miércoles 8/12/21
arnaldo

El jurista que ha adoptado como símbolo la balanza del derecho, y junto a ella también la espada de la justicia, se sirve comúnmente de la espada, no solo para apartar todos los influjos ajenos al derecho, sino para colocarla sobre la balanza cuando no quiere que se venza uno de los platillos” (I. Kant, Hacia la paz perpetua)


Con una venda sobre los ojos y una balanza suele representarse simbólicamente a la justicia. Sin embargo, nosotros tendemos a dar por supuesto que quienes deben aplicarla no son tan imparciales. Hemos asumido que su orientación ideológica escorará sus dictámenes, a pesar de vestir la toga. Por eso hablamos de candidatos conservadores o progresistas. La naturalidad con que asumimos esto resulta preocupante.  

Sin embargo, todavía lo es más que los partidos políticos, tras hacer suya esa premisa en lugar de hacer lo posible por contravenirla, la utilicen para socavar la división de poderes y colocar a sus afines en órganos del poder judicial. Como ha dicho el propio Enrique Arnaldo, un candidato a formar parte del tribunal constitucional no sólo debe tener una trayectoria intachable, sino que ha de parecer honesto e íntegro. 

Nunca he comprendido la disciplina de voto del grupo parlamentario y así lo criticaba en mi artículo titulado No hay ética para robots. El quehacer de nuestros representantes políticos no es descalificarse mutuamente, aunque no hagan otra cosa desde hace tiempo, sino debatir, intercambiando argumentos e ideas para solventar problemas en vez de generarlos. Cada representante debería votar con arreglo a su conciencia y no como si fuera un robot aplicando ciertos algoritmos programados por su jefe de filas.

Hace muchos años Ventura Pérez Mariño dejó su acta de diputado por no comprender ese perverso mecanismo, máxime cuando él se había caracterizado por fundamentar su discrepante voto particular como magistrado. El propio Pedro Sánchez abandonó también el Parlamento porque no quería votar la investidura de Mariano Rajoy. No le fue mal adoptar esa postura de discrepancia.

No merece la pena decir nada respecto a Enrique Arnaldo. Nada más elocuente que revisar su trayectoria, tan caracterizada por una integridad e imparcialidad totalmente ficticias o impostadas

El 11.11.21 no sólo recordará el armisticio de la Gran Guerra, sino una votación en la que los partidos que forman la coalición gubernamental han pretendido votar sin fisuras un mal acuerdo. Nos explican que así se desbloquea una renovación imprescindible de órganos colegiados fundamentales e incluso que así se podrá lograr una próxima mayoría progresista en los mismos.

En el mejor de los casos, este calculo sería tan instrumentalista como el utilizado por sus adversarios políticos, que cuentan con la ventaja de no abochornarse por las corruptelas, tras colecciones presidentes autonómicos encarcelados o encausados por prácticas bastante poco ejemplares. 

La vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, que tan bien sabe mantener sus principios cuando lo cree oportuno, parece minusvalorar un voto que por desgracia empañará su brillante gestión en el Ministerio de Trabajo. Iñigo Errejón ha dejado muy claro que sigue haciendo honor a su trayectoria y los potenciales votantes de unas próximas elecciones podrían tomar muy buena nota del contraste.

Es obvio que, como señaló Maquiavelo, las cosas no se ven igual desde la Piazza que dentro del Palazzo. Sin embargo, Unidas Podemos basa su identidad en hacer ver sus diferencias con el Partido socialista y las airean de una forma contradictoria, criticando los propios acuerdos del gobierno al que pertenecen. Pero en esto secundan una controvertida decisión para respaldar un polémico acuerdo con el Partido Popular, secuestrado por sus rencillas internas y las turbulencias del fenómeno Ayuso.

En Buenos Aires merece la pena visitar el Palacio de Justicia y ver la estatua de una mujer con los ojos vendados y los brazos levantados hacia delante, como si padeciera sonambulismo. Nuestros parlamentarios parecen acogerse a esa peculiar simbolización de la imparcialidad y han decidido dar palos de ciego, apaleando con ello la división de poderes (pace Montesquieu) y aumentando el desprestigio de unas instituciones que necesitan más bien lo contrario.

Weber distinguió entre la ética de la responsabilidad y la de las convicciones, haciendo ver que a veces debía sacrificarse lo segundo en aras de la primera. Kant en cambio prefiere netamente políticos morales, que sepan conjugar ambas cosas, a los moralistas políticos que utilizan la ética como mero barniz de sus objetivos.  

No merece la pena decir nada respecto a Enrique Arnaldo. Nada más elocuente que revisar su trayectoria, tan caracterizada por una integridad e imparcialidad totalmente ficticias o impostadas. Un mal día para la historia del parlamentarismo español y un punto de inflexión en ciertas carreas políticas. La discrepancia tiene unos réditos muy diferentes a los de una obediencia ciega y una disciplina cuartelaría sin fisuras.

Enrique Arnaldo y el símbolo de la justicia