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jueves 19/5/22

La crisis del PP es de proyecto, no de caras. Por eso el congreso de Sevilla deja insatisfechos a sus votantes. El llamado “reinicio” de Feijoo se puede describir con ese lapsus que su portavoz parlamentaria pronunció en el último debate del Congreso: “un giro de 360 grados”. Es decir, un giro completo para continuar en la misma dirección y en el mismo sentido.

La defenestración traumática de Pablo Casado y Teodoro García Egea supone la mejor constatación del fracaso sin paliativos en la deriva popular de los últimos años. Parece lógico entender que no hubieran echado a su líder de esta manera si hubieran entendido su gestión como exitosa.

Sin embargo, ni el congreso sevillano ni los primeros pasos del nuevo presidente del PP indican intención alguna de rectificar aquella trayectoria, que tanto decepcionó a propios y ajenos, precisamente en un periodo clave de la reciente historia de España. Pero este giro para no cambiar nada es una mala noticia, y no solo para la derecha española, sino para el país en su conjunto. Porque atravesamos una etapa de grandes desafíos, que requieren del esfuerzo leal de todos nuestros activos, los del gobierno y también los de la oposición.

La derecha española ha decidido mantener el rumbo equivocado en cinco grandes aspectos, al menos.

Primero, la oposición destructiva. Es una constante en el PP, con Fraga, con Aznar, con Rajoy, con Casado, y también con Feijoo, a juzgar por los discursos de Sevilla y por su propia conducta desde que lidera de facto el partido conservador.

La oposición del PP no critica al gobierno progresista, sino que trata de deslegitimarlo. No actúa para evidenciar sus errores. Actúa para demostrar que nunca merecieron gobernar, pese a los votos.

La derecha no se opone a las decisiones del gobierno progresista. La derecha ataca al gobierno para tumbarlo, desde el minuto uno, decida lo que decida, y mediante cualquier vía, las vías lícitas y las otras también.

El PP nunca distingue entre medidas positivas o negativas por parte del gobierno progresista. Si son medidas del gobierno progresista, todas son negativas, en su conjunto y en cada una de sus partes, las adoptadas por cada ministro y las decididas por el consejo en pleno.

Nadie puede recordar una propuesta alternativa por parte del PP, porque no existen. El último ejemplo: el gobierno se reunió con todos los grupos parlamentarios para recibir sus propuestas de cara al Plan de Respuesta a la Guerra. Todos hicieron aportaciones, menos el PP. Y ya mandaba Feijóo.

Desde el minuto siguiente al de la pérdida del poder les puede la ansiedad por volver a recuperarlo, cuanto antes y como sea. Y esa ansiedad les lleva a renunciar al papel de oposición responsable y constructiva. Un papel que España necesita, especialmente hoy.

Segundo, la corrupción. Un mal endémico que aqueja a la derecha española, mande quien mande. Y no es buen augurio de este “reinicio” la decisión de Feijóo de tapar las denuncias de su antecesor y respaldar a Díaz Ayuso, tras descubrirse las comisiones cobradas por su hermano en la compra pública de mascarillas.

Tercero, los acuerdos con la extrema derecha. El nuevo presidente del PP tenido una oportunidad formidable en estos días para demostrar su intención de iniciar un nuevo tiempo de “centralidad” y “moderación” en su partido. Hubiera bastado con desautorizar a Mañueco en la coalición del gobierno castellano-leonés con la extrema derecha.

No lo ha hecho. Por el contrario, ha situado en su equipo más directo a un estrecho colaborador de Moreno Bonilla, el presidente andaluz que gobierna también apoyado por los ultras.

La extrema derecha niega los consensos básicos que han fundamentado la democracia española desde 1978, desde la legitimidad de las urnas hasta la igualdad entre hombres y mujeres, pasando por la apuesta europea y la ruptura con el franquismo.

Los ultras son un peligro para la convivencia democrática y en paz. Lo saben bien los populares europeos, por eso han dado la espalda a Feijóo en su congreso sevillano.

Cuarto, la falta de un proyecto de país. Feijóo, como Casado, solo tiene un punto en su programa: echar a Sánchez. No hay un programa coherente en su discurso, que ofrezca respuesta alternativas a los problemas y a los retos de España en este momento crítico.

Cuando se les interroga sobre economía, se limitan a proclamar las bajadas de impuestos que jamás practican cuando gobiernan.

Si se les pregunta por la política territorial, tan solo arremeten contra el separatismo catalán o vasco, ese mismo que tanto alimentaron con sus errores desde el gobierno.

Si se les habla de política exterior, en relación a Marruecos, por ejemplo, son capaces de ponerse de perfil hasta el ridículo, con tal de no apoyar al gobierno en su defensa del interés general.

Cinco, Ayuso. Si alguien en Génova piensa que echando a Casado han colmado las ambiciones de Ayuso, se van a llevar la sorpresa de sus vidas. La lideresa madrileña ha logrado tumbar a Casado, e intentará tumbar a Feijóo. Porque Madrid siempre fue tan solo un peldaño en la ambición desmedida de esta señora.

Y Ayuso sabe que el discurso populista que practica es de vuelo corto. O aprovecha pronto el tirón de su verborrea desatada o, en poco tiempo, la verborrea ya no logrará tapar lo insulso de su mensaje y lo lamentable de su gestión.

Tiene prisa, por tanto. Y desde el primer momento molestará, contraprogramará, interferirá y sacará de quicio a cualquiera que pretenda una estrategia mínimamente seria desde la dirección nacional del PP. Habrá otro ayusazo en poco tiempo. Ya veremos quién sobrevive la próxima vez.

Además, recuperar a los ex dirigentes y ex ministros de las etapas de gobierno de Aznar y Rajoy, más que un “reinicio” supone una “reposición”, de la peor película, además.

Por ahora, el “reinicio” de Feijóo solo significa eso, un giro completo para llegar al mismo lugar. Y no es un buen lugar.

360 grados: El giro inútil del PP