Para los que siguen ensimismados en viejas posiciones hay que recordarles, que “su arroyo está seco” y que deben ir a tierras más fértiles, donde las inquietudes de nuestra época se manifiestan

Observamos a nuestros gobernantes ensimismados en sus posiciones, sus ideas, sus trucos, sus discursos, sus posverdades y sus relatos. Sin embargo, no encuentro juicios críticos al tomar decisiones, salidas alternativas a los problemas que vive la ciudadanía y muy poca intervención en los criterios para mejorar el bienestar social, y una ausencia generalizada en los criterios para ser innovadores en la economía. Hace 500 años que Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg para la reforma de un sistema que se había bloqueado. La reacción fue la ruptura, no hubo clima para dialogar. Dicha ruptura supuso una división muy radical, de la que tenemos que sacar las experiencias oportunas. Ahora, la sociedad espera que surja de las entrañas del pueblo ese impulso renovador que con nuevas tesis aborde su futuro.

Sin embargo, hoy las críticas no se perciben en un espacio de encuentro, sino que se presentan más como si los bárbaros estuviesen de nuevo a las puertas de su Roma particular. No observo que desde dentro del pensamiento conservador se lancen a la ciudadanía mensajes positivos que asuman una reflexión de buscar salidas con más dialogo, sino que se oyen los lamentos de los decepcionados y destituidos, que, sentados en su campo, fijan su mirada en el arroyo, sin observar que está seco.

Olvidamos que cada generación necesita su propia reforma, Jefferson nos lo explicó muy claro “en cada periodo se necesita revisar los pilares de nuestra convivencia, porque la dinámica social cambia los comportamientos y las formas”. Vamos con retraso y de ahí que cada día tengamos más problemas.

Si tomamos como ejemplo el debate abierto sobre “las pensiones” observo que no se explica lo suficiente y con imparcialidad que se ha vaciado la famosa “caja” por la precariedad laboral y la política impulsada de devaluación salarial. Porque vivimos la consolidación de altos crecimientos en la economía sin verse reflejada en gasto social. Estamos permitiendo que el beneficio se acumule, en una perversa concentración que no se reinvierte lo suficiente en nuevos proyectos y la innovación no está arraigando en la sociedad ni en el inversor. Y en este escenario, nos encontramos con un ejecutivo que se encuentra petrificado y no toma decisiones alternativas como podría ser gravar los salarios superiores a los 3.751€ mensuales para cotizar sin límites de bloqueo. Y, por último, se fomenta desde ese conservadurismo el rechazo visceral a incrementar la aportación del Estado para equilibrar la estructura financiera y la sostenibilidad del ecosistema de pensiones que ha generado durante un siglo, y que ha demostrado su malla resistente en momento de crisis.

Para pensar se debe partir de un análisis acertado con medidas que se dirijan a la raíz del problema. De ese diagnóstico depende la salud del paciente, al que no controlamos una de sus enfermedades más destructivas: el fraude. No lo sancionamos ni social, ni fiscal, ni penalmente. La mayoría salen muy bien parados y se soporta el riesgo porque casi siempre la sanción, si es que llega, es más rentable que liquidar lo correcto a Hacienda. Y cuando los pillan, ofrecen un pacto, pagas y salen victoriosos y como más listos del trance. Un auténtico desastre socialmente considerado.

Para los que siguen ensimismados en viejas posiciones hay que recordarles, que “su arroyo está seco” y que deben ir a tierras más fértiles, donde las inquietudes de nuestra época se manifiestan en su progreso material, en la estabilidad en el trabajo, eliminación de desigualdades y la sostenibilidad ambiental, que son las claves para dar una lectura adecuada de la situación económica. Hoy los relatos de los que nos gobiernan desde sus razones no nos convencen, y para los que tengan dudas les recomiendo que lean el último informe que el Staff del FMI ha realizado sobre desigualdad intergeneracional en Europa. Sus recomendaciones, son muy interesantes para aplicarse en la política económica, porque nos revela el mayor impacto de la imposición directa en la reducción de la desigualdad, y apuesta por las reformas laborales que estabilicen el trabajo y mejoren el acceso a las prestaciones por desempleo. (http://www.inf.org/n/publications/staff-Discussion-Notes/2018/01/23).

Como conclusión, quisiéramos dar un mensaje a los “ensimismados”, el dinero no está mejor en el bolsillo de cada ciudadano, porque es reconocer que el gestor público lo malgasta, y ese mensaje es un veneno retardado. El dinero debe ser repartido equitativamente para cubrir las necesidades públicas y las privadas. Esa visión raquítica de lo público descalifica a quien lo divulga, porque da por sentado un Estado depredador y una Administración poco de fiar. La ética aplicada a los tributos es como dice Macron su moral pública. Porque el impuesto tiene un significado cultural, que debemos cambiarlo por deber (duty) que significa más la conciencia de cumplir, porque es un elemento cultural que conforma el ser de una sociedad, así lo interpretan la cultura alemana nombrándolo como “apoyo” (stener), o la escandinava que habla de “lo común” (skat), expresiones muy alejadas de impuestos o tributos, que se aproximan más a una relación coercitiva. Como se puede comprobar que no significa lo mismo en unas sociedades y en otras, su conciencia de lo público también se distancia.

Es momento de manifestar con rotundidad que quien tenga temor al cambio debe dar un paso al lado, nunca impedir que avancen otros.  Y por favor, no disfracemos la vida real, cada cual debe definirse a quien sirve. ¡Es por coherencia!