El clientelismo de los partidos produce la cómoda mediocridad de que los liderazgos dependan de los cuadros y los cuadros de los liderazgos en un endogámico darwinismo al revés

“A este lo quiero muerto hoy.” Esta frase imperativa pudo Shakespeare  ponerla en boca de Plantagenet en la obra “Ricardo III” o dicha por Marco Junio Bruto en “Julio César”, pero no, en realidad fue  expectorada  por Susana Díaz durante el fatídico comité federal del PSOE del 1 de octubre, refiriéndose a Pedro Sánchez, por lo cual es obligado colegir que los muertos que la presidenta de la Junta de Andalucía mata políticamente gozan de buena salud. En realidad es como si Díaz padeciera el complejo de Amenábar, es decir, pensar que los difuntos son siempre los otros. Es la consecuencia de la parte menos cauterizada de una cultura de partido donde el poder como mando adquiere un sesgo unidimensional que todo lo rebosa sin otro fin que su grosero usufructo. Poder que se prorratea en conciliábulos y círculos cerrados que controlan la organización de forma oligárquica no dando más opción a las bases que la imposición del refrendo. Un modelo que ha prescindido de la inteligentzia, demasiado incómoda para la lucha palaciega por el poder en una organización concebida para controlar a las bases y no para su participación activa.

Son los efectos residuales de un concepto de organización nacido en Suresnes, congreso que para el PSOE supuso sumergirse como organización  ad hoc al régimen de la Transición y las inercias generadas por el paradigma en que se sustenta la arquitectura política, o impolítica en expresión de Marco Revelli, del espacio institucional donde la ideología cede y se diluye ante el tactismo a corto plazo y la ficción de una almoneda de poder. Se procuró una democracia débil que preservara los intereses económicos y estamentales latentes en una remozada oligarquía caciquil, vertebrándose un sistema mediante la desconfianza al escrutinio de la sociedad y contra el pensamiento a cambio del derecho positivo y la escolástica. Ello demandaba un concepto también oligárquico de las instituciones y los partidos para evitar la penetración del pensamiento crítico e ideológico y mantener el sistema a través de un pragmatismo adaptativo al régimen de poder.

El clientelismo de los partidos produce la cómoda mediocridad de que los liderazgos dependan de los cuadros y los cuadros de los liderazgos en un endogámico darwinismo al revés. Es por ello que las cúpulas de los partidos actúan sobre una teoría de la sociedad no en la sociedad y los políticos individualmente adquieran un estatus social que en muchas ocasiones no se compadece ni con su talento ni los intereses que ideológicamente deberían defender, un estatus que por la organización interna de los partidos y el sistema electoral depende de las directivas partidarias y no de la ciudadanía.

En el caso del PSOE, su integración absoluta al sistema mediante el sesgo tecnocrático y la obsesión por desistir de constituirse en proyecto político alternativo en lugar de acrítico proceso de adaptación a una realidad ajena que estima inexorable y, por tanto, inmune al cambio, le lleva a pasar de ser un impulso transformador a una inhibición que acaba definiéndola. Para el filósofo checo Jan Patocka, somos nosotros los únicos que tenemos la posibilidad de relacionar las cosas con su propio sentido. Y no es ciertamente el momento de los gestores, tecnócratas y burócratas, que en lugar de dar sentido a las ideas de progreso se afanan en gestionar con eficacia un mundo que niega la idea de sociedad que la izquierda propugna.

Todo ello fue derrotado en las primarias del PSOE por la voluntad democrática de las bases que espontáneamente han demandado el rescate urgente de la identidad ideológica del socialismo español y para este fin reconstruir un partido abierto, participativo y enfocado al objetivo de la transformación social y la regeneración política en alianza con las mayorías sociales, las fuerzas del trabajo y de la cultura. Una refundación del socialismo que sirva también de referencia a la socialdemocracia europea.