Ganadores y perdedores de elecciones en el PSOE

El análisis detallado y riguroso de los datos indica que la realidad de los apoyos electorales y las causas de sus descensos es mucho más compleja de lo que algunos intentan hacernos creer, y que las oscilaciones en los apoyos obedecen a muchas razones, generalmente comunes a todos los territorios

Casi todos los partidos políticos tienen sus baluartes y sus flaquezas y puntos débiles electorales. El caso del PP en Galicia es meridiano, desde los tiempos de hegemonía de Fraga Iribarne, basado en tramas clientelares bastante asentadas territorialmente.

En el PSOE la fortaleza andaluza también viene de lejos, prácticamente desde los tiempos de la Segunda República, e incluso antes. Lo cual se ha sustentado históricamente en la propia naturaleza de la estructura social de Andalucía y en los graves problemas carenciales existentes en amplias zonas del Sur español. Por eso, cuando en España se pudo volver a votar –después del largo período de la dictadura franquista− el mapa electoral del socialismo fue similar al del período de la legalidad republicana, con bastiones muy destacados en Jaén y en otros lugares. Algo que analicé con detalle en mi libro Sociología del socialismo español (Taurus, 1983).

En pleno ciclo de la Transición Democrática, el papel desempeñado por el grupo sevillano, con Felipe González y Alfonso Guerra a la cabeza –y su prestigio−, consolidó tal preponderancia del voto socialista en Andalucía. Lo cual fue motivo de orgullo no solo para los andaluces, sino para todos los socialistas.

Eran tiempos aquellos en los que nadie echaba en cara a los demás los votos que se lograban o no se lograban en cada territorio, sino que todos se esforzaban por aportar al común lo que podían, y a nadie se le hacía de menos o se le criticaba por lo que no podía. De la misma manera que en una familia bien avenida nadie se arroga privilegios o ventajas por lo que aporta al común, de modo que los padres, por ejemplo, no piden que les den buenos filetes de ternera y exquisiteces variadas por aportar su sueldo, mientras que a los demás miembros de la familia se les exige que se conformen con mendrugos de pan y patatas huérfanas cocidas.

La situación es tan absurda e impropia que casi da vergüenza poner ejemplos de ella, pero lo cierto es que la forma en la que han sido planteados algunos debates recientes sobre “los socialistas que ganan elecciones” y los “socialistas que pierden elecciones”, y las distintas funciones de liderazgo que corresponden a unos y otros, resulta tan disparatada como impropia de una organización fraternal, como se supone que debiera entender cualquiera que pertenezca a un partido socialista y tenga una mínima idea sobre qué es y supone el socialismo.

Pero, amén de impropios, los argumentos que se han oído recientemente en este sentido se basan en una falacia analítica. De hecho, la variabilidad del voto del PSOE en el conjunto de España está explicada históricamente (en el período 1977-2016) en un 88,4% por la variabilidad del voto del PSOE en Andalucía, de acuerdo con un modelo de regresión lineal simple (vid. gráfico 1).

Lo cual nos permitiría saber, por ejemplo, los votos que finalmente va a obtener el PSOE en el conjunto de España, con solo conocer (previamente) los votos que obtiene este partido en Andalucía.

Por eso, cuando descienden los votos que el PSOE obtiene en Andalucía, es prácticamente inevitable que el PSOE también descienda en España. Y al revés.

GRÁFICO 1 | RELACIÓN ENTRE EL VOTO DEL PSOE A NIVEL NACIONAL Y EL VOTO DEL PSOE EN ANDALUCÍA

cudro PSOE

Por ejemplo, el PSOE tuvo un 48,1% de los votos en 1982, entre otras razones porque en dicho momento en Andalucía se logró concitar nada menos que el apoyo de un 60,5%. De igual manera, una vez iniciado un período de cierto desgaste, en 1989 y 1993, por ejemplo, el PSOE pudo mantenerse en torno al 39% de los apoyos a nivel nacional porque en Andalucía se mantenía en torno al 51/52%. Lo cual suponía un 22% del total de los votos socialistas.

Sin embargo, en 2015 el voto general del PSOE descendió a un 22%, ascendiendo ligeramente al 22,7% en 2016, según los datos definitivos. Es decir, en realidad el PSOE en 2016 no descendió en porcentaje de votos –según se nos ha hecho creer−, sino que repuntó ligeramente en votos, aunque no en escaños.

Pero, el problema real es que en los dos últimos comicios el PSOE retrocedió en Andalucía a un 31,5% y un 31,2% respectivamente.

Más reseñables son aún determinados descensos en circunscripciones concretas como Sevilla, donde el PSOE obtenía antes resultados especialmente destacables cuando la lista era encabezada por Alfonso Guerra (un 58,3% en 2004, un 58,1% en 2008 y aún un 41,7% en 2011, trece puntos por encima del promedio). En cambio, en los dos últimos comicios en dicha circunscripción el PSOE se ha quedado en unos más modestos porcentajes del 33,9% y del 33,7%.

En definitiva, el análisis detallado y riguroso de los datos indica que la realidad de los apoyos electorales y las causas de sus descensos, es mucho más compleja de lo que algunos intentan hacernos creer, y que las oscilaciones en los apoyos obedecen a muchas razones, generalmente comunes a todos los territorios. Por lo que obsesionarse en intentar echar la culpa de los fracasos a unos u otros territorios y líderes, no solo es un comportamiento impropio de quienes pertenecen a una organización solidaria y fraternal, como es –o debe ser− un partido socialista, sino que es un empeño falaz y baldío, porque dicha apreciación no se encuentra asentada en los datos concretos. Como se demuestra en el hecho de que todos los líderes del PSOE que gobiernan en alguna Comunidad Autónoma lo hacen –hasta ahora, al menos− en virtud de alianzas y apoyos con/de otros partidos. En Andalucía, de Ciudadanos, y en otros lugares, de Podemos. Por eso, los españoles y buena parte de los votantes del PSOE –de los que votaban antes y de los que todavía votan− están asistiendo perplejos a debates y pronunciamientos que, como decían los clásicos, no tienen “ni pies, ni cabeza”.