El genocidio fascista español y la historia

Pedro Luis Angosto |
nuevatribuna.es | Actualizado 21 Octubre 2010 - 12:11 h.
NUEVATRIBUNA.ES - 25.3.2010

El 14 de abril de 1931, el pueblo español, sin un solo disparo, decidió sustituir la monarquía corrupta y felona de Alfonso XIII por una república democrática regida por la ley de las mayorías parlamentarias, la libertad y la aspiración al progreso y la justicia social. La familia real española abandonó el Palacio de Oriente escoltada y protegida por militantes de la Unión General de Trabajadores mientras, a escasos metros, se constituía, en medio de un fervor popular pocas veces visto, el Gobierno Provisional de la Segunda República Española.

La proclamación de la República no fue un hecho casual. Desde finales del siglo XIX, regeneracionistas, institucionistas y noventayochistas venían reclamando un cambio de régimen, de modos políticos, que sacara al país de la decadencia, del infortunio, de la opresión en que vivía desde el siglo XVII. La pérdida de Cuba y Filipinas no fue un desastre nacional, sino el revulsivo para hacer salir del anonimato a la España vital, una España que se oponía con todas sus fuerzas al derrotismo, a vivir de pretendidas glorias pasadas, de las lanzas herrumbrosas, a perpetuar el privilegio: “Cerrad con siete cadenas el sepulcro del Cid –diría Costa- y arrojar las llaves al mar”. Pero no fue solo Costa quien pedía el fin del régimen de la oligarquía, el caciquismo y el militarismo, un militarismo de analfabetos tan crueles como egoístas, en la misma trinchera estaban Pérez Galdós, Altamira, Unamuno, Ganivet, Picabea, Maragall, Corominas, Pompeu i Fabra, Domingo, Iglesias, Hurtado, Calderón, los Giner de los Ríos, Posada, Ortega, De Buen, Clarín, “el extravagante ciudadano” –Primo de Rivera dixit- Valle Inclán, Simarro, Pittaluga, Machado, Vicenti, Castrovido y un sin fin de personalidades del mundo de la ciencia, las letras, las artes y la cultura española, a las que se añadiría la amplísima y joven generación del Veintisiete en pleno y la mayoría de un pueblo ahíto de justicia, instrucción pública y libertad, un pueblo sometido, escarnecido hasta lo indecible, humillado e iletrado por voluntad regia que pagaba con su sudor y su sangre las veleidades del régimen para defender sus propios intereses y los de la oligarquía dominante.

En medio de una crisis sin precedentes –nada tiene que ver, por grave que sea, la actual con aquella: Entonces reinaba el hambre-, la República española comenzó su obra, una obra que consistía en dar educación al pueblo y mejorar sus condiciones de vida, hecho este que, necesariamente, habría de chocar con los intereses seculares de la minoría que siempre había mandado en el país. Dos años y medio duró aquella aventura. Los militares africanistas, acostumbrados a matar y a enriquecerse en África sin que nadie controlase sus acciones, siempre en nombre de Dios y del Rey y de acuerdo con la plutocracia financiera, industrial y terrateniente, envueltos en el hedor del vino rancio, del pachulí, del incienso y los perfumes baratos de las casas de lenocinio, del papel moneda bañado en la sangre coagulada de indígenas de uno y otro lado del mar, comenzaron a conspirar desde el mismo día de vida del nuevo régimen, mostrando su indisciplina, altanería, hipocresía y deshonor en cuantas ocasiones pudieron: España era suya y no iba a serlo nunca de los españoles. No podemos negar las convulsiones, por otra parte menores a las de países de nuestro entorno como Francia o Alemania, que rodearon a la República debido a la crisis económica, a las ansias del pueblo por ver hechas realidad inmediata reformas que, indudablemente, necesitaban un tiempo y, sobre todo, a la refracción delictiva de los hombres del antiguo régimen. En cualquier caso, el 17 de julio de 1936, España gozaba de un régimen constitucional y tenía un gobierno legítimo que combatía por igual a los golpistas que a quienes, sin querer, colaboraban con ellos provocando desórdenes que por su mala organización no llevaban a ningún lado: Una democracia parlamentaria que basaba su poder en la fuerza de los votos, en la soberanía popular.

Durante todo el siglo XIX, los militares se habían acostumbrado a inmiscuirse en la política con las armas en la mano. Normalmente del lado liberal. Tres guerras carlistas perdieron los más reaccionarios y ganaron los llamados liberales ofreciendo de inmediato el perdón y la reposición en sus puestos a los “compañeros” derrotados. Luego vinieron las guerras coloniales, la pérdida de Cuba y Filipinas, la inmersión militar y mercantil en el “Avispero de Marruecos”, que diría Alfredo Vicenti, dando lugar a la aparición de una casta militar antigua, retrograda, endogámica, inmoral y sanguinaria que no estaba dispuesta bajo concepto alguno a aceptar la fuerza de la razón. Esa casta, financiada por la oligarquía y con el apoyo de las potencias nazi-fascistas, decidió iniciar la cuarta guerra carlista el 17 de julio de 1936, arremetiendo con mercenarios africanos contra la democracia española, provocando el periodo más triste, cruel y tiránico de nuestra historia: Los tres años de guerra y los cuarenta de posguerra. Muerto el líder de los africanistas, se inició en España un proceso transitivo que algunos llamaron modélico cuando sólo fue posibilista, proceso que consistía en edificar sobre el olvido de la felonía y del genocidio, una democracia amnésica. Bien, quizá en aquel tiempo –no olvidemos que estábamos inmersos de nuevo en una gravísima crisis económica-, no se pudo hacer de otra manera, pero el tiempo ha pasado, ya somos mayorcitos y tenemos derecho a saber la verdad, a dar a conocer la verdad, a reparar las injusticias y cerrar de una vez por todas las heridas abiertas por los salvajes que asaltaron al Estado democrático republicano con las armas que éste les había dado, incendiando España y llenándola de sangre, terror y odio.

Cualquiera que haya visitado un cementerio español, una iglesia española, ha podido ver las placas en las que figuran los “caídos por Dios y por España”, las tumbas de quienes fueron asesinados por turbas descontroladas totalmente ajenas y contrarias a un poder republicano que se había quedado sin su principal instrumento para imponer el orden: Los funcionarios armados sin honor que se sublevaron. Pero no sólo eso, somos muchos todavía los españoles que hemos vivido años, lustros, décadas de homenaje a quienes apoyaron los delitos más graves que se puedan cometer: el delito de lesa patria, el incumplimiento de los juramentos y promesas dadas, el exterminio ideológico, la imposición del terror a generaciones y generaciones de españoles, convertir en presidio a una nación entera, lobotomizar a sus ciudadanos para convertirlos en súbditos… Y todavía, cuando setenta años después, un juez decide abrir un proceso para liquidar ese periodo de ignominia, muchos tertulianos, muchos comentaristas políticos, muchos juristas se dedican a hablar del sexo de los ángeles, que si es jurídico, que si no tiene bases legales, que si también los republicanos cometieron gravísimos delitos, en fin, cosas de ignorantes complacientes que en su maledicencia comparan a quienes defendieron la democracia con quienes provocaron todas las carnicerías.

La Segunda República española no cometió ningún delito por ser República. Cualquier infracción legal cometida contra sus leyes democráticas, habría sido depurada en su seno más bien temprano que tarde, como ocurrió- recurramos al tópico- en Casas Viejas. Al rebelarse los africanistas, hicieron volar por los aires todos los mecanismos de la República para mantener el orden, apareciendo grupos de personas llenas de rencor que se tomaron la justicia por su mano; los sucesivos gobiernos republicanos se dejaron la piel y la vida para cortar la venganza, sometiendo a los tribunales, en cuanto les fue posible, a los criminales. Por su parte, Mola, Yagüe, Queipo y Franco, por citar a los más conocidos, establecieron un plan de exterminio –existen cientos de testimonios de ellos mismos en ese sentido- que requería la eliminación física del disidente. En palabras de Franco, que reproducía otras dichas por Mola y Queipo en el mismo sentido, la guerra no podía ser corta porque el país estaba infectado por una enfermedad terrible y precisaba una curación lenta y dolorosa que pasaba por eliminar del suelo patrio cualquier individuo u organización contagiada: El exterminio ideológico, y el terror que de él se deriva, fue el sistema metódicamente aplicado por los africanistas para “sanar” a un enfermo contaminado de ideas disolutas y extrañas como el liberalismo, el republicanismo, el parlamentarismo o el socialismo.

Y yo me pregunto, al margen de la decisión de Garzón que puede costarle, ante nuestro estupor, la expulsión de la carrera judicial, ¿puede vivir un país en paz sobre la sangre de miles de desaparecidos? ¿Puede una democracia llamarse de tal modo cuando tergiversa, tapa, oculta y hace escarnio de su propia historia? ¿No ha llegado el momento de que sepamos toda la verdad de la represión fascista, de que todo el mundo quede enterado de que el régimen franquista nació de la traición y el crimen organizado, de que el fascismo español ha sido uno de los regímenes más criminales de la historia de Europa, de que vivimos cuarenta años de ignominia que la democracia todavía no ha saldado? Creo que sí, es de justicia y la justicia nada tiene que ver con la venganza, sino con la verdad: Hace unos días han acabado los trabajos en una de las fosas de Málaga. Los estudios preliminares decían que allí yacían 2000 republicanos, la sorpresa ha sido mayúscula: 4700 fusilados y torturados de los que no se ha podido identificar ni siquiera a la mitad, cosas de la cal viva. Es la mayor fosa de sangre excavada en Europa. Quedan cientos, entre otras las de Valencia, dónde se calcula que hay más de veinte mil exterminados. No se puede vivir con el armario lleno de cadáveres, sin restituirles su honor, sin decir a viva voz y condenar a sus verdugos. Esa es la misión de la Historia, esa la obligación de la ciudadanía.

Pedro L. Angosto
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SR. Zunzunegui, justicia no es venganza. Recordar por no repetir los pasados errores no es provocar. Si la verdad y la justicia provocan a alguien, él sabrá por qué. El homenaje a unos muertos sólo y la reparación a unas víctimas sólo, ya se hizo con creces y desmesura borrando con su recuerdo cualquier otro recuerdo de cualquier otra víctima. En cuanto a fabricar verdades ya fabricó las suyas Don Cierva (como le llamaba el difunto Umbral) y otros reconvertidos como Stanley G. Payne. Hablar de forma equidistante en este terreno si no es ingenuo, es falsario, cuando no maniqueo.

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escrito por manuel hace 2 años
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La cuestión de “la memoria histórica” y “las víctimas del franquismo”, parece que lo único que persigue es revolver en el pasado, para alterar la convivencia en el presente. El precio que pagamos en este caso, es la pacífica convivencia de un estado que ha pasado por varias guerras civiles a lo largo de la historia, la última de ellas especialmente cruel y sangrienta. Los instigadores de esta vuelta al pasado, parecen olvidar que en una guerra civil combaten dos bandos y que en ambos se producen matanzas y crímenes. También parecen olvidar que las guerras tienen su origen en determinadas circunstancias sociales: sin esas circunstancias concurrentes, es extremadamente difícil poner en marcha una guerra civil.
Sobre las circunstancias concurrentes que dieron origen a nuestra última guerra civil y sobre la propia guerra, hay abundante material historiográfico que cualquiera puede encontrar. A estos efectos sugiero consultar varias fuentes, de forma que uno pueda comparar y extraer sus propias conclusiones. En general, las fuentes procedentes de historiadores reputados suelen ser las más fiables, pues la mayoría incluyen una extensa labor bibliográfica, de investigación y documental, muy por encima de los “ensayos” de corte político o ideológico y escritos, muchas veces, desde la demagogia y/o por personas escasamente documentadas. Ejemplos de fuentes reputadas en ambientes académicos, pueden ser: Ramón Menéndez Pidal, Claudio Sánchez-Albornoz, Jaime Vicens Vives, Ricardo de la Cierva, Fernando García de Cortazar, Stanley G. Payne…
Al margen de indagar en los orígenes, causas y en la propia guerra civil española, al final la cuestión, lo que verdaderamente importa es ¿PARA QUE HAY QUE VOLVER A HABLAR DE ELLO? Porque hasta la fecha, el que quería podía reclamar los cuerpos de sus familiares muertos en la guerra, de cualquiera de los bandos, ya que muertos –de toda índole y condición- hubo, efectivamente, en ambos bandos, algo que parece olvidar –con sospechosa insistencia-, la ley de la Memoria Histórica y más comúnmente los principales instigadores de esta vuelta al pasado.
Y es que al final, no nos engañemos o que no nos intenten engañar: lo que hay es un movimiento de revancha, que lo que persigue es ganar hoy una guerra que se perdió hace casi 70 años en los campos de batalla. Una guerra perdida por todos y en la que todos –los de ambos bandos- perdieron vidas; una guerra hace tiempo superada y de la que apenas ya nadie hablaba –incluyendo a vencedores y vencidos, si es que puede hablarse en estos términos-, hasta que un puñado de irresponsables ha vuelto la vista atrás para abrir las heridas del pasado.
Eso y lo que parece ser una necesidad imperiosa de que no se hable del presente, mirando para ello al pasado. De esa forma, escándalos mayúsculos o los desatinos de nuestro actual gobierno pasarán más desapercibidos, incluida la crisis que hasta hace muy poco no existía, la pésima gestión de la misma, los desmanes inmobiliarios, los casos de prevaricación y cohecho, las ayudas que no llegan a quienes tienen que llegar, la ingobernabilidad de España en base al estado federal en el que se ha convertido, la insostenibilidad económica de todos esos estados dentro del propio estado, la situación terrible de nuestro sistema educativo, los millones de parados que hacen cola frente a las oficinas del INEM, las miles de familias que serán desahuciadas durante los próximos meses, los índices de delincuencia en aumento y tantos otros temas que SI forman parte de nuestro presente y de los que más directamente depende nuestro futuro.
Pero no hay problema, volvamos al pasado, que es de lo que estábamos hablando: lo que podemos hacer es empezar a poner muertos encima de la mesa. Podemos preguntar a otros muchos a los que las “checas” dieron el paseo a familiares y amigos, incluyendo niños, mujeres, hombres no alistados, monjas, curas… personas cuyo único crimen era pertenecer al bando contrario, o simplemente ser “familiar de”. Seguro que saldrán muchos más muertos si sumamos también los del otro bando y así ponemos la Memoria Histórica en su justo punto, en donde todos hagamos memoria de la historia, pero de TODA la historia y no sólo de una parte de ella. Podemos hablar de por qué se mataba a alguien simplemente por llevar un crucifijo o vestir un hábito, por ser maestro, empresario… de las matanzas en Cataluña o de los fusilamientos de Paracuellos…
Al final, entre unos y otros, habremos puesto un montón de cadáveres encima de la mesa. Lo siguiente puede ser contarlos o ver quién tenía más razón para descerrajar un tiro en la sien de una mujer, un niño o un cura… y ¿de verdad cree alguien que puede haber razones justificadas para algo semejante? Salvo que nos liemos a tiros una vez más, difícilmente nadie hará valer más sus muertos o sus asesinados respecto a los del otro… ¿o es que vale más una vida inocente de un bando que la del otro? No espere nadie que le de la razón en eso. Así que al final y salvo que efectivamente pretendan que nos liemos todos a tiros una vez más, la pregunta es ¿PARA QUE SE INSISTE EN ESTE TEMA Y POR QUE SE INSISTE DE MANERA SESGADA O EN UNA SOLA DIRECCION?
Si fomentamos la revancha, la vuelta al pasado y la historia deformada o la que nos interesa, al final descubriremos una vez más –quienes aún no se han enterado, digo- que los muertos seguirán muertos, que la guerra terminó hace casi 70 años y que en ambos bandos se cometieron atrocidades. Sin embargo, esa vuelta al pasado no habrá salido gratis; la vida y la historia nos demuestran que nada es gratuito y mucho menos aquello que juega o se aproxima a la sensibilidad más íntima de las personas. Precisamente es por ahí por donde empiezan muchas guerras.
Así que, por mi parte, sugiero ocupar el tiempo de todos y en particular el de quienes se encargan de gobernar –a ellos se lo exijo-, en resolver los gravísimos problemas del presente. Prefiero, también, seguir conviviendo en paz, la misma que hasta ahora hemos tenido, sin que intercedieran todos estos supuestos “iluminados” y “vengadores”; la misma que he conocido desde que tengo uso de razón. Y la única memoria histórica que me interesa es aquella que fomenta la unidad de los pueblos, el perdón, el olvido, la aproximación y la constatación de que existe un futuro de vida en común, en donde cada ser humano forma parte de lo que somos y seremos. Lo siento, pero esas otras memorias parciales de las que se habla desde determinadas instituciones, me parecen cualquier cosa menos eso.

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escrito por Alberto Zunzunegui hace 2 años

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