Izquierda e independentismo: amores que matan

Votación en la asamblea 'Los Comunes'.
Votación en la asamblea 'Los Comunes'.

La democracia no es solo el respeto a la ley, pero sin ley no hay democracia, y actuar deliberadamente contra la ley es abrazar el delito y quebrar la convivencia.

En un artículo escrito en Nuevatribuna el 21 de septiembre de 2017 en pleno procés, sugería la siguiente pregunta: ¿Cómo se puede fundamentar el discurso de la igualdad y la solidaridad en el conflicto social a partir de un proyecto corporativo de ruptura? Era una anunciada interpelación a la izquierda que en España y más explícitamente en Catalunya valora y comprende la reflexión y acción del nacionalismo hasta límites poco edificantes para la salud del ideario progresista.

Ahora he querido tomar cierta distancia del resultado de las elecciones catalanas del 21 de diciembre para volver a terciar en un debate que amenaza con volver a las andadas. Por si no se me entiende: en ningún análisis de los resultados electorales de las izquierdas catalanas (socialistas y comunes) he observado, por débil que fuera, insinuación crítica alguna sobre las consecuencias de la terca sensibilidad de ambas izquierdas –sobre todo de los comunes- hacia buena parte de las demandas nacionalistas. ¿Por qué?

Como en los mejores tiempos de la vieja izquierda algunas voces de la nueva no han encontrado mejor excusa para explicar los pobres resultados electorales, que recurrir a la influencia del contexto, y no a la conducta, a mi juicio incoherente, irresponsable, incomprensible y deshonesta, de las izquierdas en su tierna relación con el independentismo. El 1 de octubre, el derecho a decidir, la extravagancia de “los presos políticos” a cuyas concentraciones acuden para pedir su libertad, el soberanismo, el cambio de nombre de la Plaza de la Constitución en Girona por el de 1-O, las concentraciones de adhesión y apoyo al legítimo Govern - incluso tras su destitución-, su complicidad con una televisión donde el pluralismo camina ausente, los convenios de país, la pasividad ante el desafío al Estado del Govern y el activismo desaforado contra la aplicación del 155 (se puede atacar al Estado, abrazar con insistencia el territorio del delito y pasarse por el forro las leyes, pero eso sí, el Estado debe llevar vida sedentaria y “dialogar”), la huida de la democracia de Puigdemont, viva los mossos, abajo la policía, las tropelías del régimen, el neofascismo de España…Podría seguir hasta el infinito, pero conviene saber que estas conductas, incompatibles con valores esenciales de la izquierda como la igualdad, la solidaridad, los derechos sociales y las políticas públicas se pagan en las urnas; y SÍ, estos actos (no ideas) de los dirigentes independentistas tienen, en un Estado de derecho, consecuencias penales, porque la democracia no es solo el cumplimiento de la ley, pero sin ley no hay democracia.

Resultados 21D, ¿vuelta a las andadas?

El independentismo ganó en escaños y perdió en votos. Cosas de la ley electoral española (más por la circunscripción provincial que por la ley en sí) a la que el nacionalismo catalán se adhiere con fervor. Y anda ahora negociando la investidura, no se sabe si en Samsung o en Sony, para que el único president elegible, honorable Puigdemont, reciba el apoyo del Parlament. No me detendré en las aparentes tensiones que protagoniza el independentismo, sobre todo a raíz de las conclusiones que varios dirigentes de ERC han sacado de los autos del Tribunal Supremo, y después de comprobar que entre la cárcel y las vacaciones en Bruselas existen diferencias. Prefiero seguir dirigiéndome a la izquierda, que es la que a uno le preocupa.

No oculto mi creciente escepticismo ante unos dirigentes que siguen demasiado seducidos por la historia fabulada del independentismo, a cuyo rebufo llevan mucho tiempo enganchados. Pero así no pueden seguir. Decidieron primero no plantar cara a un proceso de poso cultural y político excluyente y despótico, mediante la postiza equidistancia; siguieron improvisando un discurso de populismo soberanista haciendo trucos de escasa utilidad entre izquierda y nacionalismo; y han acabado impostando una singular tibieza que a buena parte del electorado progresista le ha parecido inasumible.

No hay solución fácil y menos en el actual escenario catalán. Sin embargo me atrevo a proponer no volver a las andadas. La izquierda, las izquierdas, deben ejercer de tales. No se puede invocar la agenda social en campaña electoral por las mismas caras que durante años la han ignorado. Si las leyes y declaraciones aprobadas (transitoriedad, referéndum, DUI, república) son ilegales, digámoslo sin tapujos. Si en la tradición cultural y/o ideológica de la izquierda no se contempla el derecho a decidir fuera del proceso de descolonización, también digámoslo claro. Y si el discurso de la igualdad y la solidaridad de las izquierdas es incompatible con un proyecto independentista, que así conste en acta. De lo contrario volveremos a la locura, como advirtió Einstein, de hacer la misma cosa una y otra vez, esperando obtener diferentes resultados.