Acudo a comprar el pan nuestro de cada día, aunque en ocasiones no lo adquiera a diario y sea de un día para otro. Guardando turno en la cola entretengo la mirada recorriéndola por la vitrina en la que se exhiben las «rosquillas del santo»; las de San Isidro, madrileño patrón.

Rótulos en cada bandeja las identifican: «Francesas, Santa Clara, Listas y Tontas». Todas ellas recubiertas por una capa rugosa, supongo que de azúcar glaseada, o como se diga, y de atractivos colores: blanco brillante, vainilla reluciente, amarillo soleado…bueno, todas no. «Las Tontas» están sin recubrir, desnuditas ellas, podría decirse; y su color, marrón desvaído, carente de luz propia.

Turno de pedir. Mi panadera favorita me alarga la barra de pan al tiempo que pregunta si quiero rosquillas: ̶ Una de cada, contesto. Mientras las va introduciendo en la bolsa, y con objeto de rellenar el silencio, suelto lo primero que se me ocurre, como en sillón psicoanalítico: ̶ Las tontas, al no tener capa externa deberían ser más baratas que las  demás, digo. Con una sonrisa encantadora responde mi panadera: « ̶  Cuestan igual porque pesan menos». ̶ Ahh, contesto. Y para aliviar mi sonrojo, añado: ̶ ¿Y a qué saben? « ̶ A nada, son simplonas».

Haciendo camino voy pensando: «No tienen capa externa, pesan menos, no saben a nada…pero cuestan igual que las listas» y me debato entre: « ¡serán tontas!» y « ¿serán tontas?». Al llegar a casa observo que he pellizcado el pan. Por ambos picos. A lo tonto, claro. ¡Ay, ese inconsciente!

(Pd.- Mi padre era uno de mis más fieles lectores. En ocasiones me decía: «Hijo, me gusta lo que escribes pero a veces no entiendo lo que quieres expresar». «Léelo tal cual y disfruta» le respondía yo, «y deja para psicólogos y psiquiatras lo del sacar las absurdas y divertidas interpretaciones de que son capaces». Pues eso).