Sindicalismo, globalización y proteccionismo

Foto: Flickr Parlamento Europeo
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El movimiento sindical tiene que plantear una alternativa global a nivel mundial que pase por tratar de limitar los efectos negativos de la actual globalización sin reglas

El sindicalismo es muy consciente de los retos de la actual globalización financiera muy vinculada al desarrollo de las nuevas tecnologías y que ha sido efectuada sin las mínimas normas de regulación. Ello ha comportado unas consecuencias muy desiguales entre el capital y el trabajo.

La globalización neoliberal ha permitido articular procesos de acumulación del capital internacional a niveles nunca vistos, mientras que ha tenido un resultado muy desigual y globalmente negativo para el conjunto de la clase trabajadora. La globalización ha provocado procesos de deslocalizaciones desde los países desarrollados hacia países emergentes o poco desarrollados. Y ha tenido consecuencias diferentes en unos y otros, pero ha sido un proceso que ha incrementado en su conjunto la desigualdad global.

No se puede negar que la globalización ha comportado el aumento del conjunto de la mano de obra global. Pero este crecimiento ha sido desigual puesto que el conjunto de la mano de obra ha crecido en más de dos cientos millones en todo el mundo, pero a la vez ha disminuido sólo en Europa casi cuatro millones. Hay que decir que este proceso ha permitido la reducción de forma importante de la pobreza extrema en el mundo, es decir la de las personas que consiguen ganar 1,9 dólares/día. La reducción se ha producido tanto en términos absolutos como relativos y se ha dado incluso en los momentos de mayor intensidad de la crisis.

A pesar de ello debemos subrayar que esta salida de la pobreza extrema en países poco desarrollados significa sólo esto, salir de la pobreza extrema, pero en ningún caso salir de niveles muy bajos de renta, puesto que los niveles de precariedad y pobreza continúan, sin la existencia de ningún nivel de cobertura ni protección social todo ello ayudado también por la carencia de facilidades por el desarrollo de un sindicalismo que permita articular el movimiento reivindicativo necesario para mejorar y consolidar las bases mínimas aceptables para garantizar un trabajo y unas condiciones de vida futuras mínimamente dignas.

Por otro lado la globalización sin reglas ha golpeado de forma grave las bases que sustentaban la calidad de vida de la clase trabajadora en los países desarrollados, especialmente a partir de la crisis económico-financiera del 2008. Las políticas regresivas adoptadas, la austeridad, las deslocalizaciones han comportado un incremento del paro, recortes salariales y de las prestaciones sociales, la precarización del trabajo, y regulaciones legales restrictivas referidas a los derechos sociales y al bienestar social, así como un ataque a los sistemas de negociación colectiva, al ejercicio de la actividad sindical así como intentos reiterados de debilitar y desprestigiar el sindicalismo y sus organizaciones. Es decir que en el caso de los países desarrollados lo que se percibe es un incremento de la desigualdad y una pérdida de la cantidad y calidad del trabajo.

El problema más grave es que sectores de la clase trabajadora, especialmente los más débiles y formados fundamentalmente por personas con niveles de cualificación y formación más bajos, observan cómo se deslocalizan sus empresas y se sienten desprotegidos y con un fuerte riesgo de caer en la pobreza y en la exclusión social. Hay que añadir a todo esto la competencia que encuentran en las personas inmigrantes.

Estos sectores afectados directamente por la crisis económica y por las políticas antisociales, regresivas y recortadoras de derechos sociales y laborales, llevadas a cabo tanto por la UE, como por  sus poderes nacionales, han sido muchos veces sensibles a los cantos de sirena y a los llamamientos a la defensa del proteccionismo y del rechazo antieuropeo que plantean partidos populistas de ideología ultranacionalista y xenófoba.

Unos partidos que defienden volver al proteccionismo más radical, al cierre de fronteras y a la exclusión de los diferentes, especialmente los inmigrantes antiguos o nuevos. Todo ello sin tener en cuenta la realidad de una globalización que es preciso embridar pero que es imposible realizarlo  desde un único país solo y aislado.

El movimiento sindical tiene que plantear una alternativa global a nivel mundial que pase por tratar de limitar los efectos negativos de la actual globalización sin reglas. Y lo primero que debe hacer es señalar claramente los responsables culpables de la actual situación: los grandes grupos industriales y financieros que han acumulado beneficios multimillonarios incalculables apropiándose de las rentas del crecimiento de la economía mundial y de la mayor parte de las plusvalías del trabajo.

El movimiento sindical tiene que transformarse en la base para alcanzar una amplia unidad alternativa política y social que rehúya la falsa alternativa del proteccionismo y sea capaz de lanzar una ofensiva para cambiar el actual marco de globalización sin reglas y sin instituciones democráticas que la gobiernen y que ha conllevado graves consecuencias económicas y sociales. Hay que levantar con fuerza una alternativa para establecer otro modelo de globalización con reglas consensuadas y adaptables a la diversidad de los países, instaurando acuerdos e instituciones de gobierno internacionales que potencien formas de cooperación internacional y de relación económica y financiera más transparentes y que ofrezcan garantías de protección, de trabajo y vida dignas, en el proceso de mundialización. Y esto también pasa por la construcción de potentes unidades políticas, sociales y económicas democráticas como podría ser una UE reformada capaz de imponer normas de conducta a los poderes de los mercados globalizados.

El movimiento sindical tiene que plantearse una estrategia de actuación dual, en los países desarrollados potenciando por un lado un sector industrial de alta productividad especialmente en nuevos sectores y con modelos muy relacionados con una economía sostenible, y a la vez demandar un incremento del trabajo en  los sectores públicos de la sanidad, educación, servicios sociales, etc. que precisan de un volumen importante en mano de obra intensiva puesto que su objetivo no se mide en productividad sino en una mejora del servicio que se ofrece.

En cuanto a los países emergentes o en vías de desarrollo se tiene que presionar tanto desde los propios países como sobre las empresas matrices multinacionales para lograr el establecimiento de normas laborales básicas que permitan incrementar los niveles de vida y la salida de la pobreza, a partir del respeto a los derechos laborales y sindicales y fomentando el establecimiento de sistemas de protección social que permitan un desarrollo social de la población en paralelo al desarrollo económico.

A pesar de lo que algunos piensan y desean el movimiento sindical global, internacionalista y solidario es hoy más necesario que nunca para la lucha por un trabajo digno para todos y para conseguir un desarrollo más justo y sostenible que es lo que el planeta precisa.