“Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo”.


Resulta muy difícil regenerar la democracia cuando, por la ambición del poder, víctima y verdugo, explotador y explotado, llegar a ser la misma persona 

Es el comienzo del primer capítulo (La detención) de “El proceso” de Kafka. Así se siente gran parte de los ciudadanos, condenados a un futuro social, económico y político incierto, culpabilizados sin saber por qué, debida a la incapacidad de unos políticos que sólo se ocupan de solucionar sus problemas y garantizar su seguridad, sin ocuparse y preocuparse de los problemas de los ciudadanos.

El “tragicómico personaje de Carles Puigdemont, carente de idoneidad y su pretendida y esquizofrénica presidencia simbólica desde Bruselas”; “la discutible valía y desmedida ambición del ministro de Economía, Luis de Guindos, por ocupar la vicepresidencia del Banco Central Europeo (BCE), -trabajándose día sí y otro también- el puesto entre sus compañeros del Eurogrupo, el “señor Lehman Brothers”, banco que con su quiebra provocó una crisis económica internacional y que, con su desastrosa gestión en la crisis bancaria, nos abocó a un rescate, que supuso unos fuertes recortes en sanidad, educación y asuntos sociales”; o “el sorprendente nombramiento de María Elósegui, la juez de posiciones abiertamente homófobas y discriminatorias en materia de igualdad, como representante española para la defensa de los Derechos Humanos en Estrasburgo, que como afirmaba hace días la prensa, una persona que piensa como esta jueza no puede impartir justicia de forma ecuánime y ser garante de los derechos humanos”. Estos recientes ejemplos son una muestra paradigmática de nuestra decadente política. ¿Cómo es posible que se consideren los imprescindibles, los mejores, los indiscutibles, cuando millones de ciudadanos dudamos de su valía profesional y política?;¿qué es lo que quieren?, ¿que además les alabemos o nos callemos? No es de extrañar, pues, que cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen les pierdan el respeto.

Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas patológicas: físicas, económicas, políticas, sociales, religiosas… En España, desde hace años, sus patologías son fundamentalmente políticas, con consecuencias graves en todos los restantes campos: es el síndrome del desgaste democrático: es como un infarto ocasionado por la negatividad, soberbia y banalidad con las que se manejan los políticos que nosotros hemos elegido, ignorantes de cómo son en realidad aquellos a los que votamos, desconocedores de sus cualidades y valores éticos, encerrados en nuestro desconocimiento e influidos por prejuicios perversos, en un paradigma de ceguera informativa manipulada o manipulable. En un sistema dominado por el pensamiento único solo se puede hablar de las defensas del ciudadano en sentido figurado. Lo idéntico no conduce más que a la formación de ciudadanos clónicos. Tampoco deja de tener riesgo la excesiva información y los plurales medios para conseguirla, cuando en el ciudadano no existe una mente críticamente formada para un sincero análisis y la consiguiente certera selección; la super información que hoy tenemos con tantos medios amenaza todas las defensas humanas contra el error y la mentira, o contra esa otra más sutil y contemporánea llamada “violencia suave” como es la manipulación; opera -en frase de Baudrillard en su obra “Perspectivas sobre comunicación y sociedad”- como las ratas, en la clandestinidad. Es como ese fantasma que se infiltra por todas partes, igual que un virus, y que penetra por todos los intersticios del poder (o de los poderes) y que se despliega precisamente en una sociedad permisiva y pasiva, como la nuestra.

Desconocer cuál puede ser el futuro de Cataluña, no saber qué papel juega en el encaje de España, es sintomático de la mala salud que padece nuestra política y nuestros políticos. Este es nuestro drama: sentirnos, como Kafka en “el proceso”, como culpabilizados o “detenidos una mañana sin haber hecho nada malo”. Y lo peor es que quien nos gobierna, Rajoy y sus ministros, no tienen ni han tenido una idea de país, y encima no les preocupa. En estos momentos, utilizando las metáforas de Galeano, el mundo al revés está a la vista. Así lo explica con inteligente ironía:

  • “Donde los hindúes ven una vaca sagrada, otros ven una gran hamburguesa.
  • Desde el punto de vista de Hipócrates, Galeno, Maimónides y Paracelso, existía una enfermedad llamada indigestión, pero no existía una enfermedad llamada hambre.
  • Desde el punto de vista de sus vecinos del pueblo de Cardona, el Toto Zaugg, que andaba con la misma ropa en verano y en invierno, era un hombre admirable: El Toto nunca tiene frío -decían. Pero el Toto no decía nada. Frío tenía: lo que no tenía era un abrigo”.

También democráticamente vivimos “patas arriba”, en un mundo al revés, pues en un país democrático, los votantes saben que son quienes gobiernan los que tienen que responderles a ellos y no la viceversa, como sucede en España en estos tiempos decadentes. (Ver la entrevista de Carlos Alsina a Rajoy en Onda Cero el 28 de enero).

¿Existe acaso alternativa fiable? Aunque no lo digan las encuestas del CIS - aunque lo insinúan de alguna manera-, los partidos políticos o gran parte de ellos en diverso grado, infectados por una excesiva ambición de poder, atrapados en la mentira y la corrupción, son conscientes y sabedores de lo fácil que les resulta sustraerse de cualquier técnica inmunológica de la mayoría de los ciudadanos, destinada a repeler la negatividad de sus conductas. Razón tenía el pensador alemán Pierre Villaume, al afirmar que “la esperanza de la impunidad es para muchos hombres una invitación al delito”.

Nos hemos acostumbrado a esos discursos justificativos para explicar modelos de conducta nada éticos que confunden a los ciudadanos con discursos repletos de promesas incoherentes o incumpibles, palabras vacías pero carentes de verdad. Esta reflexión, tan evidente, como advertencia protectora ante un peligro, es una señal de nuestro hundimiento democrático. Decía Rabindranath Tagore que es muy fácil hablar claro cuando no se va a decir toda la verdad. Desde hace algunos años, se está produciendo en España de manera inadvertida un cambio de paradigma político por el que tanto lucharon muchos ciudadanos en la transición. Vemos cómo establecen y aprueban leyes y normas para los ciudadanos y excepciones para ellos; sólo consideran ciudadanos de buen sentido (“de sentido común”, en frase de Rajoy) a los que participan de sus opiniones y piensan que las “cosas van bien” sólo cuando creen que la economía mejora aunque su reparto sea cada vez más desigual: los ricos más ricos y los pobre más pobres; en expresión de Oxfam Intermón: “lo tienen todo pero quieren más”. Decía Aranguren que los valores morales se pierden sepultados por los económicos cuando gobiernan los demagogos; y sabemos que el triunfo del demagogo es pasajero, pero las ruinas de su acción son permanentes.

En sociología, existe formas plurales de definir la sociedad. ¿Cómo definir la nuestra, nuestra sociedad española actual? Muchos creíamos que con la llegada de “la nueva política”, habría un notable proceso de regeneración o cambio; una primavera de diversidad; en cambio, con una terminología de composición musical, diríamos que a lo más que hemos llegado son a “variaciones sobre el mismo tema”. Podamos distinguir, al menos, dos tipos de sociedad: una sociedad “disciplinaria”, en términos de Foucault, que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, y otra, en este siglo, muy diferente (aunque ambas conviven): una sociedad “de rendimientos”, de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales. Nuestra sociedad hoy, sin dejar de ser en parte disciplinaria es más una sociedad de rendimiento. Mientras a los habitantes de la primera se les llama “sujetos de obediencia”, a los segundos, “sujetos de rendimiento”, o emprendedores de sí mismos, pero excesivamente egocéntricos e insolidarios. Ambos conviven. Si a los primeros el verbo modal negativo que les caracteriza es el “no-poder”, a los segundos les caracteriza el verbo modal positivo “poder”, ese plural colectivo “Yes, we can”.

Muchos llegamos a creer que con Ciudadanos y Podemos se alumbraba una nueva política, pero viendo cómo actúan, no pocos ciudadanos, decepcionados, se han atrevido a recordar ese clásico refrán español: “los mismos perros con distintos collares”. Recomiendo la lectura clarificadora del reciente artículo de Manel García Biel, en Nueva Tribuna: Crisis en la “nueva política”; sostiene que “No hay duda a estas alturas que la llamada “nueva política” sufre una situación de crisis. Los resultados de las elecciones catalanas y todos los sondeos así lo indican… La realidad política es algo más que proyectos mediáticos o de laboratorios de investigación política. Requiere tener solidez ideológica, estrategia política a corto, medio y largo plazo, y una organización arraigada en el espacio que se quiere representar… La “nueva política” lo quería cambiar todo y rápido, a partir de mensajes genéricos y amplios, gran capacidad de difusión, y una oleada rápida de ilusión política atractiva en aquel momento para una gran cantidad de gente frustrada o desilusionada que tenía necesidad de creer. No es posible mantener un proyecto mucho tiempo basándose en golpes de genio mediático o en propuestas genéricas e ideales si estas no se concretan”. Con “la nueva política” y “los nuevos políticos” acontece lo que decía Bertolt Brecht: “Las crisis decadentes se producen cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”. De ahí nuestro tiempo de decadencia.

Conocemos el mito de Prometeo, el titán que amó a la humanidad. Muchas son las lecturas que se han hecho de su historia. Una, trágica, adjudicada a Esquilo: “Prometeo encadenado”. Fue el primer Robin Hood, robando a los dioses el fuego sagrado. Frente a la tiranía de los dioses, decide socializar, democratizar las herramientas para sacar a “los mortales” de su condición de inferioridad: les devela los secretos del conocimiento. Socializar este conocimiento enfureció a Zeus, quien ordenó que Prometeo fuera encadenado en un peñasco inhóspito donde voraces águilas devoraran su hígado, regenerado por las noches, volviendo las águilas a someterle a ese tormento eterno. Los dioses le castigaron por hacer que esos seres efímeros (los hombres) dejaran de pensar en la muerte antes de tiempo, albergando en ellos esperanza. Les había regalado el fuego: origen del conocimiento. En la interpretación de este mito o leyenda, Kafka nos dice que esta generosidad de Prometeo paso al olvido con el correr de los siglos. Los dioses lo olvidaron, las águilas lo olvidaron, él mismo se olvidó de sí, la herida se cerró de tedio y solo permaneció el inexplicable peñasco. Y esos seres efímeros -los hombres-, engreídos por el conocimiento, entraron en el olvido y ya jamás le recordaron.

Afirmaba Alexis Carrel que cuando desaparece el sentido moral de una sociedad, toda la estructura social decae y va hacia el derrumbe. Estamos en tiempos de decadencia porque a la política y a los políticos les falta grandeza para aproximar antagonismos aparentemente irreconciliables; no saben tender puentes para hacer gobernable el antagonismo o buscar puntos de encuentro entre proyectos distintos que por el hecho de encontrarse y llegar a acuerdos no dejan de ser diferentes; además de grandeza, carecen de una mentalidad flexible, imaginación y voluntad para evitar posturas excluyentes y callejones sin salida. De ahí que en tiempos de decadencia resulte una utopía pretender construir una nueva política. Resulta muy difícil regenerar la democracia cuando, por la ambición del poder, víctima y verdugo, explotador y explotado, llegar a ser la misma persona.