"Los del Popular": tal como éramos

A Pedro de Diego, a Jesús Vela, a Juanjo Azcona, a Jesús Paniagua, al Golon, a Pepe Becerra, a Mercedes Zúñiga, a Ana, a José Luis Egido, a Antonio Carmona “Chango”, a tantos otros que fueron generosos, apasionados y, pese a todo, felices. Y a Esperanza, que no era del "Popu", que lo vivió con nosotros. Y a la memoria de Juan Luis Jaén, de Chema de la Parra, de Pedro Soriano, de Enrique García Platero.... imprescindibles.


El Popular fue también un lugar para el sueño colectivo de unos cuando en nuestro país soñar estaba prohibido y actuar era delito

El Banco Popular ha sido comprado por un euro por el Santander. Miles de empleados, junto a accionistas no empleados, han visto reducirse a cero el valor de sus acciones. Es un desastre colectivo, sin duda. Pero yo no voy a escribir de ese desastre del que se escribirá, y mucho, en las páginas de economía de los diarios, en los próximos días y semanas. Yo quiero rescatar una memoria, también colectiva, que forma parte de mi identidad y de la identidad de otros muchos. Allá va:

Corrían los primeros años setenta y yo, como muchos otros jóvenes de mi generación, había entrado a trabajar, como auxiliar administrativo, en el Banco Popular. Aunque hoy parezca mentira (o no tanto, sobre todo a los más jóvenes) en aquellos años entrar en la plantilla de un banco era acceder a una vida segura. Yo recuerdo que en mi casa, en la que el padre de familia era carpintero y autónomo sometido a los vaivenes del mercado del mueble, siempre imprevisible, crecí con un lema que decía más o menos lo siguiente: “entra en un banco aunque sea de botones, o en correos, aunque sea de cartero, y déjate de sueños ilusos y de tonterías literarias”. Así que, como otros jóvenes de entonces que no tenían asegurada la continuidad de sus estudios tras el bachiller, yo me vi apremiado a hacer una oposición “a banca” por ser el mejor método para garantizar el pago de mis estudios universitarios nocturnos o de tarde en un empleo que tenía un horario envidiable: de 8 a 3. Eran siete horas de jornada intensiva, de números, y letras (de cambio) y órdenes de pago, y recibos devueltos, y créditos impagados en un tiempo pre informático y sometido a la esclavitud del papel y de pesadas calculadoras no electrónicas.

Tal como éramos - Popular 2

El banco era el Popular Español, el “banco del Opus”, la entidad en la que mi padre guardaba sus escasos ahorros y de la que se hablaban maravillas por su actitud cautelosa, su inclinación a la banca tradicional de las pequeñas empresas y por su sintonía con el ala emergente del franquismo de los “lópeces” (López Bravo, López Rodó, López de Letona). Fui destinado a un edificio situado en María de Molina, un lugar donde junto a la gestión de los impagados de todo el país, se estaba poniendo en marcha lo que sería el sistema informático de la entidad. Era un lugar de amplias naves llenas de mesas y empleadas perforando fichas para alimentar un ordenador gigantesco en cuyas zonas laterales se levantaban estanterías cuadriculadas en casilleros para clasificar, por provincias y sucursales, las letras impagadas. Allí comenzaría a trabajar como bancario, a escribir por las tardes y, no tardando mucho, a hacer mía la mítica “del Popu“, una mítica que nada tenía que ver con los accionistas, ni con el poder de los banqueros de entonces, ni con el pujante protagonismo de la Obra. Fue la mítica del antifranquismo de oficina y cuello blanco, la mítica de unos trabajadores que se habían estrenado en empleos “de privilegio” y que a los pocos meses de convertirse en fijos comenzaron a tejer la red de un movimiento sindical y político que jugaría un papel de primer orden en la movilización antifranquista en el tiempo que va de 1972 a 1978, año en que se aprobó la Constitución.

Sé que nadie hablará de todo esto tras la peculiar absorción del banco por el Santander. Nadie hará memoria de lo que fue un tiempo irrepetible de compromisos, de valor (jugarse el empleo era un riesgo temible, pero jugarse el empleo en un banco “para toda la vida”, era algo que se aproximaba al suicidio), de entusiasmos y clandestinidades, de multicopistas y comidas urgentes, de excusrsiones y cine fórum, de teatro aficionado y huelgas parciales, huelgas de sector, huelgas generales y huelga nacional pacífica, de sexualidad irreverente y complicidades y amores inestables y generosos…. 

Todo empezó una mañana en la que alguien, un compañero  algo más antiguo, me invitó a una reunión fuera del banco, una reunión en un lugar desconocido a la que tenía que acudir cumpliendo una serie de normas de seguridad. Se trataba de organizar el “Grupo de Trabajadores del Banco Popular” para afrontar las elecciones sindicales que organizaba el sindicato vertical. Allí estaban los comunistas, los míticos comunistas trabajando en la sombra, comunistas que eran trabajadores del banco con una fuerte conciencia política y un no menos fuerte convencimiento de que era necesario organizar sindicalmente a los trabajadores al margen y contra el aparato del Régimen. Aquellas reuniones dieron lugar a otras más amplias, y éstas a asambleas en las dependencias del sindicato vertical, y a movilizaciones por el convenio de banca, y a la fundación de las Comisiones Obreras de banca, y la extensión de un tejido de actividades apasionante y complejo que se iniciaba en la Sala Cadarso, situado en la calle del mismo nombre y donde conocí, la noticia de la legalización del PCE, en las cercanías de la Estación del Norte, con grupos de teatro, recitales poéticos y de cantautores y terminaba en excursiones a la sierra para gozar de la naturaleza y hacer asambleas lejos de la sombra de la brigada político social, en aquel tiempo pilotada por el dúo Conesa/Billy el Niño

En aquel movimiento de trabajadores de banca, los del Popu nos creíamos la punta de lanza, sobre todo quienes, nacidos en los años cincuenta, teníamos alrededor de veinte años y toda la vida y todo el entusiasmo por delante. Sí, éramos los del Popu. Hicimos huelgas, constituimos la célula del PCE, editamos, en ciclostil, un periódico llamado Mundo Bancario (todavía recuerdo las noches de tinta y miedo en que escribíamos los clichés, manejábamos la multicopista de manivela), organizamos bailes, encuentros, recorrimos los barrios extremos y los barrios centrales buscando pisos para reunirnos a salvo de la policía, conocimos parroquias de curas obreros que (en la UVA de Hortaleza, en Moratalaz, en las proximidades de la Elíptica, en Aluche o en Usera) que nos abrían sus puertas para hacer asambleas imposibles, cursos de formación marxista y reuniones de célula, de comité, tomamos en préstamos las viviendas de amigos para estrenarnos en la sexualidad, pisos en alquiler por Legazpi o Cuatro Caminos en los que abundaban los tapices sudamericanos, las cortinas rústicas, los objetos de cerámica de las más variadas procedencias y la estantería desmontable en la que se apilaban títulos de Poulantzas, de Marta Hanecker, Carrillo, Gramsci, Enrico Berlinguer, Nicolás Sartorius (recuerdo un ensayo memorable sobre los consejos obreros en Italia) mezclados con Rayuela, Cien años de soledad, Tiempo de silencio, Últimas tardes con Teresa, o con los últimos poemas de Blas de Otero o de Neruda.

Tal como éramos - Popular

Éramos los del Popu. Mezcla de intelectuales y universitarios de tarde y aplicados bancarios de mañana, lectores impenitentes de literatura, de filosofía política, de ensayos que llegaban de Francia sobre todo, de poemas que ya cantaban Paco Ibáñez, o Hilario Camacho, o Luis Pastor: Blas de Otero, Rafael Alberti, Gabriel Celaya, Gloria Fuertes…. Carlos Álvarez. Éramos los del Popu. Una secta hecha de amigos que se querían, que nos queríamos. Nos identificaban en el banco por nuestro desapego, por nuestra resistencia a las horas extraordinarias, por la tenacidad en la defensa de unos derechos sindicales que sólo existían de facto, por nuestras camisas de franela y nuestros pantalones vaqueros o de pana, por nuestras gafas (aquellos que éramos miopes) modernas, émulas de John Lennon o de algún intelectual republicano, por el pelo en desorden o ensortijado de las compañeras, amigas también del vaquero y de la pana.

El Popular será por un tiempo un banco con una identidad definida. Pero condenada a desaparecer. Se hablará de acciones, de depósitos, de fondos de inversión, de bonos…. De clientes y de trabajadores, sin duda, de un nuevo ERE tal vez. Quizá se hable de Luis Valls Taberner como banquero ejemplar al que no imitaron Ángel Ron o Emilio Saracho… Pero nadie recordará que el Popular fue también un lugar para el sueño colectivo de unos cuando en nuestro país soñar estaba prohibido y actuar era delito.