Una organización puede desaparecer porque así lo decidan solemnemente sus afiliados en un Congreso. Otra cosa bien distinta es que un grupo de boy scouts lo disfrace y resuelva que así sea.

Una organización puede desaparecer porque así lo decidan solemnemente  sus afiliadas/os en un Congreso. Otra cosa bien distinta es que un grupo de boy scouts lo disfrace y resuelva que así sea

Hace tiempo que nadie sabe nada de Izquierda Unida. Su presencia en la vida pública, en el debate social y la acción institucional, es historia. De vez en cuando, su virtual coordinador habla en televisión, con la misma pasión que la megafonía de una estación de tren. También en alguna pancarta de un comando en la Puerta del Sol ha aparecido IU defendiendo a Maduro. Pero nada más.

Recientemente, quizás agobiados por el fin de sus actividades, una asamblea política de IU, a la sazón órgano de dirección federal, ha querido marcar la agenda del momento -prácticamente su reunión fue intrascendente- y con singular impostura, parafrasear a Celaya y “mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo”. Pero no, lo nuevo es viejo, y lo viejo no es, precisamente, la parte más digna, trascendente y memorable de la lucha vivida.

Izquierda Unida empieza a ser una nota a pie de página. Un trozo de la historia de un proyecto unitario que un PCE, muy distinto a este, lanzó a la sociedad a mediados de los ochenta, para avanzar en la convergencia social y política de las izquierdas. Un proyecto programático, una declaración política y una organización a modo de fundación de partidos y movimientos sociales, y más tarde de coalición -pronto con estructura reforzada-, que durante más de 30 años representó lo mejor de las luchas por una sociedad más justa y democrática.

¿Qué ha pasado?

Con frecuencia, una especie de voz en off nos recuerda que el mundo en que vivimos no es compatible con la izquierda de la que venimos. Se hacen eco de tan científico aserto medios de comunicación, tribunas y redes de la más variada modernidad. Y poco a poco, el lema se convierte en campaña, la campaña en indignación y la indignación en partido. Sobra la reflexión cultural y política. Ha bastado la crisis económica e institucional, una sugerente devoción por el cambio, fundamentalmente corporativo y de imagen, y un nuevo tiempo mediático de agitación y propaganda, para abrir las puertas a la nueva política. A izquierda y derecha irrumpen formaciones con rostros de pasarela, lenguaje de temporada y programas sin ideas, pero con publicidad. Hablan en televisión, arremeten contra la transición y el régimen, denigran a los “viejos partidos” y descubren, unos a Ernesto Laclau, al que acuden para proclamar que el populismo garantiza la democracia, y otros a Francis Fukujama, para anunciar el fin de las ideologías. Conclusiones no muy lejanas.

A la causa, se suma con entusiasmo Alberto Garzón, que no duda en arrimarse para la aventura al núcleo dirigente del actual PCE -una caricatura de la historia del partido-, cuya complicidad logra de inmediato. Se cumple de nuevo una regla no escrita, pero inalterable: las conductas más sectarias saludan una cosa y su contraria con la misma naturalidad que un “buenos días”. Izquierda Unida ya no es la apuesta estratégica del PCE; es un sujeto social más.

Claro, no es solo esto. Las izquierdas, sus ideas, sus partidos, sus dirigentes y su acción en la calle y en las instituciones, ha dejado mucho que desear. Se oxidó buena parte del proyecto de país que teníamos. La herramienta no cambió (básicamente), pero la sociedad sí. Nos dirigíamos a la sociedad con estructuras, propuestas y maneras obsoletas. Ciertamente, la renovación y los cambios eran y son inaplazables. Lo que me resisto a aceptar es que esta demanda para repensar la izquierda, derive en simulada refundación, o lo que es peor, en su negación. Es habitual que el good bye IU venga precedido de retórica de confirmación, como sucede con el cese de los entrenadores de fútbol. Esto es lo que ha hecho el grupo dirigente de IU.

El conflicto capital-trabajo, el conflicto social, el combate por una justa redistribución de la riqueza, las políticas públicas, el estado de bienestar, la fiscalidad equitativa, la lucha por la igualdad, la Europa social y democrática, la globalización de los derechos, no son reivindicaciones desfasadas, sin ideología o necesitadas de populismo. Son reivindicaciones reales a las que no pueden ofrecerse soluciones falsas o banales. Por eso, la izquierda, ahora desubicada y despistada, existe, aunque ya no exista Izquierda Unida.