasía en mi opinión.