La televisión, principal instrumento de castración intelectual y humana

Decía Azaña que casi nadie lee, que la libertad no hace mejores a los hombres, sino simplemente hombres.

arma-de-manipulacion-masiva1Decía Don Manuel Azaña, el sabio político complutense que casi nadie lee, que la libertad no hace mejores a los hombres, sino simplemente hombres. Daba por hecho que sin libertad, sin libertades, el hombre no sería porque esa era una cualidad indisociable de su condición: El hombre que carece de libertad, Segismundo en su torre, no puede satisfacer las necesidades básicas de su espíritu ni materializar aquello que le distingue del resto de los animales de la tierra, la posibilidad de ser feliz junto al resto de sus congéneres, no individualmente sobre ellos, sino al mismo tiempo, desprendiéndose de la ambición de riquezas y de superioridad que da la lucha de la selva y que siempre, salvo unión de los menos robustos, da el poder y la gloria a quien más fuerza tiene o es más capaz de cometer actor brutales sobre sus semejantes. En una palabra, el hombre libre, una vez satisfechas sus necesidades elementales, bien informado y cultivado, encontraría la libertad no en los bienes que se pueden comprar, sino en su propio desarrollo personal y en la construcción de una comunidad ajena al acaparamiento y la codicia en la que fuese imposible ver a una persona sufrir y morir por causa de las riquezas acumuladas por otros.

Hoy, más que nunca, vivimos en la sociedad de la información, o mejor dicho, de la desinformación. Es verdad que los medios de comunicación ligados a internet han abierto vías nuevas que permiten a muchos recibir noticias, informaciones o conocimientos distintos a los que producen los medios de comunicación convencionales férreamente controlados por los gobiernos y por las corporaciones multinacionales. Sí, es cierto, pero no lo es menos que hasta la fecha la mayoría de las personas siguen recibiendo una información extremadamente sesgada propalada por las televisiones estatales y transnacionales, empeñadas unas y otras en colonizar las conciencias de los individuos para disponer de sociedades mansas, desprovistas de espíritu crítico y refractarias a cualquier esfuerzo colectivo que suponga abandonar el nicho de bienestar individual –cada vez más menguado para la inmensa mayoría-, en el que cree encontrar la felicidad mientras los años pasan sin dejar más huella que la de la terrible herencia que dejaremos a quienes vengan detrás.

En casi todos los países del planeta, da igual que sean democráticos o dictatoriales, son los gobiernos quienes dan licencias para que tal o cual empresa puedan montar una cadena de televisión. Pero, del mismo modo, y esto lo desconoce mucha gente, son también los gobiernos los únicos que pueden quitar la licencia concedida, en las dictaduras porque sí, en las democracias por la comisión de delitos o el incumplimiento de las condiciones bajo las cuales se otorgó la misma, siempre bajo tutela judicial. En España fue el gobierno socialista de Felipe González el que autorizó las dos primeras televisiones privadas personalizadas en Antena 3 y Tele 5. Ignoro qué virtudes vio aquel gobierno para entregar un elemento tan poderoso como la televisión a empresas y grupos de presión tan indiferentes al hecho democrático y a la difusión de la cultura, como inclinados políticamente hacia la ideología más rancia, paleta y reaccionaria. Sucedieron, o casi al mismo tiempo, las televisiones autonómicas, televisiones que han costado miles de millones a las arcas públicas y que sólo han servido para la propaganda indisimulada, amamantar millonariamente a los allegados y ejercer un control ideológico y de pensamiento incompatible con la libertad. Posteriormente, Zapatero, con el beneplácito de la derecha, permitió la concesión de dos nuevas licencias, una a Cuatro, del grupo PRISA, la otra a la Sexta, canal controlado por Roures y un grupo de accionistas muy diversificado. Las dos, por la mala gestión de sus directivos desaparecieron, pasando a formar parte la primera del grupo oligopolístico Mediaset, que todavía preside el gran demócrata Silvio Berlusconi; y la segunda al Grupo Planeta, controlado por la familia Lara, que como todo el mundo sabe no tienen más interés en esta vida que la formación íntegra de las personas y la difusión de los valores democráticos, siguiendo unos criterios de calidad en su programación tan estrictos y constitucionales, que le han llevado a demostrar que la reeducación y la reinserción social de los reclusos es perfectamente posible, sobre todo si el entrevistador se llama Pablo Motos y la entrevistada Isabel Pantoja, ex reclusa condenada por blanqueo de capitales a las que el Sr. Motos trató mucho mejor que si hubiese sido el mismísimo Gandhi redivivo.

El panorama se completó en 2010 con la Ley General de Comunicación Audiovisual, que permitió esa calamidad nacional llamada Televisión Digital Terrestre y la apertura del mercado a todos los operadores basura del mundo mundial. Desde entonces, cientos de canales se meten en nuestros hogares con películas ideadas para crear enanos mentales, con concursos tediosos y carentes de imaginación, con culebrones interminables que impiden respirar, con cotilleos inverosímiles que producen náuseas, con publicidad interminable y repetitiva, con informativos sesgados y embusteros que dejan la dignísima profesión de periodista a la altura del betún. Por si fuera poco, la llegada de Mariano Rajoy al poder trajo consigo la reconquista por la derecha cavernícola de la televisión pública estatal, más conocida por el Ente, llegando en su propósito por dejar los cerebros a cero a dar un programa a un Sr. que se llama Cárdenas y que es absolutamente insufrible, a mezclar en el cine de la dos películas fascistas como Raza con algunas de las mejores de nuestra cinematografía o a montar unos noticiarios directamente inspirados en el NODO y el Parte.

No hace falta ser Sociólogo de la comunicación ni Comunicólogo para saber por qué en España ocurre lo que ocurre. En España no existe la libertad de expresión y, por lo tanto, tampoco la de pensamiento, los medios de comunicación de masas están en manos del Gobierno central y de los autonómicos, de las grandes empresas estatales y multinacionales, es decir, de personas y corporaciones que entienden que la única libertad respetable es la de consumo para aquellos que puedan consumir. Sin haber llegado a construir un sistema democrático avanzado por el origen del actual y por su corta edad, hemos llegado a otro en el que el pensamiento único derechista y neoconservador domina la inmensa mayoría de los medios que forman las conciencias de los ciudadanos que mañana tendrá que depositar su voto para elegir al gobierno. Sin medios de comunicación libres y opuestos, la democracia es papel mojado, pero un papel mojado que nos impregna y nos aprisiona al impedir que seamos verdaderamente libres, libres en el sentido que expresaba Don Manuel Azaña Díaz, es decir que seamos hombres, ciudadanos, personas, seres humanos con todos los atributos inherentes a la especie.