Las políticas impuestas por el PP cortan las expectativas vitales y profesionales de la juventud, abocada a ejercer trabajos por debajo de su cualificación...

Cualquier persona debe tener derecho a diseñar su propio proyecto vital y trabajar por construirlo día a día. Para ello es necesario garantizar la igualdad de oportunidades y que la sociedad permita el desarrollo personal y profesional de cada cual según su capacidad, su valía y su esfuerzo. Hoy ya no se dan estas condiciones, de tal forma que muchos jóvenes, formados y cualificados, no tienen la oportunidad de ejercer su profesión y desarrollar sus cualidades. Las políticas impuestas por el PP (en la educación y en el mundo del trabajo) cortan las expectativas vitales y profesionales de la juventud, abocada a ejercer trabajos por debajo de su cualificación y con salarios que no permiten salir de la pobreza ni, en muchos casos, abandonar la casa paterna y construir su propio futuro.

Esta situación, ya prolongada en el tiempo, ha llevado a muchos jóvenes a buscar el futuro lejos de nuestras fronteras (“movilidad exterior”, segun la ministra Fátima Báñez). Algunos ya volvieron, porque las zarpas del capitalismo especulativo tambien dominan en otras geografías; otros languidecen –ejerciendo trabajos precarios y mal pagados-, en la espera de que cambie el viento. Pero el viento no cambia solo y tendremos que soplar todos en otra dirección. Esta situación de stand by tendrá consecuencias sobre la salud, porque uno de los factores que más influyen en la salud y en el bienestar es la capacidad de control de la propia vida. Y esa sensacion de control, de dirigir el propio proyecto vital, hoy en día los jóvenes –y otros no tan jóvenes- no la tienen.

En un trabajo del profesor Marmott, señala la importancia de poder controlar el trabajo y la vida de uno mismo: «cuanto mayor sea la percepción de control de la vida, mayor será nivel de salud». Por tanto, la renta, la educación, el status social y otras variables serían instrumentos para alcanzar esa vivencia de control. «Esta sensación se presenta en cada persona y depende de cómo se relacione con las otras: cuanto mayor sea la sociabilidad y solidaridad, mejor salud». Las políticas ultraliberales, ahora imperantes, caracterizadas por el darwinismo social, provocan patología colectiva y deterioran la calidad de vida y la percepción de salud de la mayoría de la población. El énfasis en la competitividad, la ausencia de protección social, la inseguridad laboral y el desempleo producen deterioro social y aumento de la mortalidad en todas las edades.

Este feroz darwinismo social y la presión de la industria farmacéutica nos han llevado a una sociedad del malestar. En muchos casos el malestar es objetivo, causado por condiciones externas opresivas, pero tambien existe una gran intolerancia al disconfort físico y psicológico, de tal forma que se han medicalizado –y convertido en dolencias que necesitan tratamiento-, los problemas de la vida cotidiana (la tristeza, la pena, el temor, la inseguridad). El consumo de ansiolíticos se ha disparado en los últimos años en España. La poderosa industria farmacéutica presenta las pastillas como un elixir que ayuda a superar el malestar y construir una burbuja de felicidad (o más bien de inconsciencia). Barbara Starfield ya alertaba en 2002 que la yatrogenia es la tercera causa de muerte en EEUU. Nosotros tambien vamos por ese camino.

El pensador Byum-Chul Han, en La sociedad del cansancio, dibuja un mundo obsesionado por el rendimiento, unos individuos exhaustos por la competitividad feroz, siempre alerta. El fracaso no se admite. Los que no siguen el ritmo quedan excluidos, lo que genera gran angustia: “La gente ve la vida como el juego de las sillas, en el que un momento de distracción puede comportar una derrota irreversible”.  En este marco de consumismo e individualismo hedonista, “somos incapaces de controlar la velocidad del coche que nos lleva y nos entregamos a la compra compulsiva de salud”. Se espera de la medicina lo que no puede dar, y se olvida que los medicamentos no son inocuos, tienen efectos secundarios y, en algunos casos, pueden adelantar la muerte.  Han propone, para superar el permanente estado de malestar del hombre moderno:  “la forma de curar esta depresión colectiva es dejar atrás el narcisismo; mirar al otro, darse cuenta de su dimensión, de su presencia”. Es tarea de los jóvenes construir otro mundo con nuevos valores, lejos de la competitividad feroz, el narcisismo y la autocomplacencia.