El inmenso precio del terror gratuito

Foto: Público
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Un mundo de locos, un mundo de miserables, de verdugos insaciables. Ese es el carísimo precio del terror gratuito

Hoy nos hemos vuelto a despertar con la tristísima noticia de Manchester, donde unos seres irracionales han asesinado sin conocerlas ni saber nada de ellas a varias decenas de personas que comenzaban a vivir. La mente del que quiere implantar el terror desde el Estado o desde una banda cualquiera es así, se trata de implantar en un tiempo y una sociedad determinada la sensación de que todos estamos en peligro, cosa a la que contribuyen sobremanera los medios de comunicación en su afán por incidir un día y otro en noticias sangrientas que afecten a nuestro entorno, bien por línea editorial, bien porque también algunos de ellos practican otra forma de terror: El terror informativo. Las dos claves fundamentales del terrorismo son, una, causar daño al mayor número de personas independientemente de su papel en el mundo y, sobre todo, que ese acto sea protagonista durante días de las portadas de noticiarios y periódicos. Sin ese altavoz, el terrorismo tendría muy poco sentido para quienes lo perpetran.

Vine a la vida política cuando ETA mató a Carrero Blanco, en diciembre de 1973. Tenía pocos años, pero entonces ya me interesaba lo que pasaba en mi país, un país que vivía los estertores inconclusa de una dictadura salvaje. No vi mal la desaparición de Carrero Blanco, es más ese día, vísperas de Navidad, se celebraba un partido de fútbol entre el equipo de mi pueblo y el Real Murcia, entonces muy potente. La autoridad dispuso la suspensión del encuentro, pero los asistentes nos negamos y al final, después de muchas broncas, conversaciones y griteríos, el partido se celebró. Fue un buen día. Por entonces ETA mataba selectivamente, a personas especialmente vinculadas con el brutal régimen del que todavía hoy queda mucho por barrer. Para un pacifista como yo, la sangre ajena nunca está justificada y aunque viese con buenos ojos la desaparición de personajes siniestros como Melitón Manzanas o Carrero Blanco, ya por entonces uno era totalmente contrario a la pena de muerte. Con la celebración de las primeras elecciones democráticas, en vez de haberse desarmado, ETA prefirió pisar el acelerador y matar por matar, ora a la mujer preñada de un policía, ora a unos niños que jugaban en la puerta de un cuartel, ora a unos trabajadores que habían ido a comprar a un supermercado. No tengo la menor duda de que fue ETA, la estrategia criminal e irracional de ETA en las décadas de los ochenta y los noventa la que posibilitó el rearme político y fáctico del partido que entonces dirigía José María Aznar, de tal modo que hoy, cuando parece que los asesinos han dejado de matar, quizá la mayor aportación de la organización terrorista a la historia del País Vasco y de España haya sido la de ayudar al triunfo del Partido Popular, del partido heredero del franquismo, en las elecciones de 1996, con todo lo que eso supuso y supone de terrible para la mayoría de los habitantes de este país.

ETA se acabó, pero de pronto como si fuese un castigo divino, como si todos hubiésemos sido condenados a hacer el papel de Prometo y que un águila nos visitase todos los días del año para comerse nuestro hígado, apareció el terror de origen islámico. No porque sí. Occidente había decidido que el petróleo era suyo y la Armada Invencible, al mando de un Bush cualquiera, decidió dar el primer paso para el control total del combustible más preciado, contaminante y dañino de cuantos hoy tiene el ser humano a su disposición. Irak, Siria y Libia fueron los primeros objetivos, no porque en ellos existiesen dictaduras, sino porque habían tenido la inmensa desgracia de vivir sobre una gigantesca balsa de aceite de piedra. Desde aquel lejano 2 de agosto de 1990 en que el Imperio decidió ocupar Irak, no han dejado de caer bombas sobre aquellos países de Oriente de donde según nos contaban venían los Reyes Magos y, más tarde, quienes edificaron el Califato de Córdoba y recuperaron para todo el mundo el perdido saber greco-romano. Ni Irak ni Siria ni Libia era modelos de nada, pero en ellos, a diferencia de los países árabes amigos, las mujeres podían ir a la Universidad igual que los hombres, vestir como quisieran y la religión no era institucional. Hoy veintisiete años después de aquella primera atrocidad moderna –antes ingleses, franceses y yanquis habían hecho todo tipo de salvajadas durante la colonización y la descolonización- la religión se ha convertido en el consuelo de quienes ya no tienen esperanza en esta vida y el más allá en el paraíso al que se pasa después de haber saldado cuentas con el eterno enemigo. El odio a Occidente ha calado en un sector importante de la población de esos Estados a los que hoy, tras la intervención Occidental, llaman fallidos. Y de entre quienes han visto morir a sus familiares y amigos por un enemigo al que apenas conocen ni ven ni entienden, salen jóvenes contaminados por la sinrazón que tras pasar por los laboratorios religiosos del rencor, están dispuestos a morir matando para conseguir la felicidad eterna en un lugar del que nadie ha vuelto para contarlo.

Puede Occidente infectar sus telediarios y periódicos con los atentados que sufren las ciudades europeas, puede ignorar que el mayor número de muertos por terrorismo de origen islámico son seguidores de esa religión, pueden sacar en letra pequeña los terribles atentados de Irak, Afganistán, Siria o Libia, pueden ignorar que eso que llaman Estado Islámico fue financiado en un primer momento por Estados Unidos, pueden seguir bombardeando por petróleo, pueden declarar Estados de Excepción, Alarma o Sitio, pueden cercenar los derechos de sus ciudadanos, pero hasta que no se den cuenta que el problema hay que solucionarlo en los países masacrados, que hay que dejar de arrojar bombas sobre ellos, que hay que ayudarlos a reconstruir lo muchísimo que hemos roto y compensar a los millones de víctimas inocentes, nada va a impedir que un joven desesperado que ha traspasado todos los límites de la realidad y del respeto a la vida, se inmole a mayor gloria de su Dios y de su futuro eterno

Del mismo modo que matar cuando estás dispuesto a perder la vida es mucho más fácil que curar y casi imposible de impedir, construir y reconstruir es mucho más fácil que destruir, lo que sucede es que ambas acciones absurdas, descabelladas e inhumanas, lo llenan todo de sangre, sangre que vuelve a alimentar el odio y que favorece indiscutiblemente a las opciones políticas que aventan los sentimientos más primarios, vengativos e inútiles que existen en las personas. Hoy han sido asesinadas veintitantas personas en Manchester, mañana será en otro lugar, cada día en los países de Oriente a los que nunca, jamás, tuvimos el menor respeto. Un mundo de locos, un mundo de miserables, de verdugos insaciables. Ese es el carísimo precio del terror gratuito.