La cruz y la corona

Martín Villa, condecorado por el Congreso, no ha respondido ante la Justicia por los sucesos de Vitoria del 3 de marzo de 1976, donde fueron asesinados cinco obreros y hubo más de 150 heridos

Hace unos días, cuando en la conmemoración del 40 cumpleaños de las elecciones de 1977, Felipe VI hizo un discurso sobre la Democracia y la Transición española, el rey concedió una medalla a Rodolfo Martín Villa para reconocer su contribución a la Transición española. Cuando escuché la noticia, sentí que se estaba representando una grotesca deformación de la Democracia, una burla de tan noble concepto. Yo me sentí ofendida y creo que, como yo, muchas personas también se sintieron agraviadas.

Martín Villa no ha respondido ante la Justicia por los sucesos de Vitoria del 3 de marzo de 1976, donde fueron asesinados cinco obreros y hubo más de 150 heridos. Nadie, absolutamente nadie, asumió responsabilidades por aquella matanza, siendo él Ministro de Gobernación. Es más, Martín Villa continuó su carrera como Ministro del Interior durante varias legislaturas y más tarde fue recompensado con la presidencia de Endesa y de Sogecable. Por otro lado, sobre él pesa la orden de detención y extradición por "crímenes de lesa humanidad", que la magistrada María Servini solicitó desde Argentina. Pues sí; Martín Villa recogió su medalla mientras las víctimas de la masacre de Vitoria y de cuarenta años de dictadura siguen esperando verdad, justicia y reparación.

Podemos decir que en España vivimos una situación kafkiana.

cruz coronaUno de los libros de Gonzalo Puente Ojea, destacado diplomático, ex embajador de España en la Santa Sede (1985/87) y escritor, lleva por título, La cruz y la corona: las dos hipotecas de la historia de España. Un libro que es necesario sacarlo a colación con frecuencia, ya que muestra con claridad la anómala situación democrática que se vive  en España, sin que la indignación aflore con la fuerza necesaria para salir de dicha anomalía. 

En su calidad de encargado de negocios de la Embajada de España en Atenas, durante los años 60, Puente Ojea nos cuenta que allí tuvo la oportunidad de conversar, sin testigos, con el entonces príncipe Juan Carlos y pudo comprobar la admiración que sentía por Franco. Por otro lado, el futuro rey mostraba gran indiferencia por mundo de la cultura y por los graves problemas derivados de las consecuencias del levantamiento militar, de 1936, y de la crueldad de la dictadura franquista.

Cuando políticos, empresarios, periodistas y demás corifeos, demócratas de nuevo cuño, se dedican a la exaltación de la monarquía, la lectura del libro de Gonzalo Puente Ojea se hace necesaria para quienes pretendan comprender las razones de la sinrazón que padecemos en España. El libro, La cruz y la corona, arranca con un análisis sociológico sobre el Jesús histórico, en contrapunto con el Cristo inventado ”por un visionario desquiciado –el paulino– y que jamás existió. Uno humano y verosímil, el otro divino, que jamás existió, porque no puede existir un ente absoluto, inmaterial, espiritual, infinito e indeterminado”.Tanto el Mesías judío –incluida su actualización por Jesús– como el Cristo que adoraba Pablo y las comunidades cristiano-gentiles, y las iglesias cristianas de hoy, son «mitos», es decir, pertenecen epistemológicamente al género mythos –relatos ficticios o sin referencias reales”. (Pág 56, editoral Txalaparta, abril de 2011)

En el texto, Puente Ojea realiza un repaso histórico de los mitos cristianos y del paganismo romano, de la paulatina implantación del Cristianismo, una vez muerto el que consideraron el Mesias que venía a redimir a una sociedad esclavizada por el Impero Romano. Tal fuerza tomó su mensaje que para los gobernantes llegó a constituir un peligro; tanto fue así, que el emperador Constantino I asumió el Cristianismo como religión de Estado, (Concilio de Nicea del año 325). A partir de ahí la ideología monárquica, en maridaje con la religión, se implanta en la tradición histórica de Occidente: el sometimiento se realizó castigando las herejías contra la nueva religión del Estado con torturas y muertes. Las monarquías católicas de Europa conformaron un poder ideológico, político y económico de gran magnitud que solo el Protestantismo consiguió romper.

Con sólidos argumentos, el autor aborda las dos principales causas del obscurantismo político que España ha sufrido, que no ha sido otro que el maridaje histórico entre poder político y poder religioso. En cuanto a la historia más reciente, afirma que tanto la Monarquía hereditaria como los Acuerdos con la “Sede Apostólica”, sancionados en enero de 1979, consagraron el régimen especial de privilegios que durante siglos ha mantenido la Iglesia Católica en España. La persistencia de dichos privilegios violan el propio texto constitucional, que habla de la igualdad de los españoles ante la ley: “sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

El libro de Puente Ojea afirma, sin ambages, que tanto la monarquía como las jerarquías de la Iglesia Católica encarnan la negación de la Democracia, ya que la situación que se ha instalado en España, de forma vergonzante, difiere mucho de tan noble concepto.
Así mismo, La cruz y la corona muestra cómo ha sido incubada en España la actual situación política, haciendo hincapié en las traiciones que los líderes políticos de la oposición han asestado a los principios que aseguraban defender. El texto es una lúcida contribución a la comprensión de la reciente historia socio-política española. La transición a la democracia, proceso extrapolable valorativo a otros procesos históricos de legitimación, pero que en el actual momento histórico de España se ha tornado en una anomalía, ya que arrastra toda la ideología de carácter nacional-católico anterior, por tanto de corrupción y privilegios de la Iglesia Católica. Puente Ojea argumenta cómo el Estado franquista se enquistó en el nuevo proceso, causando con ello un claro fraude político, ya que no hubo proceso constituyente, a diferencia de las dos Constituciones republicanas españolas. El autor considera que se malogró un futuro de potencialidades, debido al “pacto de silencio” que se impuso, cuyo principal baluarte fue el proceso de desmemoria al que ha sido sometida la población, inducida por el miedo.

Para Puente Ojea, lo que se ha bautizado como consenso no puede legitimarse a sí mismo con dicha premisa, ya que la nueva situación debió nacer de un proceso de discusión política, en las filas de la oposición, especialmente entre las bases de las formaciones políticas de la oposición al franquismo, y de cara al pueblo. Esto jamás existió  después de la muerte de Franco, ni hubo voluntad de los dirigentes políticos de exigir un gobierno provisional que convocase unas elecciones a Cortes Constituyentes. Puente Ojea realiza un lúcido análisis para denunciar la gran estafa política urdida en los dos años posteriores a la muerte del dictador que son claves para entender todo lo que ocurriría después. La corrupción en casi todos los estamentos de las administraciones públicas y la impunidad de la que gozan, solo puede entenderse debido a la continuidad de las jerarquías del régimen franquista durante los años posteriores a la muerte del dictador, acunándose y tapándose unas a otras.

La estafa consiguió la legitimación de la monarquía, y el confesionalismo encubierto del Estado en la calculada ambigüedad del artículo 16.3 de la Constitución, al que califica de “infamia política y de aberración jurídica” y el otro soporte que ha dado cobertura a dicha situación ha sido la renovación del bipartidismo decimonónico, con la ayuda de los nacionalismos. Gonzalo Puente Ojea acusa de derrotismo y personalismo a los líderes de la oposición española, que en momentos tan decisivos no tuvieron la valentía necesaria para torcer la voluntad del nacional-catolicismo. Y dicha cobardía alumbró la situación anómala que padecemos.

Frente a esta situación instaurada a partir de 1978, Gonzalo Puente Ojea opone la reivindicación de la legitimidad democrática. Sin duda, “la cuestión religiosa no era, a finales de los años veinte y siguientes, del siglo pasado una mera cuestión de creencias, sino una cuestión de poder. Por ello, la Iglesia Católica combatió denodadamente por todos los medios a su alcance, desde el lenguaje mismo hasta la política de partidos, con la única finalidad de la recristianización total, según su imaginario, y el mantenimiento de sus privilegios. “La Iglesia desafió a la Segunda República hasta acabar con ella”, y más tarde, después de morir el dictador se perpetua la ignominia con el pacto de silencio y la traición de los principios democráticos y republicanos.

Con la denuncia pública de su cese como Embajador del Estado español cerca de la Santa Sede (1987), Puente Ojea reabrió el debate público en España sobre la cuestión de la relación entre Estado y Religión. La denuncia del confesionalismo que contiene la Constitución de 1978 y la Libertad Religiosa de 1980 fueron objeto de reflexión continua en las conferencias y textos de Puente Ojea. Él expone la filosofía del laicismo partiendo de una ontología jurídica y social según la cual, la sociedad como tal no puede tener religión, pues sólo el individuo puede ser realmente sujeto de derechos, ya que la vivencia y el sentimiento religioso solo se genera en su conciencia.