Las clases sociales en la crisis

a1La hegemonía ideológica dominante desde el triunfo de la revolución conservadora, con la caída del bloque soviético, ha provocado un cambio notable en la percepción social de las clases. Este cambio se ha agudizado todavía más con la profunda crisis económica provocada por la burbuja financiera.

Durante buena parte del siglo XX estaba muy clara la distinción entre las clases así como propio concepto de la lucha de clases. Pero los ideólogos conservadores fueron incorporando una serie de nuevos conceptos el objetivo último de los cuales era esconder la contradicción fundamental entre los explotados y los explotadores de la sociedad. Así fue ganando terreno la concepción de establecer las clases en función del nivel de renta, en lugar de la situación de cada uno en el proceso productivo. Así surgen gradualmente los conceptos de clase alta, media y baja. Y posteriormente su multiplicación en clase alta, clase mediana-alta, media-media, mediana-baja y clase baja.

Estas concepciones van paralelas al proceso de fomento de la individualización y la concepción de que cada uno está situado en función de sus capacidades y esfuerzos personales, y que es fácil subir al ascensor social en función del sistema de meritocracia existente.

Estos conceptos de individualismo van acompañados de la potenciación del consumo masivo, o consumo de masas, más allá de lo necesario. Hay que recordar en este sentido la posición de Berlinguer cuando reclamaba la necesidad de potenciar la austeridad, una austeridad que no tenía nada que ver con las políticas austericidas que del actual neoliberalismo gobernante. En efecto Berlinguer criticaba una sociedad de individualismo consumista desenfrenado que derrochaba recursos y defendía una sociedad diferente donde se valorara lo colectivo especialmente a partir de la potenciación de los servicios públicos.

Pero es evidente que la globalización sin reglas se aprovechó de la caída del comunismo real que produjo un efecto devastador en el conjunto de la izquierda, como si aquella experiencia negativa y frustrada tuviera que cuestionar todo planteamiento progresista y de izquierdas. Y condujo a una situación donde la alternativa neoliberal se presenta y se difunde por todos los canales como la única alternativa posible. Y ante ella se resigna la izquierda mayoritaria en la Europa Occidental, la socialdemócrata, mientras que prácticamente se anulan las voces minoritarias discordantes.

La alternativa dominante se basa en la idea básica de dar al capital las mayores facilidades y margen de actuación, reduciendo los niveles de seguridad y protección del empleo. La creación de empleo se subordina a la eficacia económica y se potencian nuevas formas más flexibles y precarias de contratación y de despido. Se sataniza y se critica el papel de las organizaciones sindicales a las cuales se las presenta falsamente como organizaciones corporativas que sólo defienden a los trabajadores privilegiados con ocupaciones fijas. La utopía neoliberal sería un mundo laboral totalmente mercantilizado de sujetos individuales y sin organizaciones sindicales.

A la vez trata de enfrentar a los trabajadores entre ellos, en lugar de la solidaridad se trata de fomentar un individualismo donde el trabajador vea el resto de su clase no como sus aliados sino sus competidores ante un mercado de trabajo limitado. Se trata de utilizar todos los medios posibles para dividir la clase trabajadora, aprovechando para ello los cambios producidos con la desindustrialización y el traslado de las industrias a países emergentes donde la producción es más barata. Los países occidentales desarrollados se terciarizan y se convierten en sociedades donde el sector servicios, con menor concentración de trabajadores en los centros, tiene cada vez más protagonismo.
Se trata de segmentar y enfrentar los diversos estratos en que se divide una clase trabajadora cada vez con situaciones laborales más plurales. A los trabajadores precarios o en paro se les señala como culpables a los trabajadores con ocupaciones fijas o a los funcionarios públicos con ocupaciones estables, a los que se presenta como privilegiados que son responsables de la precarización del resto. Se enfrenta a la clase trabajadora por la situación generacional o de género de sus miembros, así las mujeres son culpables del paro masculino al incorporarse al mercado de trabajo. Se trata de profundizar las divisiones en función del origen como si los trabajadores inmigrantes, a los cuales se presenta como responsables de la bajada de salarios, fueran responsables de la crisis y la falta de empleo. En definitiva se trata de enfrentar a los diversos sectores de la clase trabajadora entre sí a fin de que se olviden de los verdaderos responsables de la crisis: el capital que no sólo ha provocado la crisis sino que se ha beneficiado de ella. Se trata de provocar miedo entre la clase trabajadora a perder el status que tenía antes de la crisis y fomentarle el pánico hacia la posibilidad de descenso. Y tratan de hacer aparecer como culpables a aquellos que están todavía peor y a los cuales presentan como competidores.

Todo esto ha comportado que la actual realidad social se divida en tres categorías:

  1. Los que se benefician de la actual situación. Aquí están desde los más privilegiados, el 1% más rico. La cohorte de sus servidores, sus ejecutivos y sus servidores políticos, mediáticos, legitimadores sociales, las clases profesionales muy cualificadas, empresarios y miembros de las patronales y sectores de trabajadores de sectores punta con trabajos fijos y salarios muy remunerados entre otros.

    b) Los que están intimidados ante la actual situación, la mayor parte de la clase trabajadora con miedo a perder su puesto de trabajo y con sus salarios ya devaluados, los funcionarios de medio o bajo nivel, pensionistas, así como otros sectores en vías de proletarización como autónomos reales y falsos, pequeños empresarios y comerciantes, y profesionales, muchos de ellos jóvenes, etc. Todos ellos ven como se diluyen sus expectativas de futuro.

    c) Los excluidos, entre ellos muchos jóvenes en busca del primer trabajo, trabajadores adultos en paro y sin expectativas de conseguir trabajo, parados de larga duración, trabajadores pobres, gente con contratos precarios o a tiempo parcial, en definitiva aquellos a quien socialmente se da ya por perdidos y la recuperación laboral o profesional de los cuales es cada vez más difícil y muchos de los cuales carecen en muchos casos de las mínimas prestaciones sociales.

Esta situación es el caldo de cultivo para la creación de un ambiente de malestar, frustración, donde la gente no ve perspectivas de futuro o como mínimo una fuerte incertidumbre. Todo ello crea un resentimiento que muchas veces es la base de la canalización de las expectativas hacia movimientos de rechazo a la situación actual y hacia todo cambio que se percibe como negativo y hacia la defensa de un pasado nostálgico. En definitiva es el caldo de cultivo de los movimientos nacionalistas populistas y reaccionarios que hemos visto crecer en los países más avanzados del Europa occidental, no citaremos por obvia la situación en la Europa del este, y que ha sido la causa del Brexit o del triunfo de Trump.

Frente a esta situación el movimiento sindical y las izquierdas tienen que ser capaces de construir un discurso moral, no defensivo y basado en alternativas al sistema actual, en valores de progreso y superación de la situación actual, cuestionando los costes ambientales y sociales que están comportando un modelo que es claramente insostenible, y creando unos factores de esperanza y confianza en unos gobiernos y unas instituciones que se sitúen realmente junto a la mayoría de la población y no únicamente al servicio de los más poderosos.