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sábado. 24.09.2022
Captura (1)
Mariano Turégano durante su intervención en el pleno del Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes (Foto. Web municipal)

Pronto se nos han olvidado las tragedias vividas al principio de la pandemia entre los ancianos confinados en una residencia, sobre todo en las madrileñas. Había instrucciones políticas de no derivarles a hospitales, usurpando las competencias técnicas de un complejo triaje médico, y los residentes morían solos y tristes, mientras que sus familiares añadían a la pérdida del familiar una total falta de noticias. Una fugaz comunicación telefónica solía ser señal de que daban el fin por inminente. Nadie asumió responsabilidades por todo ello y se acallaron las pocas voces que intentaron allegar documentación al respecto. Tampoco se adoptaron medidas para mejorar las condiciones en el futuro.

Al oír las justificadas quejas de un residente, se nos debería caer la cara de vergüenza. Particularmente a los responsables de tal desaguisado. El Ayuntamiento se lava las manos remitiendo al gobierno de la Comunidad y este guarda un silencio sepulcral. En verano se han soportado temperaturas inasumibles, la comida era una bazofia y la limpieza brillaba por su ausencia. Lo malo es que hablamos de una residencia pública, que por supuesto está gestionada por manos privadas. El erario público sufraga las instalaciones y una empresa se lucra con altísimos márgenes de beneficio, a costa de tener escaso personal y degradar las prestaciones.

Como clama nuestro protagonista, nadie nace a los ochenta y tantos. Durante una larga vida esas generaciones que nos han precedido lucharon por conquistar unos derechos y propiciaron con su arduo trabajo un bienestar del que nos beneficiamos todos. Ahora ven conculcado el derecho a verse atendidos y se sienten abandonados por esa comunidad que contribuyeron a levantar. ¿Por qué se confía la gestión de las residencias públicas a empresas privadas? ¿Acaso no se ha demostrado que no es más eficaz y que la lógica comercial no debería tener cabida en este ámbito? ¿Una residencia pública privatizada en sus prestaciones no es algo así como un hierro de madera?

Es una sociedad enferma. Su patología social es primar la ley del más fuerte y enfatizar las oportunidades de los más privilegiados

Los ancianos parecen molestar y no se sabe muy bien qué hacer con ellos para procurarles las condiciones dignas que merece su edad. La muerte se ha convertido en un lucrativo negocio, como bien saben las funerarias. Algunos chanchullos que han trascendido en algún momento dejan mal cuerpo. Pero su antesala no se ha quedado atrás. En lugar de construirse más residencias públicas donde se intente reproducir un recogimiento doméstico, en que la gente mayor pueda ser autónoma, verse atendida y con oportunidades de socializarse, apostamos continuamente por centros de hacinamiento, donde hay que compartir habitación y las actividades, cuando las hay, cumplen con una programación digna de un cuartel.

Una sociedad que no sabe atender a la infancia y descuida el ocaso de sus mayores deja mucho que desear. Es una sociedad enferma. Su patología social es primar la ley del más fuerte y enfatizar las oportunidades de los más privilegiados. Esa mentalidad de corte neoliberal del sálveme yo y muérase la gente no conduce a nada bueno. Una miseria mayoritaria tiene grandes costes y acaba por afectar incluso a los más pudientes, por mucho que prefieran creer lo contrario. La comisión europea está comprendiendo que las leyes del mercado necesitan verse reguladas y que la socialdemocracia es compatible con un liberalismo cabal, interesado en un sistema sostenible, que no se hunda por los abusos cortoplacistas.

Ojalá el testimonio de un octogenario que no ha perdido su lucidez con una energía envidiable, sirva para sacudir las conciencias y haga rendir cuentas a esos responsables políticos a los que sólo les interesa sus cálculos electoralistas. Corren tiempos muy siniestros desde muchos frentes y convendría recordar que la solidaridad nos hace más fuertes para solvente cualquier tipo de dificultad. Sin ella no hubiéramos prosperado como especie y podemos propiciar un final de la historia poco feliz. Como el que padecen muchos de nuestros ancianos aparcados en residencias con espíritu mercantil.

Ancianos defraudados por los fraudes de unas residencias mercantilizadas