Los partidos políticos deben regenerarse, pero sin una ciudadanía más exigente, más activa y con más cultura política, clamar por la regeneración será ineficaz y quedará en agua de borrajas

Analizando diversos datos que proceden del Banco de Datos de Metroscopia y de diversos informes sobre la democracia en España, la regeneración democrática lleva tiempo apareciendo dentro de los indicadores de consulta y en las entrevistas a los encuestados.

En España tenemos un gran pedigrí intelectual de lo que han supuesto vicios y viejas praxis enraizadas en la cultura local y provincial de nuestro país; ahí quedaron las obras de Ramón y Cajal, de Ortega y Gasset, de Clara Campoamor, del regeneracionismo de Costa, o de Pérez Galdós, pero hasta el momento, no había fraguado con tanta intensidad situándose ahora en el  centro del debate político.

Desgraciadamente, la crisis económica está durando más de lo que muchos economistas y politólogos se aventuraban a predecir y la indignación social ha ido yendo a más, entreviéndose  un mal funcionamiento de la democracia, que entronca con la crisis económica y social y la sociedad, a través de la desafección política, recurre a nuevos mecanismos de participación a la hora de canalizar diversas demandas sociales o de interactuar con sus dirigentes, como hemos visto en la irrupción de diversas plataformas y movimientos sociales que han adquirido tanta importancia en estos años.

La mayoría de los ciudadanos quiere una democracia de más calidad. Afortunadamente, viendo a nuestros socios europeos, nuestra democracia no está en crisis por partidos o movimientos xenófobos o donde existe un debate álgido contra la UE. 

Hay distintas opiniones sobre lo que debería ser tal proceso de regeneración, muchas incluso de quienes hacen todo lo posible por impedirla en su propio entorno, cuando la regeneración de la democracia no es, en esencia, otra cosa que conseguir que la democracia funcione, dentro del marco del desarrollo de sus principios básicos (especialmente, de igualdad jurídica), el cumplimiento universal de las leyes y el desarrollo de las libertades y derechos personales.  

Los partidos políticos son una pieza esencial del engranaje democrático siendo sus instrumentos para trasladar la iniciativa de los ciudadanos a las instituciones. Sin embargo, durante los últimos años, los partidos han ido adoptando prácticas perversas que los han ido alejando cada vez más de los ciudadanos. Su forma de tomar las decisiones ha convertido las organizaciones políticas en meros instrumentos de sus dirigentes en muchos sitios. 

Para devolver la democracia al funcionamiento de los partidos políticos y de las instituciones, muchos sondeos apuntan a la pretensión de que exista una reforma legislativa que incluya el establecimiento de listas abiertas y desbloqueadas, la limitación de mandatos de los cargos directivos de los partidos y entre otros, que haya elecciones primarias abiertas para la designación de los candidatos de los partidos.

Por supuesto que hablar de la regeneración democrática exige hablar de temas como la calidad de nuestra administración de Justicia, de una enérgica y combativa lucha contra la corrupción y el fraude fiscal, de la protección de los denunciantes en casos de corrupción, de la transparencia en la contratación y en las subvenciones públicas,  de medidas para combatir la financiación ilegal de los partidos o de la reforma de la representación política, pero lo pernicioso es que, como en todas las batallas de ideas y de coherencia con lo que exige la sociedad y el cambio, está el trivializar tal regeneración política, como si fuera un mantra a emplear en estos tiempos del marketing político. La regeneración no es un proceso fácil ni rápido, pero es la voluntad de quien quiere ser creíble ante la ciudadanía haciendo un diagnóstico de lo que mal funciona y teniendo la inteligencia política de valorar cómo puede arreglarse ese mal.

Así es evidente que los partidos políticos deben regenerarse, en una situación en la que en diversos lugares de la geografía española se han ido tejiendo tales redes clientelares que resulta asfixiante querer promover un sano, honesto y necesario debate acerca de un proyecto político factible y suficiente que aporte solvencia y se traduzca en confianza y credibilidad.

La imputación del presidente murciano no ha obtenido una reacción negativa entre las filas de su partido y se está a la espera de que Ciudadanos quiera dar algún paso, dilatándose su respuesta y así, no mostrando coherencia con lo prometido ante su electorado. En el caso del PP murciano, es un claro gesto de esa militancia clientelada, que no asume su gran peso a la hora de marcar un nuevo rumbo en el partido para alejarse de las sombras y sospechas de corrupción. Como este caso tenemos más en el país, donde el clientelismo es la tendencia actual del caciquismo denunciado ya hace dos siglos y la corrupción moral precede a la económica, con una ciudadanía cada vez más informada, aunque amedrentada en su libertad de expresión si lo expuesto no va en consonancia con el interés del dirigente de turno.

Los partidos políticos deben regenerarse, pero sin una ciudadanía más exigente, más activa y con más cultura política, clamar por la regeneración será ineficaz y quedará en agua de borrajas.

Soy una entusiasta de la política como creo que debe volver a las agrupaciones de los partidos políticos, tanto de los tradicionales como de los nuevos, donde exista el debate y se formen proyectos sólidos de modelos de sociedad y de país, con la ciudadanía como eje central de preocupación y de generación de respuestas.

En los partidos actualmente no sobresalen los más válidos en una materia, con todo el talento y brillantez que este país exporta y que muchas universidades y empresas producen. Podríamos tirarnos horas exponiendo todo lo que conocemos de muchos perfiles que restan más que suman, no ya dentro de un partido político sino en su conexión con la sociedad. La regeneración se torna prioritaria, con una ciudadanía comprometida también en organizar una sociedad donde existir sea más llevadero para tanta gente que sigue sintiéndose falta de respuestas y olvidada del debate político, del necesario y también prioritario debate político. Es el momento.