Hay baronías que ya negocian, con la aquiescencia de la gestora, el encaje del PSC en el contexto orgánico del Partido Socialista

Como afirma el personaje de Borges, el ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imaginarse un porvenir que sea irrevocable como el pasado. Y eso es lo que está ocurriendo en el PSOE. Hay baronías que ya negocian, con la aquiescencia de la gestora, el encaje del PSC en el contexto orgánico del Partido Socialista mediante conversaciones con su primer secretario o se componen agendas internacionales impropias de su papel institucional de presidentes autonómicos. Es como si después del coup de force del 1 de octubre el ejecutor imaginara que ya está investido con el poder que han de otorgarle los órganos de representación interna correspondientes. Con lo cual vienen a consagrarse dos teorías perversas de la política más pedestre: quien crea los problemas es quien mejor puede solucionarlos y nadie mejor para unir a la organización que quien previamente la ha desunido.

Es el resultado de esa estratagema farisaica de que vence siempre quien es capaz de acercarse más al abismo dejando el vértigo para las víctimas. Buscar el encaje orgánico del PSC después de reprocharle reiteradamente, incluso con la amenaza de crear un PSOE en Cataluña,  su vertiente identitaria de obrerismo nacionalista, que tantos éxitos ha dado al socialismo, es de una beatería política que está contenida en la nueva versión de la devotio ibérica en la cual se limitan los caminos ideológicos del partido para dejar que lo gobierne el mesianismo tribal y sus correspondientes redes clientelares. Los episodios recientes vividos por la organización han supuesto una inflexión inquietante en los modos estratégicos y de acción encaminados paradójicamente a desvertebrar los espacios de las ideas y los modelos políticos y sociales propios, así como las nuevas formas de participación democrática y de relacionarse con la sociedad, a cambio de ámbitos oligárquicos que ya no se compadecen con la realidad social ni política.

Si la lucha endógena por el poder está exenta de sesgos ideológicos, está carente del debate de ideas y es ajena a la construcción de modelos alternativos políticos, económicos y sociales, los liderazgos pueden sustentarse en el cabildeo, el ardid y el maquiavelismo de aldea. Lo cual ha conducido a una errática ubicación del PSOE en el contexto político cuyas consecuencias son un antisocial gobierno de la derecha cuya continuidad ha facilitado el Partido Socialista, la incapacidad de gestionar soluciones alternativas a la intransigencia conservadora en el caso de las tensiones soberanistas, la resignada actitud de ser una alternancia ya imposible y la demonización de cualquier intento de constituirse en una auténtica alternativa de izquierdas, la antitética vocación de convertirse en un matiz de las políticas de la derecha, el repudio hacia las fuerzas políticas y sociales que deberían ser sus aliados naturales y, como consecuencia, un esquizoide tránsito por la vida pública sin fines trascendentes ni sujeto histórico definido.