Lo que debo a la Iglesia Católica

Foto: Laicismo.org
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Maestros republicanos depurados como mis abuelos, llenos de miedo, fueron mis primeros mentores en una escuela cuyo nombre hacía honor a la patrona del pueblo

Como casi todos vine al mundo con la mente limpia, abierta, virgen, en una familia maravillosa que sobrevivía bajo el franquismo. No pasé necesidades aunque las vi pasar a mí alrededor. Nieto de maestros republicanos depurados que temieron por sus vidas y de propietarios analfabetos hechos a sí mismos con mucho trabajo, ingresé en una escuela pública en la que se cantaban himnos a todas horas con el brazo en alto. Maestros republicanos depurados como mis abuelos, llenos de miedo, fueron mis primeros mentores en una escuela cuyo nombre hacía honor a la patrona del pueblo. Entre ellos y los curas y frailes que a todas horas interrumpían las clases, aprendí los rezos habidos y por haber, soporté estoicamente horas y horas de misas interminables en las que siempre repetían lo mismo, fui con flores a María que madre nuestra es y supe que los rojos habían violado los sagrarios donde se guardaba la sagrada forma. Aprendí –creyendo todo lo que me contaban- que la bandera de España era colorada por la sangre de inocentes víctimas del comunismo y amarilla por el oro que se habían llevado a Moscú. Fue entonces, cuando apenas tenía siete u ocho años, que el demonio entró en mi cuerpo y se hizo dueño de mi alma. Sí entonces, cuando me contaron con pelos y señales en qué consistía eso del infierno, del limbo y del purgatorio, lo difícil que era entrar en el Reino de los Cielos para colocarte, después de que sonaran las trompetas del fin del mundo, a la diestra de Dios Padre. Me dijeron que en el infierno vivían los republicanos que habían traicionado a España, que allí iríamos también todos los que tuviésemos ideas parecidas, pensásemos en mujeres o pecásemos por acción, pensamiento u omisión, provocando en mis adentros una tormenta que era completamente ajena a mis sentimientos primigenios: ¿Pensamiento, obra u omisión? No tenía escapatoria. Habían pensado en tres palabras que cubrían todos los ámbitos de la vida y si no caía en una de las opciones me cogerían en la otra. Aficionado desde temprano a leer cosas de misterio –llegué pronto a Allan Poe de la mano de Becquer y sus leyendas- pasé algún tiempo obsesionado con lo terrible que tenía que ser palmarla sin que me diese tiempo a confesarme o arrepentirme de todos mis pecados en el último segundo, metido en una caja, con los ojos abiertos, esperando a que Lucifer, Satanás o Pedro Botero –que era como de la familia- apareciesen para llevarme a lo calentito. Y no paraban, Pedro tienes que confesarte, que contarnos todos tus pecados por insignificantes que sean en la seguridad de que Dios, siempre magnánimo, sabrá comprenderte y librarte de los males que por tu conducta y la tentación demoniaca hayas cometido.

Y así, pasaron los años, y llegaron los tocamientos. Como algunos de mis amigos estudiaban en el convento por aquello de ser educados como los ricos y poder ampliar relaciones de cara a un mañana dificultoso, les acompañé durante varias temporadas para jugar al fútbol y al ping-pong en las instalaciones que tenían los frailes, para lo que era imprescindible afiliarse y soportar las tremendas charlas que previamente nos daban. No sé por qué, el infierno seguía flotando en ellas, pero ahora todo había cambiado y la obsesión de aquellos señores no era otra que el sexo. Querían saber si nos masturbábamos, desde que edad, cuántas veces al día, la semana o el mes, si teníamos poluciones nocturnas –yo no tenía ni puta idea de en qué consistía esa cosa, y viéndolos tan interesados al principio siempre decía que sí-, no sé qué del cunnilingus, disciplina totalmente ignorada por mi persona pero por la que mostraban especial interés los hermanos. Separados a cal y canto de las señoritas, que formaban parte de otras secciones en las que se las trataba como a tales según los cánones de Falange, gracias a su red de delatores supieron del temprano emparejamiento de varios amigos, hecho que les disgustó sobremanera y puso en marcha el mecanismo perfectamente diseñado para separar lo que Dios no había unido.

El día que murió el patrón de la Iglesia Católica española Francisco Franco Bahamonde fue tan triste para ellos como alegre para nosotros. Mientras en el convento, la escuela y el instituto se bajaron banderas y se pusieron crespones negros al mismo ritmo que se elevaban solemnes responsos al altísimo, los siete días de luto, o sea de vacaciones, con que nos regaló la autoridad competente fueron de una felicidad apabullante en un trimestre del que sólo esperábamos el asueto navideño que comenzaba con la visita al Niño Pobre que regían las monjas de la caridad. De vuelta a la actividad normal, nada parecía ya como era aunque todo seguía lo mismo. Recuerdo que un día de aquellos, ante la atrocidad de declararme marxista ante uno de los jefes frailunos, el gran hermano determinó que hiciésemos una confesión por escrito en la que dijésemos cuál de nosotros creíamos ejercía peor influencia sobre el grupo. No sin cierta sorpresa, salí ganador y al pasar unas semanas más dejé de acudir a aquel aquelarre para ingresar en el Partido Socialista Popular de Enrique Tierno Galván, no sin el susto de mi madre que unos días después de Navidad abrió la puerta a unos señores que preguntaban por mí para hablar del futuro de España. Tenía dieciséis años. Nunca más fui a misa, jamás volví a hablar con aquellos señores preocupados por el infierno, la sexualidad y el orden y ajenos por completo a cualquier mensaje humanitario que pudiese desprenderse de los Evangelios que decían predicar. Sí, por el contrario, tuve amistad años después con varios curas del Pozo del Tío Raimundo.

Sin embargo, un día, uno de los hermanos apareció por una librería a la que solía ir mi padre y al ver la portada de la revista Lib con una señora en cueros, exclamó que había llegado la República y que él se defendería de ella bien pertrechado desde el campanario del convento. El colegio de los frailes desapareció y el de las monjas que había en el pueblo estuvo a punto de hacerlo por falta de hermanos y hermanas y por carencia de clientes. En los años siguientes, pasada la primera mitad de la década de los ochenta, nos hicimos ricos o eso creíamos, y de pronto un gobierno socialista presidido por Felipe González y otros gobiernos autonómicos nacionalistas decidieron financiar la enseñanza católica mediante conciertos económicos que sufragaban todo el coste de la enseñanza pero seguían dejando a los frailes y monjas la potestad de elegir al profesorado. Aquello comenzó como de broma, pero no era ninguna chanza, se trataba de recuperar como fuese el sistema educativo que había formado España a través de los siglos, ese que habían combatido la Institución Libre de Enseñanza y los gobiernos de Manuel Azaña. Desde Algeciras a Figueres, desde Fisterra hasta Cartagena resurgieron como setas colegios regidos por clérigos dispuestos como en mi adolescencia y mocedad, a moldear las mentes a su imagen y semejanza para mayor gloria de España, Catalunya, Euskadi, Murcia, Dios y el dinero. Como si nada hubiese pasado, como si nada recordásemos, las familias trabajadoras decidieron de nuevo enviar a sus retoños a aprender, con dinero de todos, la vileza que contenían conceptos tan anticristianos como Libertad, Igualdad, Fraternidad y Justicia Social; y a apreciar el valor de la insolidaridad, el amiguismo, la sumisión, la delación y la traición, valores que en nuestros días gozan del prestigio que merecen como podemos comprobar cada día nada más levantarnos.

Por todo eso, por estar siempre al lado de los poderosos, los corruptos y los explotadores, por poseer el mayor caudal inmobiliario del país y no pagar un céntimo al Estado como hacemos los demás mortales, por ingresar decenas de millones por un patrimonio monumental único sostenido y restaurado con dinero público y financiado por lo que entonces era el Estado y por el trabajo de los miserables, por contribuir como ninguna otra institución a perpetuar el orden establecido y periclitado del privilegio, por castrar y contaminar intelectual y humanamente a millones y millones de españoles que como yo nacieron vírgenes, libres y limpios, sólo guardo hacia la Iglesia Católica española contemporánea la mayor de mis desconsideraciones.