domingo 27/9/20

En el 60 aniversario de la publicación de 'Producción de mercancías por medio de mercancías'

En el 60 aniversario de la publicación de 'Producción de mercancías por medio de mercancías'

En 1960 se publicaba el libro de Piero Sraffa Producción de mercancías por medio de mercancías. Fue un libro revolucionario pero sin revolución. Un libro relegado a la biblioteca de libros curiosos en las propias facultades de Economía, mencionado a veces por quienes querían combatir las ideas esrafianas pero desde la más pura ignorancia neoliberal. Unos 25 años antes se había publicado la General Theory… de Keynes y otros textos de Kalecki y, acabada la II Guerra Mundial, Leontief traía desde la URSS el análisis Input-Output. Keynes, Kalecki, Leontief, Sraffa, Robinson y otros economistas de menor empaque o reconocimiento cambiaron el análisis económico [1] imperante hasta el primer tercio del siglo XX. Este –el análisis, los fundamentos– podía concretarse, resumirse y explicitarse en el libro de Alfred Marshall Principios de Economía –los Principios– que eran la Biblia de la Economía en aquel entonces. Los Principios eran lo que ahora es la Microeconomía que se estudia en las facultades que, básicamente, es la teorización o modelización del estudio de la producción y consumo de bienes y servicios a través de los diversos tipos de mercado [2] en los que se mueven las empresas. Si lo comparamos todo con la Física, diríamos que la obra de Keynes y Kalecki se correspondería con la teoría de la relatividad como generalización de la física clásica y la obra de Sraffa lo sería con la mecánica cuántica. Pero imaginemos cómo serían los conocimientos de la Física, el estudio de la materia, de la termodinámica, de la radiación, incluso de aspectos de la Astrofísica (agujeros negros) si se hubieran relegado los descubrimientos y teorizaciones que llevaron a cabo Plank, Schrödinger, Bohr, Heisenberg, Dirac, Fermi, De Bröglie, etc. sobre la mecánica cuántica: se podría aprobar las asignaturas de Física casi solo con las obras de Newton, Huygens, Maxwell, Boltzmann y poco más. Pues esta es la situación de los estudios de Economía en las facultades y escuela de negocios ¡actualmente! cuando se toma como fundamentos de la Economía la Microeconomía. Ahí se dice que los precios se forman de acuerdo con el coste marginal, que los salarios se pagan de acuerdo con el raff3valor de la productividad marginal del trabajo y que consumimos de acuerdo con la utilidad marginal de la última unidad consumida de cada bien o servicio. Los estudios de microeconomía se corresponden en Física con la astrología de antaño, el floristo para la combustión, los epiciclos para los movimientos de los astros o el misterioso éter que, cual bálsamo de Fierabrás, solucionaba todos los misterios. Pues bien, la revolucionaria obra de Piero Sraffa sigue relegada, ocultada, solo mencionada a veces, como para dejar constancia de que algo más que mero marginalismo sabe el recién titulado, el aspirante a un puesto en la Administración de la rama económica o el que ocupa un cargo institucional para no demostrar que solo ¿sabe? de mercados, contabilidad y citas de Hayek [3] o Friedman de libros que no ha leído.

¿Pero qué es lo que hace la obra de Sraffa tan peligrosa y que sea tan relegada, omitida y criticada sin siquiera haberla estudiado como hacen los encantados por la llamada escuela austríaca? A diferencia de Marx, Sraffa no llama a la revolución del proletariado, ni proclama asaltos a las bastillas o a palacios de invierno. Sraffa era, además, un hombre tranquilo, introvertido, un sabio, un ratón de biblioteca, pero que supo conectar con los problemas de la realidad tanto o más que el mismo Keynes, un bon vivant, un inglés que estuvo en todas las peleas institucionales e internacionales donde su querida United Kingdom se jugaba su futuro. Sraffa, desde la tranquilidad de su inmensa biblioteca particular que donó a su universidad de acogida que fue Cambridge, leyó, estudió y trabajó miles de libros, y no solo de economía. Su trabajo crítico sobre David Ricardo [4] –otro de los pocos genios que ha dado los estudios económicos– es un monumento, un ejemplo de estudio concienzudo de décadas. Los artículos de Sraffa de 1925 y 1926 rompieron con la plácida quietud marshalliana de la competencia y la teorización sobre los costes que el autor de los Principios había regalado a las ideologías conservadoras para llevar al olimpo de la teoría las supuestas bondades del solo mercado y la inacción gubernamental [5]. Tal es así que, tras los viernes y sábados negros del año 29 del siglo pasado, los economistas asesores [6] del presidente de USA, Franklin Delano Roosevelt, le aconsejaban que nada hiciera, que el mercado por sí solo lo arreglaría todo. ¡Cómo resuenan ahora esos neoliberales consejos que ahora también aconsejan lo mismo a los gobiernos cuando dos crisis económicas casi sin solución de continuidad se han casi superpuesto! Menos mal que el presidente de USA de entonces, con dudas, vacilaciones y retrocesos, no les hizo caso a sus áulicos consejeros. Y es lo mismo que ahora aconsejan algunos neoliberales –salvando la distancia intelectual a favor de los de entonces– de que no haya déficits, que no se aumenten los impuestos y que se contenga la posible subida de la deuda pública, a pesar de que son los propios empresarios los que han tirado al fango de la realidad su careta neoliberal, la han pisoteado y piden al Estado –a nuestros impuestos– que les socorra con menos impuestos, más moratorias fiscales y en las cotizaciones, más ayudas a los autónomos, etc. En definitiva, intervencionismo a lo bestia y keynesianismo a la ciega, prometiendo que espiarán sus pecados anti-neoliberales peregrinando a Santiago –ya lo han hecho a la Moncloa– cuando el covid19 lo permita.

Es una vergüenza intelectual, un error y un despilfarro de la enseñanza que aún se explique una asignatura como es la Microeconomía y se pueda obtener el título de grado e, incluso, algún máster o doctorado, sin estudiar al menos la obra de uno de los más geniales e importantes economistas de todos los tiempos

Volviendo a la obra capital de Sraffa, comenzó a gestionarse esta en los años 30 del siglo pasado y se publicó –como queda dicho– en 1960. En España se tradujo por el magnifico economista Luís Ángel Rojo Duque en 1975. Desde entonces no se ha vuelto a reeditar. Veamos qué nos dice y en qué se diferencia de la actual ortodoxia económica, heredera en sus fundamentos aún del ya mencionado Alfred Marshall.

En primer lugar Sraffa estudia la economía como un todo, pero de forma desagregada. Ahora esto les resulta familiar a los estudiantes de economía por el análisis de Leontief y las tablas aludidas Input-Ouput, pero en la fecha que comenzó a elucubrar Sraffa su obra aún nada se sabía de ese ruso emigrado a USA. Claro, ya en 1960, tanto tablas como autor eran estudiadas y llevadas al mundo real en USA y en otros países de Europa como fueron Italia, Francia, España, etc. Tanto Leontief como Sraffa lo que nos dice es que la economía debe estudiarse como un todo a la vez que se parte de la desagregación por sectores (Leontief) o por procesos (Sraffa). Las tablas son cuadros de doble entrada –filas y columnas–, donde cada celda del cuadro recoge qué se produce o se consume y de qué sector (Leontief) o cuál es el procedimiento (Sraffa) del que procede el consumo o se materializa la producción de los bienes y servicios. A diferencia tanto de la microeconomía de origen –o al menos de la concreción marshalliana, que estudia un bien o servicio, una empresa o un mercado– como la macroeconomía de origen keynesiana y kaleckiana [7], los análisis tanto del ruso como del italiano permiten saber de forma desagregada sectores y procesos de procedencia de estos bienes. La macroeconomía de origen keynesiana –no existe otra, que lo sepan en las escuela de negocios– estudia la economía con agregados que dan origen a macromagnitudes como son el Consumo, la Inversión, Las Exportaciones, la Importaciones, etc., con el inconveniente de que estos agregados siempre lo son en términos monetarios por aquello de que no se pueden sumar peras con manzanas. Es un avance notable respecto a la visión clásica anglosajona que viene de Smith, Malthus, Mill, Ricardo, Marshall, etc., que nunca estudiaban –salvo A. Smith– la economía como un todo. Y el caso que sí hay un precedente claro de Sraffa y de Leontief en la fisiocracia, con F. Quesnay (1694-1774) como autor más destacado o –desde el lado marginalista– en la obra de León Walras (1834-1910).

En segundo lugar Sraffa considera que los precios se forman añadiendo un margen –cuando se puede– a los costes, que es lo que hacen todos los responsables de poner precio a los bienes y/o servicios en todas las empresas, sean grandes, medianas o pequeñas. Eso no significa que sean libres de añadir cualquier margen porque eso va a depender mucho de la competencia con que se topen; también del acierto en la medición y evaluación de sus límites y, por último y a veces, de la suerte. Por ejemplo, el responsable o empresario de un restaurante que da unas decenas de menús al día sabe que no puede poner un precio demasiado alto porque la demanda se le caerá si hay competencia y no cubrirá costes; de la misma manera tampoco podrá trabajar con márgenes negativos por mor de unos precios bajos presionado por la competencia porque entonces tampoco cubrirá costes. Es verdad que la simplificación que llevó a Sraffa con su modelo no le permitió pasar de tasas unitarias –una sola– de salarios y ganancias, pero eso es fácilmente generalizable sin menoscabo de la capacidad explicativa de su modelo.

Pues bien, algo tan elemental, tan de sentido común, tan cercano a la realidad, es sustituido por teoría de los costes marginales que están tan alejadas de la realidad como los epiciclos cuando explicaban el movimiento de los astros o cómo la Biblia explica cómo se creó el mundo. Los marginalistas –los neoliberales de ahora– nos dicen que los precios se forman de acuerdo con los ¡costes marginales de cada bien o servicio que se venda o se presta! Es verdad que, bajo ciertos supuestos y con matemáticas elementales –apenas se exigen derivadas y conceptos sobre maximización o minimización–, se puede demostrar que esos precios, así obtenidos, serían los óptimos [8]. El problema es que en el mundo real la inmensa mayoría de los empresarios no saben conceptualmente qué es un coste marginal y los pocos que lo saben conceptualmente no sabrían cómo obtenerlos en la práctica. Una entelequia, un disparate, obra de gente que vive en su torre de marfil, pero que se les ha pagado y se les paga para justificar que una economía que obrara así en todos los mercados, con competencia perfecta en todos ellos, daría lugar al mejor de los mundos posibles, al Pangloss volteriano de la economía. Afortunadamente en el primer tercio del siglo XX surgieron –incluso entre las filas neoclásicas– gente como Robinson y Chamberlain que no creían en esa competencia perfecta y sí en competencia monopolística o imperfecta, o como las del propio Sraffa con sus artículos de 1925 y 1926 mencionados; también los que desarrollaron modelos de competencia perfecta (Walras, Debreu, Arrow y Hahn, etc.), modelos tales que, irónicamente, tenían que reunir en su comportamiento de demandantes y oferentes tales bondades que dejaban en ridículo a los defensores del solo mercado [9]. Los óptimos a nivel global eran sueños de una noche de verano con una visita guiada de la mano de Alicia a su país de las maravillas.

Tercero, para Sraffa el capital es trabajo fechado. La concepción neoclásica y actualmente dominante considera que capital –medios de producción– no solo son cosas distintas del trabajo directo –lo cual es evidente–, sino que son un medio de producción que puede distinguirse del trabajo, que tiene su propia productividad independiente del trabajo –lo cual es falso–, que debe tener su propia retribución –lo cual es discutible– para conseguir una asignación óptima entre ambos recursos y, por último, que tiene su propia productividad marginal distinta e independiente del trabajo [10], lo cual es aún más falso además de ridículo. Es una visión ideológicamente muy conveniente porque permite justificar las posible rentas del capital ¡independientemente del trabajo y de las del trabajo! Pero Sraffa nos dice, con toda la razón, que los medios que las empresas utilizan –instalaciones, utensilios, inputs, instrumentos– para la producción han sido fabricadas anteriormente con otros medios –o con análogos medios– y así podemos trasladar hacia atrás en el tiempo la acción de los trabajadores, de tal manera que el capital es trabajo [11] correspondientes a diversos períodos y momentos anteriores. Pensemos que, ni siquiera en el momento presente, ni los ordenadores ni los robots son capaces de actuar ni de decidir por su cuenta si no se les ha programado previamente para tal fin [12]. Lo cual no significa que lo que se entiende en el lenguaje neoclásico por capital no tenga su propia retribución, pero esta solo estaría justificada como amortización y como nueva inversión [13]. Y no confundir este capital en términos físicos con el capital llamado financiero, que exige otro tratamiento y que forma parte de la relación entre ahorro e inversión. De esta parte Sraffa no dice nada relevante.

raff1Por supuesto que Sraffa trata de otros temas como son la producción conjunta, el capital fijo, la mercancía-patrón, el cambio tecnológico, etc., pero lo que hace relevante, original y revolucionaria en la teoría su obra –como diría Althusser– son las tres cosas anteriores: el análisis desagregado entre procesos y tipo de bienes y servicios producidos, la formación de los precios como un margen sobre los costes y el capital como trabajo fechado. De la obra de Sraffa, además, se puede deducir una o varias teorías del comercio, una explicación de la inflación distinta de las habituales como son la cuantitativa o la derivada de la demanda de dinero keynesiana o, también, una explicación de la creación del excedente basada en la productividad global del sistema y no de empresa por empresa, cosa que hacen los modelos neoliberales las pocas veces que estos se explicitan; nos explica también, siguiendo con la anterior, que el excedente es o debiera ser el objeto de estudio de la economía porque de aquél se deriva el bienestar de los pueblos. Un punto negativo por omisión en su obra es que no explica cómo sería el reparto de este excedente. Y aquí puede entrar en juego como complemento la obra de Marx y su teoría de la explotación y de la plusvalía: Sraffa y Marx no son antagónicos como algunos han pretendido, sino complementarios, aunque a partir de estructuras conceptuales absolutamente distintas.

Es una vergüenza intelectual, un error y un despilfarro de la enseñanza que aún se explique una asignatura –o la parte correspondiente de la distribución o asignación de recursos– como es la Microeconomía y se pueda obtener el título de grado e, incluso, algún máster o doctorado, sin estudiar al menos la obra de uno de los más geniales e importantes economistas de todos los tiempos. Es como si en las ciencias se explicaran en las facultades correspondientes la teoría del creacionismo en lugar de la darwiniana –actualizada por el conocimiento del adn y el genoma– teoría de la evolución de las especies, la explicación de la combustión mediante la existencia de un componente en la materia como el flogisto, la astrología por la astrofísica o que no se tuviera en cuenta el subconsciente en el análisis del comportamiento humano. En definitiva como si Copérnico, Galileo, Newton, Lavoisier, Faraday, Maxwell, Freud, Bohr o Einstein no hubieran existido. También la ideología neoliberal ha intentado enterrar a Keynes desde mediados de los años 70 del siglo pasado, pero la crisis iniciada en el 2008 y la derivada de la actual pandemia del 2020 le han traído de su tumba los mismos que creían haber construido una indeleble mansión bajo tierra para su obra. Keynes está de vuelta, pero Sraffa aún sigue varado en el tiempo, un non-nato intelectual para vergüenza del mundo académico oficial y privado, tanto en España como fuera de ella [14].


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[1] La mayoría desde el Cambridge inglés donde estaban enseñando la mayoría de estos autores.
[2] Básicamente contempla Marshall la competencia y el monopolio. Luego de otros autores vendrían la competencia imperfecta, la monopolística, nuevos enfoques como la teoría de los juegos, el equilibrio general (Walras), etc. Marshall se movió siempre en el equilibrio parcial y con la cláusula caeteris paribus.
[3] Friedrich Hayek (1899-1992) no ha aportado nada a la historia del análisis económico a pesar de su libro más conocido Camino de Servidumbre. Milton Friedman (1912-2006) sí tiene aportaciones relevantes en el tema monetario y en la teoría del consumo.
[4] The Works and Correspondence of David Ricardo.
[5] Incluso sin querer, porque, leyendo los Principios, no se puede concluir que Marshall no diera importancia a lo público tal como lo entendemos ahora. Es un caso más de caja de Pandora que otros abren y eligen lo que les gusta.
[6] Uno de estos asesores fue el afamado Schumpeter por su monumental libro Historia del Análisis Económico y otras obras.
[7] Estoy siendo indulgente con las facultades de Economía porque tampoco se enseña a Kalecki apenas, cuando fue el polaco uno de los que más hizo por el avance de la macroeconomía al explicitar en su obras con matemáticas sus ideas. Puede considerarse a Kalecki como uno de los padres de la econometría.
[8] Para ser rigurosos, lo que se obtiene es el nivel de producción óptimo dado unas supuestas curvas de costes a conveniencia y unos supuestos e hipotéticos ingresos marginales a partir de curvas de demanda también adecuadas.
[9] Lo que se llamó en su día fallos del mercado pero que, hoy día, ya podemos entender no como excepción sino como características del mercado.
[10] Sin esa productividad independiente del trabajo no podría buscarse una relación independiente entre trabajo y capital. Matemáticamente significaría que no podemos obtener la productividad del trabajo y del capital por separado porque hay una relación entre las dos variables –trabajo y capital– causantes de la producción de tal manera que su derivada cruzada no es cero.
[11] Marx diría que es trabajo cosificado.
[12] ¡Y mejor que no lo hagan nunca!
[13] Lo cual no quita para que el Ahorro deba tener su propia retribución, pero como algo distinto de su posible conversión en capital físico: el camino que va del uno al otro es largo, tortuoso e impredecible porque lo deciden diferentes sujetos económicos –ahorradores por un lado e inversionistas en capital físico por otro– con intereses y motivaciones diferentes.
[14] Italia es una excepción por ser Sraffa italiano y también hay que decir que en otros países como en Austria, Francia, Canadá, Argentina, etc. hay grupos de estudio El autor de este artículo pudo comprobar la orfandad intelectual de España sobre Sraffa cuando hace una década me encargó la UCM la dirección y publicación de un monográfico sobre el italiano para la revista Nómadas. Y la cosa no parece que haya cambiado. Son estas cosas las que nos hacen un país más atrasado y no si se produce más de esto o de lo otro una vez que estamos en el club de los países ricos aunque no punteros.

En el 60 aniversario de la publicación de 'Producción de mercancías por medio de...
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