Cuantificar el tiempo transcurrido desde el inicio de una ausencia eterna con las varas de medir usuales: horas, meses, años…resulta tan vano como la pretensión de vaciar el mar en los huecos que han ido hollando mis pies sobre la arena momentos antes de ponerme a escribir este recuerdo. La ausencia eterna es atemporal, de presencia viva.

Por toda referencia diré que la partida se produjo un mes de julio, tan del ayer como el de hoy. Dejé una reseña del hecho, como hito, de la que entresaco: «Hace escasas horas que ha muerto un buen hombre. Un hombre bueno. Mi padre. Con él tengo muchas conversaciones pospuestas, perdidas ya. Nos faltaron, en especial a mí, palabras que transmitieran los afectos que nos sentíamos. Intensos, muy intensos; adivinados pero embargados por la timidez de la expresión. Por el miedo escénico, incomprensible pero insuperable las más de las veces, a decir «te quiero», «te necesito» o, siendo niño y aún después, «siento miedo cuando no estás», o de que me faltes».

Desprendo la mirada del horizonte del mar, tan engañosamente infinito. Me esperan. Reanudo el camino canturreando una copla a lo Paco Ibáñez: « la vida perdió, pero harto consuelo nos dejó su memoria».

Unas salobres gotas, desprendidas del romper de una ola, resbalan por mi rostro y una cálida sonrisa ensancha mi respirar…