jueves 27/1/22

Un quinquenio cumplido nos separa de aquel bochornoso acontecimiento que protagonizó Susana Díaz Pacheco, convertida en una peculiar Atila en el reino de Ferraz. La ex presidenta defendía, coligada con la metafísica economicista de la austeridad, la continuidad en el poder de la carpetovetónica derecha, los magros intereses del Ibex 35 y las baronías y jarrones chinos de ese pequeño, pero influyente, PSOE dinástico y conservador que deconstruye la ideología y los valores a favor de un pragmatismo demudado.

Fueron días críticos para el socialismo español gracias a que la insolencia de Díaz se había creído lo que no eran sino remedos de una realidad inexistente. Para la sociología progresista del país era ilegible el peronismo de secano que la ex presidenta andaluza puso en circulación como atrezo de su acción política; su control orgánico, como se vio en las primarias, no era el que Díaz supuso y ella tampoco era quien pensaba ni quien le decían que era.

Sin el lastre de la facción oligárquica de su propio partido, Pedro Sánchez ha conseguido  hacer suyo el famoso sintagma de Obama tras ganar las elecciones estadounidenses: “es la respuesta a aquellos que durante mucho tiempo fueron cínicos y dudaron de lo que podríamos lograr, de poner las manos en el arco de la Historia y doblarlo como una esperanza de mejor futuro.” Era casi axiomático  el convencimiento de que el legislador había concebido la moción de censura para que no se ganara y se tenía como instrumento para desgastar al gobierno pero nunca para derribarlo hasta que Sánchez vertebró una mayoría alternativa a la del Partido Popular. Pudiera parecer que un peso parlamentario de carácter identitario rupturista con respecto al régimen político, como el que sostiene al ejecutivo,  generaría inestabilidad en la vida pública, que, sin embargo, no solo no ha sido así, sino que al contrario, se han acometido graves y extraordinarios problemas con un envidiable equilibrio político e institucional.

Quizá ello es debido, a que esa mayoría representa a la España real, la histórica y la contemporánea, con sus problemas reales y sus disensos clamorosos. No cabe duda que Pedro Sánchez está gestionando un momento histórico especialmente complicado con perspectiva y proactividad, frente a una derecha trasnochada y zafia incapaz de asumir ningún tipo de responsabilidad institucional o política y volcada a la agresión dialéctica o al insulto personal. Empero, ahora Sánchez le toca el trance de rematar  en lo orgánico la arquitectura de un PSOE que verdaderamente haya aprendido  de aquellos hechos, singularmente en Andalucía, donde Susana Díaz ha realizado una resistencia de trinchera infinita.

Quizá  a lo que la ex presidenta andaluza  se debería haber enfrentado era a algo más que un cómodo retiro en el Senado por la gravedad de aquello que acometió. Por otra parte, todo el poder del socialismo andaluz lo acumulará Juan Espadas, alcalde de Sevilla, y el elegido en su momento por Díaz para hacerse con el poder institucional en Sevilla.Es posible que el sanchismo en Andalucía esté por hacer.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

Así que pasen cinco años, el sanchismo en Andalucía