Tauromaquia, la cruel cobardía de unos ¿valientes?

En el mundo que nos toca vivir en el día a día, lo que sucede en la compleja pluralidad de la realidad social, política y económica, tiene un orden de importancia objetiva, pero dependiendo de quien lo valore, no es infrecuente que los medios de comunicación, por el poder que tienen las imágenes o por otros intereses espurios, nos inunden de excesiva “banalidad”. Lo que sucedió el día 6 en Cataluña tiene primerísima importancia; así lo han recogido los medios; más de 400 periodistas y sus respectivas cadenas de tv, radio y prensa han cubierto la sesión del Parlament; sus focos han estado puestos en ese desafío, defendiendo con tramposas argucias legales, el referéndum por la independencia y la ruptura consumada con la que los soberanistas pretenden saltarse el marco legal y cambiar una legalidad por otra, la “suya”.

Sin quitarle importancia, esta noticia ha aparcado cualquier otra, aunque no por ello dejan de existir. Para no pocos españoles noticia de interés ha sido el documental presentado por “Pacma” -partido animalista-, desde el ángulo de la empatía con el toro, titulado “Tauromaquia”. Hay que agradecérselo, y felicitarle a su vez, a Jaime Alekos, director del filme. Con él pretende alejarse de la polémica contra una práctica castiza y casposa y acercarse a un debate objetivo sobre la tauromaquia, sin testimonios ni valoraciones. Recoge exclusivamente imágenes vívidas y reales de las diferentes “suertes” de una corrida de toros, explicadas a través de citas literarias sobre ¿el arte? del toreo. El duro y realista documental desnuda las corridas de toros de cualquier artificio con el fin de que los espectadores, si es que se consigue soportar sus crueles imágenes, puedan sacar sus propias conclusiones.

El documental se niega a embellecer la tauromaquia, a verla como arte y cultura, y nos la muestra como lo que es, pura atrocidad, puro horror, pura cobardía. Como bien sitúa Pacma, con él “se quiere derribar para siempre todos los mitos ‘como cultura y arte’ que giran en torno a este sangriento espectáculo, que sigue contando con el apoyo de instituciones y algunos partidos, aunque ya es rechazado mayoritariamente por la sociedad”.

Los que tenemos memoria, recordamos aún ese desgraciado 6 de noviembre de 2013, día en el que el Senado, con la mayoría absoluta y los votos únicos del Partido Popular, “¡¡¡la tauromaquia fue declarada patrimonio cultural de España!!!”, con 144 votos a favor, 26 en contra y 54 abstenciones. Con esa ley, por vez primera en España, esta atrocidad estaría regulada, fomentada y protegida, estableciendo que la tauromaquia conforma un “incuestionable patrimonio cultural inmaterial español”, pues, según reza esa impresentable ley de los populares sin que se les caiga la cara de vergüenza, “además de tener una indudable trascendencia como actividad económica y empresarial” -¡faltaría más!; ¿cuáles si no podrían ser las verdaderas razones, sino el interés económico empresarial?)-, “la tauromaquia es cultura, comprendiendo otras facetas dignas de protección aparte del propio espectáculo, ya que comprende todo un conjunto de conocimientos y actividades artísticas, creativas y productivas, que van desde la crianza del toro a la confección de la indumentaria de los toreros, la música de las corridas, el diseño y la producción de carteles”, y para más vergüenza, desde esa ley, el partido popular pretendió impulsar los trámites necesarios para solicitar la inclusión de la tauromaquia en la lista representativa del Patrimonio Cultural de la Humanidad de la Unesco. Con el Partido popular en el gobierno, las administraciones públicas financian, además, estos bochornosos espectáculos con más de 600 millones de euros al año del bolsillo de todos los ciudadanos.

Hay quien acusa de que, al tocar este tema, se reduce la metafísica del conocimiento a esa discutible y oscura zona de los sentimientos, tan importantes en la vida y que no han sido aún reconocidos ni por su valor ni por su importancia, a la hora de ver la realidad y opinar sobre ella. Confunden, torpe y equivocadamente, el noble y humano sentimiento, según ellos, poco racional
y muy
emocional, con su degradación, el sentimentalismo. Este es el motivo por el que, ante la abominable existencia de la práctica de la tauromaquia, convertida por “doctos ignorantes” en “arte, cultura, historia, tradición, democracia y libertad” -el doctor en historia, cultura y “matarife del reino”, don Enrique Ponce “dixit”-, muchos españoles, cada vez más numerosos, nos avergonzamos de que, a esta crueldad, carente de compasión, incomprensible en el siglo XXI, se le continúe “borboneando” hasta proclamarla “Fiesta Nacional”; hay que decir, en honor a la verdad, que algunos Borbones, Carlos III en 1771, y después Carlos IV, intentaron prohibir los toros.

¡Cuántas estúpidas razones y necios argumentos, apoyándose, hasta auparse, en personajes de la pintura, escultura, poesía, novela, teatro, cine, música o flamenco…, hemos leído y escuchado para justificar esta salvaje crueldad! Como si la autoridad reconocida en sus artes respectivas les dotase a estos artistas protaurinos de infalibilidad para opinar y acertar en todo lo divino y lo humano. Uno de estos “pontífices”, Andrés Amorós, en un trabajo sobre “Cossío”, para ensalzar ¿“el arte de la tauromaquia”?, inserta la opinión de algunos artistas e intelectuales ante el fenómeno taurino, hasta detectar, dice él -¡qué inmensa miopía!- un importante renacimiento de la fiesta. Ya decía Kant que “vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros”. Y añado con Heráclito, “el carácter es destino”, y el de estos protaurinos es un poco triste.

En su trabajo, el “triste” Amorós, entre los apasionados de la “matanza”, habla de Lorca, Bergamín, Alberti y Nieva; incluye, incluso, a Fernando Savater, a Sánchez Dragó y hasta ¡¡¡Jiménez Losantos!!! y Alfonso Guerra; se detiene en La Historia del Toreo, de Néstor Luján y su estudio, ¡no podía faltar!, sobre la tauromaquia de Picasso. A los taurinos y a las personalidades y autoridades que les apoyan hay que aclararles que la “interminable lista ¿de artistas y gente culta? que les defiende”, es cada vez más cortita; en cambio, hace ya tiempo que la lista de aquellos que la denuestan y denuncian es mucho más extensa y relevante. Y cada día que pasa, más y más. Hay muchas clases de ciudadanos, pero aquellos que se divierten con un espectáculo que implica el sufrimiento y muerte de un animal, son cada vez más repudiados por la sociedad. Y aunque a muchos les produzca risa esta ingenuidad y nos acuse de “sentimentales”, para cualquier persona decente es mucho más gratificante y digno acariciar a un animal que matarlo a estocadas y descabellos.

En el colmo de los tópicos, Amorós y Luján insertan en sus páginas imágenes de “mujeres con mantilla ante caballos agonizantes derribados sobre el albero... y toros temblando mientras se desangran…, y todo lo que puede suceder al picador o al banderillero y todas las muertes del torero o sus victorias con orejas y rabos en las manos exultantes, ante un público que aplaude mientras ondea pañuelos..., y las mulillas arrastrando al toro apuntillado, con los ojos abiertos aún por el dolor y el espanto” Y en el colmo del ridículo, hasta incluyen buen número de coplillas por su afinidad con ¿la fiesta y el arte?; un ejemplo: “Los toros y el cante son / dos hermanitos gemelos. / Su "pare" se llama el arte / y su "mare" el sentimiento”: ¡¡¡Esperpéntico!!!.

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Por suerte, otros artistas actuales, están demostrando otras sensibilidades frente a estas atrocidades. De ahí la crítica y acertada exposición en la Academia de San Fernando titulada “Otras tauromaquias, una exposición animalista”, algunas de cuyas obras hablan por sí solas. He aquí algunas de Eva Máñez, El Roto y Santiago Talavera:

Qué razón tiene Luis Gilpérez en su artículo “Los orígenes de la crueldad en los espectáculos taurinos” cuando escribe: “Afirman muchos eruditos taurófilos, y no voy a osar llevarles la contraria, aunque no lo comparta, que las modernas corridas de toros tienen su origen más cercano en el siglo XVI. Por tanto, si ellos mismos se declaran herederos de aquellas costumbres y guardianes de su tradición (herencia y tradición que gustosamente les cedemos en su totalidad) son, deben ser, igualmente responsables subsidiarios de aquellos lodos inmundos que se han convertido finalmente en el repulsivo polvo que hoy es la por ellos denominada ‘tauromaquia moderna’. Porque no olvidemos que la ‘humanización de la fiesta’ (así denominan a los cambios que ha sufrido para eliminar algunas de sus más repugnantes “suertes”) ha sido siempre consecuencia de imposiciones ajenas a sus deseos. Si por ellos fuera, y en caso de duda pueden consultarse las hemerotecas, aún hoy seguirían sucediéndose en los cosos las abominables suertes… que durante siglos pudieron contemplar para su disfrute y jolgorio”. Estas abominables “suertes”, si uno es capaz de soportarlas, se pueden ver en el enlace del vídeo de Pacma que al final se inserta.

Exponía hace días Berna González Harbour en el diario El País que algún día los toros serán historia. Los defensores taurinos se escandalizan de las críticas y limitaciones que van adoptándose ante esta barbarie, pero deberían saber lo que otros muchos intelectuales e ilustrados expresan, como Lope de Vega: “No falta razón que esta fiesta bruta sólo ha quedado en España, y no hay nación que consienta una cosa tan bárbara e inhumana si no es España”; o como Jovellanos: “la lidia de toros es una diversión sangrienta y bárbara”; o como Blasco Ibáñez: “la única bestia en la plaza es la gente”; o como Pablo Sorozábal: “la tauromaquia, también llamada ‘Fiesta Nacional española’ me ha parecido siempre una monstruosidad, una repugnante salvajada”; o como José Saramago: “cuanto más indefensa está una criatura, más derecho tiene a que el hombre la proteja de la crueldad del hombre; si tú disfrutas con su dolor y tortura, si te gusta ver cómo sufre, entonces no eres un ser humano, eres un monstruo”… Todos ellos fueron los antecesores de Pacma y de otros muchos movimientos antitaurinos… Pan y circo era una fórmula que funcionaba bien desde los romanos, sabemos, sin embargo, que ni la Ilustración ni tantos intelectuales y movimientos antitaurinos han podido con su suspensión. ¿Podremos hoy? Es lo que denuncia y pretende el vídeo de Pacma.

La cuestión aquí no es sólo si la tauromaquia debe o no desaparecer o si va o no a desaparecer. La cuestión es, sobre todo y simplemente, cuándo se van a decidir los partidos políticos con valentía y dignidad a abolirla, aunque no parece ser por ahora ese el objetivo que llevan en sus programas. Cualquier persona con sentimientos y con sentido de la justicia y de la decencia se alegrará cuando esta brutal y cada vez más anacrónica tradición desaparezca totalmente y para siempre. No es tolerable esa injusta crueldad ni ese sádico abuso sobre un animal por puro divertimento. Y no hay que preocuparse ni por “la Fiesta” ni por “las fiestas” sin tauromaquia, existen otras muchas maneras de celebrarlas y entretenerse sin tener que llevarse por delante la vida de ningún animal, vida a la que tienen derecho, como recoge la Declaración universal de los derechos del animal, aprobada por la UNESCO y la ONU: “ningún animal será sometido a malos tratos ni actos crueles; que tiene derecho a vivir y crecer al ritmo y en las condiciones de vida y de libertad que sean propias de su especie; que el abandono de un animal es un acto cruel y degradante y que ningún animal debe ser explotado para esparcimiento del hombre”.

Rechazo la hipocresía de una sociedad que solo se compadece, durante corto tiempo y exclusivamente, de lo que sucede en nuestro cercano entorno. Así ha pasado con los atentados de Barcelona. ¿Quién los recuerda ya?: los que aún viven y sufren sus secuelas y sus familiares y pocos más. Las autoridades catalanas, tan compungidas hace semanas, hoy, sin sentimiento de empatía alguno, “saltándose a la torera” -nunca mejor traído- las leyes que no les conviene con el fin único de alcanzar sus intereses: la independencia. Les importa una higa, los sentimientos que puedan tener quienes, siendo catalanes, quieren permanecer en España.

En parecido plano, ¿a quiénes importa y qué sentimientos les suscitan los más de 388 ataques terroristas ocurridos en el mundo, que ha costado la vida a unas 3.205 personas, en lo que va de 2017?; ¿alguien les llora o en qué parte de España se depositan velas y flores por ellos?; ¿a quiénes importa y qué sentimientos les suscitan las 2.247 personas que han muerto intentando cruzar el Mediterráneo, en lo que va de 2017, 243 de ellos, niños? ¿alguien les llora o en qué parte de España se depositan velas y flores por ellos? Pues si no les importa a aquellos que, desde sus libros sagrados y sus teologías, cargados de cuentos mitológicos, consideran al hombre como “imago dei” (imagen y semejanza de dios), ¿se van a preocupar, entonces, del dolor de los animales que comparten su mundo?, ¿cómo va a existir el dolor, el llanto o la compasión? Soy consciente, desde la antropología no religiosa, y teniendo clara la verdad científica de la evolución, que existen pocas diferencias entre los distintos seres vivos. Sin embargo, durante más de 2000 años, por la influencia de Aristóteles, desde el punto de vista cognitivo, muchos aún mantienen esa primitiva y simple división entre animales racionales (incluyendo sólo al hombre) y animales irracionales, todos los demás, hoy claramente superada.

En un clarificador informe técnico sobre los espectáculos taurinos los veterinarios que lo firman exponen que la preocupación por el bienestar animal es el resultado de dos elementos: el reconocimiento de que los animales pueden experimentar dolor y sufrimiento y la convicción de que causarles estas sensaciones no es moralmente aceptable. Y se preguntan: ¿existen estudios dotados del suficiente rigor científico que nos digan si estos animales sufren ante estas situaciones?; ¿implican estos espectáculos alteraciones en su normal funcionamiento orgánico? Podemos decir sin temor a equivocarnos que SÍ.

En su ambiente natural, el toro puede expresar su comportamiento normal, pero se ve afectado cuando es restringido a un ambiente artificial. Cualquier alteración -continúa el informe- que saque a este animal de su medio natural le producirá miedo y ansiedad, lo que llevará a su organismo a manifestar una serie de respuestas neurofisiológicas perfectamente estudiadas. El miedo y el dolor son unos poderosos desencadenantes de estrés y de sufrimiento, como la restricción de movimientos o la incapacidad de encontrar vías de escape cuando el toro sale a la plaza; otros factores de estrés y sufrimiento son el hambre, la sed, la fatiga, las lesiones y los extremos térmicos, situaciones éstas a las que en todas las corridas se les someten a los toros para acentuar su estado de agresividad. Podemos decir sin temor a equivocarnos -sostiene el informe veterinario-, que las situaciones a que son sometidos estos animales en estos espectáculos son dañinas y les causan un gran sufrimiento.

Todavía existen los ignorantes o los pretendidamente interesados que se preguntan si someter a un toro a estas prácticas puede causarles sufrimiento físico y psíquico, pensando que por tratarse de animales todo está permitido si nos reporta entretenimiento, ocio y fiesta. Para comprobar y ver su sufrimiento y agonía, basta observar su comportamiento durante estos espectáculos. Estoy seguro de que las imágenes del vídeo presentado por Pacma despejarán totalmente sus dudas.

Y no se trata sólo del sufrimiento físico agónico, que es evidente en las imágenes, sino porque son capaces de sentir emociones. Durante la salvajada de la tauromaquia estos animales vocalizan gritando de forma constante y lo hacen buscando la protección de su manada, desplazándose con insistencia de un lado para otro, mostrando un intenso estado de angustia, desorientación, soledad e incomprensión por lo que les está sucediendo. Sus expresiones faciales son clara muestra de terror, sufrimiento y agonía.

Los animales superiores, entre los que están los toros, disponen de un Sistema Nervioso Central que les capacita para hacer un análisis del medio y tomar una decisión. Ser “sintiente” significa ser consciente y sentir emociones como placer, y dolor, gracias a las cuales los animales podemos sobrevivir en un mundo lleno de sensaciones. Estudios serios de Etología Cognitiva han demostrado la capacidad de comprensión de los animales a partir de determinadas edades y sabemos que son capaces de desarrollar comportamientos inteligentes con cierto razonamiento; son capaces de sentir lo que otros sienten cuando perciben sus estados emocionales, es decir, tienen “empatía”. El dolor y el sufrimiento de estos animales son, por tanto, experiencias conscientes a nivel perceptivo y emocional, tan aversivas como para que debamos prevenirlas, aliviarlas, evitarlas y, sobre todo, suprimirlas de nuestra sociedad y más, en razón del arte, la cultura y la dignidad que como sociedad civilizada merecemos los españoles.

Ha sido y es tal la arrogancia del ser humano, con sus religiones, sus biblias y sus coranes…. que la superioridad que siente el animal humano frente a otros animales le hacer perder de vista hasta olvidarse de su propia condición de animal. Es famosa la frase de Linneo al rechazar con fastidio la teoría cartesiana que concebía a los animales como “autómatas mecánicos”: “Descartes jamás ha visto a un simio”.

Dice la filósofa americana Judith Butler que el hombre es el animal que tiene que reconocerse humano para llegar a serlo. Se convierte a sí mismo en hombre, sólo si se eleva y se reconoce y comporta como tal: si asciende su humanidad. O mejor, si deviene humano, o lo que es lo mismo, si se forma como humano y alcanza el destino de ser hombre. Lo humano -decía-, no expresa, no comprende a la totalidad de los individuos. Hay quienes son humanos si cumplen ese ideal hegemónico y regulativo; otros -afirma- son sólo humanos “imaginados” porque son humanos incompletos, pues para poder serlo por completo, debe introducir necesariamente en el juego de sus vidas la visión antropológica de la ética. De ahí que, viendo la tauromaquia, qué difícil tendría Butler poder reconocer como hombres a los toreros, a los matarifes y a quienes asisten a su espectáculo y encima les vitorean y aplauden.

Desde la metafísica de los sentimientos, he intentado ver el documental de Pacma pero no he podido terminar; he sentido horror y vergüenza por la crueldad de lo que estaba viendo en esas imágenes reales; he vertido lágrimas de compasión al identificarme con el dolor y el miedo de esas pobres víctimas sometidas a la barbarie de unos asesinos inmisericordes, aplaudidos por espectadores sin empatía alguna ni corazón, pero con manifiestos arranques de crueldad. Maldigo a esos cobardes que se sienten valientes ante un animal que solo quiere defenderse de unos bárbaros que buscan y quieren su muerte “despacito y con la máxima crueldad”, aunque se vistan, como ellos dicen en su ridículo argot, “de luces”.

Dicen que el arte de torear, como expresa el documental, consiste en engañar al toro, utilizando sus condiciones de bravura; me parece que eso lo decía un tal Cossío. No, no es engañar a un toro, sino ensañarse con él, y delante de un pueblo bárbaro que aplaude y jalea a esos "matarifes" y que, además, llaman ¡arte! Cobardes toreros, necios “borbones” que la fomentan y asisten y aplauden al estilo de su antepasada “La Chata” y estúpidos espectadores que se regodean con el dolor de un indefenso animal que solo embiste porque, como haríamos todos, quiere defenderse de quien no le permite ser feliz, en ese espacio de tiempo, que es la vida y para la que, como nosotros, ellos también han nacido. ¡Cuántos psiquiátricos estarían llenos en España si, como merecen, se llegase a diagnosticar a tantos sádicos taurinos que padecen de “miseria moral”! Si os atrevéis a ver estas crueles imágenes, comparad las caras y los ojos de dolor y miedo de los indefensos toros y las caras de locos cobardes y de rabiosos asesinos que muestran los toreros cuando van a introducir el estoque... Y después, ¡horror de los horrores!, la puntilla...

Aquí os dejo el enlace a este documental, objetivo en la realidad de sus imágenes, sin manipulación alguna en ellas: son la pura y repetitiva realidad de “¡¡¡¡NUESTRA FIESTA NACIONAL!!! ¡Vergüenza”