Futuro es un nombre de mujer

Alejandra Soler Gilabert y Arnaldo en su casa de Moscú | Años 50
Alejandra Soler Gilabert y Arnaldo en su casa de Moscú | Años 50

Durante los últimos meses hemos asistido a comparecencias sorprendentes de mujeres que no pertenecen a este tiempo por mucho que su partida de nacimiento así lo indique. Las declaraciones de Cristina de Borbón, Ana Mato y Rosalía Iglesias en los diversos procesos en que se han visto inmiscuidas nos han retrotraído a épocas antiguas en las que las mujeres ni siquiera podían sacar dinero de la cuenta corriente familiar porque eso era cosa de hombres. Era un tiempo extraño y cruel en el que al hombre que sacaba los cuernos a su mujer se le llamaba macho y se le reían las gracias como si de un héroe se tratase, mientras que a la mujer en el mismo supuesto se le trataba de puta, aplicándole, además, todo el peso de una ley hecha para someterlas al patriarca y castigarlas por pecadoras.

Sin embargo, en esta época oscura en la que nos han metido de lleno los machos alfa y zeta que dominan el mundo, también existen mujeres que, contra viento y marea, superando todas la adversidades que la vida nos pueda deparar, dejan una huella imborrable y marcan la senda que hay que desbrozar para llegar al lugar que nos pertenece como seres humanos. Tal es el caso de Alejandra Soler Gilabert, mujer y maestra que nos dejó hace unos días a los ciento tres años después de haber convertido su existencia en un ejemplo para todos. Republicana, comunista, luchadora infatigable, Alejandra Soler si sabía del poco dinero que había en la casa que compartía con Arnoldo Azzati antes de abandonar España, también que los derechos se consiguen arrancándoselos por la fuerza al poder y vigilando a éste para que no se atreva a tocarlos. Por eso militó desde sus años jóvenes en la Federación Universitaria Escolar, convirtiéndose en una de las principales agitadoras de las luchas contra la dictadura de Primo de Rivera y por el advenimiento de la II República; por eso en 1934, tras conocer la brutal represión llevada a cabo por los militares africanistas en Asturias, comenzó a militar en el Partido Comunista de España; por eso defendió a la República de los golpistas hasta que las potencias nazi-fascistas y la pasividad de las grandes democracias la asesinaron. Internada en un campo de concentración de la Francia de Petain, logró escapar a la URSS para seguir siendo maestra, para seguir combatiendo al fascismo en la batalla de Stalingrado, esa en la que millones de rusos murieron para cambiar el signo de la guerra y decirle a Hitler que sus días estaban contados. Maestra, comunista, luchadora, Alejandra Soler fue una de las primeras mujeres que obtuvo una  licenciatura en una universidad española, y lo hizo para demostrar que ese era el camino, que aprender, enseñar y luchar eran los mejores instrumentos para la emancipación. Ni la Guerra Civil española ni la Segunda Guerra Mundial ni el dolor del exilio pudieron con ella, y un día de 1971 decidió volver a España para instalarse a escondidas en un barrio madrileño hasta que en 1976 pudo regresar a Valencia con su nombre y apellidos, para seguir luchando y convertirse en una de las guías intelectuales y éticas del Movimiento del 15-M. Para Alejandra, que nunca se mantuvo en silencio, la crisis era una falacia y os recortes un crimen, igual que las metas personales que nos habían vendido los mercaderes. Para cambiar –decía-, no basta con zurcir el calcetín del régimen, reformarlo para que todo siga igual, sino un nuevo calcetín, un nuevo régimen que nos permita a todos considerar cuáles son las verdaderas metas que deben perseguir las personas durante su periplo vital, transformación ineludible que sólo se podría hacer con la participación de mucha gente consciente de lo que se libra en esta batalla.

El ejemplo de Alejandra Soler, como el de Guillermina Medrano –a la que tuve la inmensa suerte y el incomparable honor de conocer-, los de Josefina Samper, Dolores Ibárruri, Matilde de la Torre, Margarita Nelken, Rosa Chacel, Carmen Conde, Maruja Mallo, Virginia González, Víctoria Kent, María Moliner, Clara Campoamor, María Zambrano, Federica Montseny, Carmen de Burgos, María Lejárraga, Lucía Sánchez Saornil, Isabel Oyarzábal, Concha Méndez, Consuelo Berges y tantísimas otras, ha sido mantenido en la oscuridad, alejado adrede de los sistemas de aprendizaje y socialización como si sus inmensas vidas no hubiesen sido, como si su obra magistral no fuese imprescindible para nuestro desarrollo individual y comunitario, como si su singladura no fuese el espejo en el que tenían que haberse mirado las generaciones posteriores. Sin entender casi nada de lo que esas grandísimas mujeres hicieron o escribieron, hoy los medios hablan mucho de la escasa presencia de mujeres en los órganos directivos de las grandes empresas y corporaciones, y a mí personalmente eso me importa un bledo, me es indiferente el sexo de la persona que explota, roba y maltrata. La cuestión es otra bien diferente, que son mujeres la inmensa mayoría de las personas que cuidan a nuestros niños, viejos e impedidos las más de las veces por un sueldo miserable y con unas condiciones laborales que les impiden desarrollarse personalmente al carecer de tiempo libre; que son mujeres quienes, trabajen fuera de casa o no, se encargan de la crianza y el cuidado de nuestros hijos, de la buena marcha de la economía doméstica y de buena parte de las tareas de la casa; que son mujeres quienes principalmente desempeñan los trabajos más penosos y peor retribuidos independientemente de su formación; que son mujeres quienes llevan adelante y soportan un mundo absolutamente injusto hecho a la medida de los hombres y que son mujeres las que siguen pagando con sus vidas las sentencias malvadas que rezan en los libros sagrados de las religiones monoteístas que, aunque parezca mentira a estas alturas, continúan siendo escusa formidable para matar, morir y destruir.

El próximo 8 de marzo, día de la mujer –qué bien quedamos-, está convocada la primera huelga mundial de la historia bajo el lema “paro de empleo, cuidados y consumo”. Es una oportunidad única para demostrar que sin el trabajo de las mujeres el mundo podrá seguir dando vueltas, pero sin que nada, absolutamente nada, funcione, pero es también una ocasión única para dejar claro que se ha entendido bien el mensaje de Alejandra Soler y quienes compartieron viaje con ella, ese mensaje que nos dice que hay un futuro entero por descubrir que lleva nombre de mujer porque el mundo diseñado por y para los hombres es un estrepitoso fracaso, para los hombres, para las mujeres y para todos los seres vivos del planeta.