martes 30/11/21
La muerte de Marat. Jacques-Louis David

Uno de los debates que pareció desprenderse de algunas intervenciones en el último congreso del PSOE fue el de cuál de los tres presidentes socialistas había tenido que resolver más, y más importantes, problemas. El terrorismo, una crisis financiera y una pandemia competían como grandes problemas a los que se han tenido que enfrentar esos tres presidentes del Gobierno español.

Y lo han hecho compartiendo una misma forma de oposición política. González y Rodríguez Zapatero tuvieron en sus momentos el mismo tipo de oposición que está teniendo Sánchez ahora: descarnada y extendida a cualquier ámbito político, sin tregua ni contemplaciones. La derecha española no ha dudado nunca en acusar a los presidentes socialistas de romper España, de traicionar a los muertos o de ilegitimidad. Los adversarios convertidos, sin eufemismos, en enemigos, han sido los mismos, con distintas caras pero con el mismo afán.

Lo que no han compartido han sido los amigos. González y Rodríguez Zapatero necesitaron apoyos parlamentarios, puntuales, para salvar alguna investidura, la última de González y las dos de Rodríguez Zapatero, y varios presupuestos. Pero lo hacían con los votos de los grupos del PNV y/o de una CIU que no tenía nada que ver con la que más tarde derivaría en la que acabó en una declaración de independencia de Cataluña y en una huida de su president, en tiempos de Rajoy. Con algunas partidas presupuestarias se resolvía el problema.

Nadie podía reclamar nada al PSOE por usar esos votos. Y, menos que nadie, aunque lo hacían, el Partido Popular que, cuando les hizo falta hicieron lo mismo aunque para ello tuvieran que "hablar catalán en la intimidad", como confesó Aznar, o tuviera que elevar el terrorismo etarra a la categoría de "movimiento vasco de liberación".

Pero, los amigos de Sánchez son de otra clase. Son gente que pide que el gobierno incumpla la constitución aceptando un referéndum de autodeterminación en Cataluña o una amnistía para unos delitos juzgados y condenados por el Tribunal Supremo, ambas medidas constitucionalmente imposibles. O sugieren que el mismo gobierno excarcele a doscientos terroristas de ETA si quieren sus votos para aprobar los presupuestos anuales. Gente difícil.

Los más cercanos, Unidas Podemos, los que comparten un gobierno de coalición, se van a querellar contra la Presidenta del Congreso, del mismo partido que sus compañeros de gobierno. Pero no es la primera vez que ocurre algo parecido: José Luis Ábalos, siendo ministro del mismo gobierno estuvo también querellado por ese grupo político a costa de la Operación Chamartín. Esto es algo más que discrepar sobre la política de vivienda, el salario minino o la reforma laboral. Es algo así como considerar que hay delincuentes entre tus compañeros de gobierno.

Y, si es posible pensar eso, podría tener dos resultados lógicos: o abandonar ese gobierno, atendiendo la llamada de la ética, o enterrar ese sentimiento bajo una capa de responsabilidad por la alta misión de lograr unos objetivos políticos. Es decir, lo mismo que predicaba mi admirado Maquiavelo quinientos años atrás, reciclado por Weber hace más de un siglo cuando diferenciaba la ética de los principios de la ética de la responsabilidad. En definitiva, nuevos políticos haciendo vieja política.

Los "populistas, separatistas y amigos de los terroristas" son legítimos representantes democráticos de importantes sectores de la sociedad española. Y, como tales, tienen el derecho, y el deber, de llevar a la política las ideas de esos ciudadanos y, además, de intentar que se apliquen. El mismo derecho de los que están, estamos, alejados de las mismas. Nada que objetar a todo eso.

 Lo que sí quiero es hacer un reconocimiento al presidente Pedro Sánchez. Mas allá de si es el autor, o no, de una tesis doctoral. Más allá de si usa, o no, gafas de sol en el avión oficial o de si ha usado ese avión para algún asunto privado. Mas allá de si su lenguaje corporal es más o menos empático o más allá de chorradas como esas, Pedro Sánchez está demostrando una capacidad política incompatible, por muy superior, con la que le reconocen sus muchos enemigos.

Gobernar con esos apoyos es necesario cuando solo se tienen 120 diputados en el Congreso, pero es francamente difícil y, sobre todo, incómodo. Pocas veces, como en este caso, se hace verdad eso de que, con amigos así, no le hacen falta enemigos.

Pero que, ni unos, ni otros, desesperen. Ni el carisma de González, ni el talante de Rodríguez Zapatero les sirvieron para perpetuarse en el poder. Sic transit gloria mundi y la resistencia de Sánchez le puede dar para llegar hasta 2023 y, quien sabe, si más allá. Pero algún día se le acabará. Estamos en una democracia.

Tengan paciencia. Se acaba de descubrir que a Marat, cuando fue asesinado en una bañera, le quedaba muy poco tiempo de vida por una enfermedad mortal de origen cutáneo. Si su asesina hubiera tenido un poco de paciencia se hubiera ahorrado el crimen. Quizás por cosas así, Thomas de Quincey, en su "Del asesinato considerado como una de las bellas artes", recomienda usar como víctima a alguien con buena salud.

Claro que, Pedro Sánchez, y vuelvo a loar su aguante, parece disfrutar de buena salud. Veremos si es suficiente para tanta amistad.


            Jesús Espelosín

Las amistades peligrosas