domingo. 14.07.2024
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Sostiene Pereira que el presunto abandono de la política por parte de Pablo Iglesias representa un acontecimiento en la vida pública española de singular trascendencia y que excede a las menesterosas justificaciones que el protagonista ha dado de su inesperada decisión, entre otras, la falta de transversalidad de su discurso político por no ser mujer. En realidad, Iglesias representa el fracaso de la institucionalización del 15-M como mera inhibición con respecto al sentido y la voluntad del movimiento cuyo eslogan definitorio de su carácter político fue: “No nos representan.” El régimen de la transición había llegado a un agotamiento institucional, político y social uno de cuyos epifenómenos más enjundioso era el deterioro del sistema de representación política. La utilización de la crisis de 2008 por las minorías extractivas para sistematizar la destrucción del mundo del trabajo, precarizar estructuralmente el empleo o devaluar los salario por debajo del nivel de supervivencia había llevado a la generalización entre las mayorías sociales de un estrés cívico trufado de desencanto. Los problemas para el ciudadano eran tormentosos, sobre todo, el hecho de que el 45% de los jóvenes entre 23 y 30 años no podían trabajar en nuestro país junto a la percepción de las limitaciones de una clase política que parecía más preocupada por mantener sus privilegios que por resolver los graves problemas del país.

Sostiene Pereira que el malestar, gestionado desde el poder político como una cuestión de orden público, adquirió bulto por el cúmulo de adhesiones de un segmento amplio de la ciudadanía sin expectativas. Se habló entonces de reformas profundas de índole constitucional, de cauces más amplios de participación democrática de la ciudadanía, ampliación de los derechos sociales, salvaguarda de las libertades públicas y, en definitiva, una redefinición del régimen del 78 que estaba siendo sometido por los intereses de las élites a un exceso de déficits y retrocesos democráticos. Podemos se proclamó heredero metafísico e ideológico del 15-M y vinieron los éxitos electorales, la posibilidad del sorpasso al PSOE.

Los problemas comenzaron cuando el relato, que parecía estar muy claro bajo las lonas del 15-M y las tertulias de weekend, fue perdiendo músculo por un exceso de originalidad. Las débiles hipérboles retóricas (los de arriba y los de abajo por izquierda y derecha) hacían ilegible la carga ideológica ya en el plano institucional y esa misma ambigüedad no pudo atrincherarse ante la oleada de acusaciones de variado linaje que la organización morada empezó a recibir de todos los frentes: partidos dinásticos, poderes fácticos, cloacas del Estado, atemorizados por una posible victoria electoral de un partido no sujeto al pacto de la transición. La estrategia fáctica de aislamiento fue dando sus frutos puesto que los dirigentes de Podemos en su afán de diferenciación optaron por la premisa que no los diferenciaba del resto de partidos dinásticos: que para llegar a los limitados espacios de poder político, que no poder real, del régimen existían círculos de tiza caucasianos que no se podían traspasar o al menos hacerlo impunemente y que el no hacerlo contradecía el espíritu y la voluntad nacida el 15-M.

Fue entonces cuando los líderes de Podemos se dieron cuenta de que no se podía llegar al cielo en ascensor; de que las hechuras ortopédicas del sistema, una vez en su engranaje, era el que les estaba cambiando a ellos y que, además, no se podía desoír aquella advertencia que le daba Largo Caballero a la izquierda cuando afirmaba que a las masas no se les podía decir al llegar al gobierno: “ya veremos qué podemos hacer.” Y quedó el poder, poco o mucho, como objeto del deseo y los líderes se fueron apartando los unos de los otros sin que hubiera ideología clara que implementar cotidianamente, ni un maná que repartir ni un Canaán por conquistar.

Pedro Sánchez, en contra del sector peronista de su partido (Borges solía decir de los peronistas que no eran ni buenos ni malos, sino incorregibles) aprovechó legítimamente la mayoría parlamentaria que configuraba un bloque rupturista con el sistema, para formar el primer gobierno de coalición de la monarquía posfranquistas con Pablo Iglesias en una vicepresidencia.

Sostiene Pereira que el régimen de la transición continúa en su decadencia cada vez más aguda en todos los ámbitos posibles: político, social, institucional y ético. Las grandes transformaciones quedaron en suspenso, las pequeñas, como mal menor, tienen la grave oposición guerra civilista de una derecha cada vez más radicalizada. Pablo Iglesias se va al mundo de la comunicación. Sostiene Pereira que hay que levantar los adoquines para encontrar la playa.

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