Juan José Carreras y las batallas de la memoria

“Sólo hay conocimiento histórico cuando el pasado es entendido en su continuidad con el presente”.

HANS-GEORG GADAMER

 

Fallecido en el año 2006, el historiador español Juan José Carreras, maestro de historiadores, es uno de los principales referentes a la hora de pensar la Historia, de saber qué es ese oficio, de conocer cuáles son las utilidades de esa disciplina de la que fue catedrático universitario. En 2016, póstumamente, se reeditaron, ampliadas, sus Seis lecciones de Historia bajo el título Lecciones sobre Historia, donde llevó a cabo, entre otros de fino y perspicaz estilo profesoral, un análisis especialmente brillante de lo que se ha dado en llamar memoria histórica, especialmente en uno de los epígrafes de dicha obra, titulado “¿Por qué hablamos de memoria cuando queremos decir Historia?”

leccionesCarreras“Una de las funciones del saber histórico consiste en contribuir a disipar las ilusiones y remediar los olvidos que fomentan los usos que de la Historia hacen encada momento el poder o las clases socialmente hegemónicas. [Hemos] despojado al pasado de toda coherencia global, [lo cual ha dado lugar a] las batallas de la memoria, [a una] defensa de las construcciones memoriales de lo vivido por individuos o grupos refugiados en su identidad o en el recuerdo de sus padecimientos […]. El personaje de la Historia parece ser ahora las memorias actantes”.

Disipar las ilusiones y remediar los olvidos. Nada más… Y nada menos. Pero, además, los historiadores hemos de enfrentarnos al sucedáneo de Historia que ha surgido para contrarrestar al falseamiento del pasado que llevan a cabo los poderosos. A la justificación de la realidad (en lugar de la explicación), le ha venido a intentar sustituir el trauma y su presentismo permanente.

El pensador francés Pascal Bruckner denunció en 1996 que existen pueblos, grupos de gente, que pervierten el recuerdo y hacen de la memoria un instrumento que no se dedica a rememorar los muertos del pasado sino a ponerse al servicio de periódicos ajustes de cuentas con los vivos del presente.

Para Carreras, “la proliferación abusiva de la palabra memoria está siendo usada cada vez más en perjuicio de la palabra Historia”. Vivimos en el mundo de las batallas por la memoria.

Personalmente, como historiador, y como ciudadano, creo que es una auténtica perversión que la palabra memoria posea “una dimensión ética, prácticamente mágica” —a decir del historiador francés Henry Rousso, nacido en 1954—, que supere en eficiencia a la palabra Historia.

Nos dice Carreras que “todos sabemos que este pontificado de la memoria es reciente; por eso, para empezar, no está de más, nunca mejor dicho, hacer un ejercicio de memoria”: la Historia comenzó siendo, sí, “recuerdo conservado en la memoria”, peor a lo largo del tiempo llegó a ser reflexiva y crítica de las fuentes y su transmisión. El objeto de la Historia es desde el siglo XIX no ya la memoria, sino el conocimiento, “comprender investigando”.

Y, en 1923, el intelectual francés Maurice Halbwachs, que moriría en el campo de concentración nazi de Buchenwald veintidós años más tarde, funda la sociología de la memoria, que distingue definitivamente entre la memoria colectiva, que sirve para afirmar identidades singulares y por tanto limitadas, y la imparcialidad y objetividad científica de la Historia. Para Halbwachs:

 

“La Historia comienza donde termina la tradición, cuando se descompone la memoria”.

 

Recuperar a Halbwachs ha sido para Carreras fundamental a la hora de lograr salir “de la palingénesis memorial que acompañó a la llamada posmodernidad”, para salir de la eterna recurrencia a la memoria. Porque lo que la Historia hace, en realidad, no es ser parte de la memoria, sino ocuparse de su estudio.

Hasta Primo Levi dejó dicho que “las desviaciones de la memoria [son] un instrumento maravilloso pero falaz”. Y añadió:

 

“Para un verdadero conocimiento de los campos de exterminio, los mismos campos de exterminio no eran un buen observatorio”.

 

La Historia es un proceso cognitivo y, como tal, le son ajenos asuntos como los que apunta Carreras: “cuánto debemos recordar colmo deber y cuánto podemos olvidar como derecho”.

No obstante, la Historia corre un riesgo: igualar las memorias. En efecto, cuando se igualan las memorias, cuando se parangonan sin aparato crítico, puede ocurrir que se deduzca de ese ejercicio nivelador que “en Stalingrado todos pasaron frío”. Y recurrir a frases como esa es la derrota del oficio de historiador.