“No tenemos miedo”, dicen, pero “dan miedo”

Puigdemont y Mas se abrazan en el Parlament
Puigdemont y Mas se abrazan en el Parlament

Cantaba Leonard Cohen, cantautor, novelista y poeta, premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2011, que “a veces uno sabe de qué lado estar, simplemente viendo quiénes están del otro lado”, de ahí que en estos conflictivos momentos sea necesario saber dónde está cada uno y por qué está ahí. Y añadía algo más el poeta: “con el poder mantenemos una relación ambigua: sabemos que si no existiera autoridad nos comeríamos unos a otros, pero nos gusta pensar que, si no existieran los gobiernos, los hombres se abrazarían”.

A tenor de quién se manifiesta y a quién se escucha en estos momentos, uno tiene la impresión de que toda la ciudadanía catalana es independentista. Con ese exacerbado nacionalismo que se palpa y se mastica, con esa permanente alimentación de la crispación, el odio y las mentiras, muchos catalanes se sienten excluidos y expulsados de su país. Si no existieran ni “los Rajoy ni los Puigdemont”, si no hubiera tenido lugar la “cagada” (¡con perdón!) del ministerio de Interior con su “orden de actuación de las fuerzas de seguridad del Estado en el ilegal referéndum del 1-O, fiándose de la calculada traición del Mayor de los Mossos y convertida en la coartada perfecta que necesitaban los extremistas independentistas, en especial la CUP, para justificar las manifestaciones, los escraches y la intimidación contra la policía Nacional y la Guardia Civil, los españoles, si no abrazados, como decía Leonard Cohen, estaríamos al menos en pacífica convivencia, como hasta hace pocos años.

Sostengo en el título de estas reflexiones lo que muchos otros también sostienen: cuántos miles de veces y voces han repetido, hasta hace poco en Cataluña,“no tenemos miedo”, pero hoy muchos de ellos“dan miedo”.Tenemos miedo de que germine el odio, como, en uno de sus artículos sobre Barcelona, escribía González Faus: “temo que al cambio climático que ya soportamos, le siga otro cambio afectivo que haga subir las temperaturas del odio”.

La democracia no es únicamente un sistema político; es esencialmente un modelo no impositivo de relacionarse y convivir las personas y los grupos sociales, mediante leyes convenidas y acordadas. Pero también,desde una perspectiva ética, solo es posible el desarrollo de una democracia en convivencia seria en la medida en que las personas sepan de verdad qué es la democracia, estén convencidas de ella y actúen en consecuencia. Estamos en un momento histórico muy conflictivo y creo que es una obligación imprescindible encararlo desde una perspectiva también moral.

Hace ya unos cuantos miles de años, allá por el 350 a.C., decía Isócrates, el político y educador griego, creador del concepto de “panhelenismo” - acertado término contra todo nacionalismo -: “Nuestra democracia se autodestruye porque ha enseñado al ciudadano a considerar la impertinencia como un derecho, el no respeto de las leyes como su libertad, la imprudencia en las palabras como igualdad y la anarquía como felicidad…”El nacionalismo siempre es empobrecedor, se basa en la desigualdad, el privilegio y la insolidaridad; los nacionalistas, en su cerrazón excluyente, creen -como en otros tiempos- que su “guerra por la patria catalana es santa” y, por lo tanto, “justa”. Ya no existen otras leyes a cumplir que las que ellos se impongan e impongan. Bajo ese prisma, en la historia se han cometido y se cometen verdaderas atrocidades: no puede existir un “nosotros” frente a un “ellos”, porque al final, somos todos víctimas de la violencia. Mientras escribo estas reflexiones escucho a Josep Bou, presidente de la asociación de empresarios de Catalunya decir: “Los nacionalistas independentistas están fanatizados; los responsables de la Generalitat les han vendido “el paraíso” y lo han comprado; pero no excluyo la responsabilidad del Gobierno de España por su inactividad y omisión en la búsqueda de encuentros y soluciones”.

En la actual situación, en la que pasan los días y aumentan las incertidumbres y la confrontación entre dos Gobiernos, que han desgastado los espejos de tanto mirarse a sí mismos, permanecer y resistir en las mismas y torpes estrategias es enconar aún más el conflicto. Por una parte, mantener la postura inmovilista de Rajoy, propia de un gobernante incapaz e irresponsable, aunque le sostenga la legalidad, pero que deja que la solución se pudra, no utilizando la política sino abandonando su responsabilidad en manos de los Tribunales de justicia y las fuerzas del Estado, y por la otra, afianzarse en la desobediencia a las leyes del Estado con la demagogia y populismo con los que ha actuado el Govern de Puigdemont, con un premeditado engaño de defender el derecho a votar (nada condenable, por otra parte, si hubiese sido sincero y acordado), en un contexto de permisividad, incluso de un apoyo total de las instituciones separatistas catalanas, como la ANC y Omnium Cultural, cuyos presidentes, Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, con un independentismo catalán avasallador, alentando a los manifestantes al acoso y a la intimidación a las fuerzas de seguridad del Estado, se han podido mover con total soltura; hay que añadir a esta situación la cínica colaboración del Mayor de los Mossos, el tal Trapero, que ha sabido engañar a las fuerzas del Estado con un compromiso de colaboración totalmente “trapacero”; lo que en realidad pretendían todos ellos desde el principio como objetivo (la CUP ha sido su vocero más sincero) era un proceso de secesión (SÍ o SÍ), fuese el que fuese el resultado de la votación del ilegal referéndum. Esto era evidente desde los días 6 y 7 de septiembre en el Parlament catalán, vistas las argucias y trapisondas de la señora Forcadell, esa mujer sin pasado, “el alfil imprescindible del ‘procés’”, como algunos la definen. Esta calculada mentira y contumacia anula la autoridad moral de quien así se comporta.

Tal vez, en el torbellino de este caos, haya crecido la simpatía y el número de independentistas, pero en absoluto es admisible, desde una reflexiva y pacífica equidistancia, una declaración unilateral de independencia (DUI) sustentada en unos discutibles 2 millones de votos en esa facilitada movilización ciudadana incluyente para el , alentada por la ANC y Omnium cultural, y otra mayoría silenciosa, pero atemorizada, insultada, perseguida y excluyente para el NO. Es destacable que hoy, ambos presidentes, Sànchez de ANC y Cuixart de Òmnium, citados a declarar a la Audiencia Nacional, a la salida, con qué facilidad han intentado desdecirse cuando han percibido las consecuencias que les pueden sobrevenir por sedición.

Es poco razonable y políticamente irresponsable que, con el sentido de Estado que debe tener quien quiere representar a toda una nación “en forma de república”, como exige la CUP y a quien obedece el Govern de Puigdemont, que un president de la Generalitat exponga a su población a los efectos de un acto ilegal y quiera irreflexivamente realizar una DUI sin contar con una mayoría social cualificada e incluyente y en unas condiciones de abierta confrontación con el Estado español y sin contar con el apoyo de la UE. Resulta infantil, si no fuese trágico, que la disyuntiva o no a la independencia resuma democráticamente el amplio abanico de opciones a propósito de las relaciones posibles en el marco de un diálogo constructivo entre Cataluña y el Estado; pero si en ese diálogo necesario se comienza poniendo límites y líneas rojas desde el principio, sería condenarlo al fracaso; los límites se negocian y acuerdan, no se anticipan. Y destaco de nuevo que sería irresponsable una DUI sin contar con que, por lo que en estos días posteriores al 1-O se va conociendo, la mayor parte de catalanes ignoran las graves consecuencias que a sus propios intereses económicos, sociales, familiares, políticos y europeos les va a acarrear esta torpe e ilegal decisión. Es importante saber compatibilizar la racionalidad con los sentimientos. Los sentimientos a su vez no son realmente nobles ni posibles cuando los suscitan imágenes manipuladas, falsas o utópicas, como “esa Arcadia feliz” que prometen los independentistas.

Hoy en Cataluña y en España, el odio existe, se palpa. Las imágenes de estos días en televisión no falsean la realidad. Y lo peor es que en ellas estaban presentes como protagonistas del odio muchos jóvenes, demasiados jóvenes, que no conocen, y menos han vivido, esa historia y ese país, España, del que hoy aborrecen; como educador constato el fracaso de un sistema educativo que ha formado a esos alumnos en un juicio moral y político tan excluyente. En su recomendable obra “Por qué fracasan las naciones”, en otro contexto, sus autores, Daron Acemoglu y James A. Robinson, tejen una serie de razones para explicar el fracaso de las naciones; la que subrayan como la causa más destacable del fracaso es cuando “las instituciones y los dirigentes” de esas naciones se convierten en instituciones y dirigentes excluyentes.

Cuando uno ve cómo desde ese ámbito de inclusión del respeto y del conocimiento que es la Universidad, cuando desde esos centros de enseñanza que son los centros educativos e Institutos, donde se forjan lo honestos y responsables ciudadanos, muchos profesores instan a sus alumnos a desobedecer las leyes y acosar, intimidar, insultar y coaccionar a quienes por profesióntienen la obligación y la responsabilidad de hacer cumplir las leyes, como son las fuerzas de seguridad; cuando uno ve que ciertos profesores desprecian a algunos de sus alumnos por ser hijos de guardias civiles y así lo manifiestan en público, no puede uno sino concluir que vivimos en una sociedad enferma por el rencor y odio que culpablemente se les ha inculcado.

Por otra parte, se ha criticado, y no sin razón, la “dura” actuación de la policía nacional y la guardia civil (aumentada por imágenes interesadas y no pocas de ellas falseadas, como se ha demostrado) en el 1-O; a la gravedad de su actuación no se le puede ocultar, la dejación consciente y tramposamente premeditada y la negligente pasividad de los responsables de los Mossos, como han manifestado algunos de ellos. Y me hago la siguiente reflexión: en una hipotética Catalunya independiente sería interesante ver cómo actuarían los Mossos en las previsibles protestas sociales que recorrerían el país de norte a sur. El cinismo de los responsables catalanes, escandalizados por la actuación de la policía nacional y la Guardia Civil en el 1-O, se olvida de la extrema violencia con la que hemos visto actuar a los Mossos en muchas ocasiones contra quienes luchaban por los derechos sociales, laborales y civiles de los ciudadanos catalanes, que hoy tanto se compadecen y escandalizan. Los enlaces de vídeos que pongo al final de estas reflexiones bien lo demuestran. ¡Qué rápido olvidan los antisistema de la CUP! ¡Maldita y bendita, a la vez, hemeroteca!

¿Qué fácil resulta expandir mentiras sin que nadie las contraste! Hoy lo llamamos “posverdad”; consiste en utilizar la rápida eficacia de las redes sociales para propagar ideas, textos e imágenes falsos (“fake news”) que calan fácilmente en la población. Los nacionalismos, de cualquier signo, son expertos en este tipo de “posverdades”, Manipulan la historia, la economía, los sentimientos y lo que haga falta para lograr sus objetivos.La falsa propaganda se extiende sin capacidad alguna de poder contenerla: es como intentar introducir de nuevo en un tubo toda la pasta de dientes que se ha extraído Según Vattimo, considerado el filósofo italiano del pensamiento débil, hemos entrado en la postmodernidad, una especie de “babel informativa”, donde las redes sociales y los medios de comunicación han adquirido un carácter reverencial imprescindible, cuasi dogmático. De este modo es fácil alimentar la crispación, el odio; es evidente la facilidad con la que ciertos médicos independentistas han dado paso a fáciles, incluso, a inexistentes partes de lesiones en las actuaciones del 1-O; de modo que el tal Jordi Sànchez, de la ANC ha llegado a decir, tal vez desde la maldad, no creo que desde la ignorancia (los perversos saben lo que dicen y con qué intencionalidad lo dicen) esta frívola y punible mentira para alimentar la crispación: “Hemos tenido el mayor número de lesionados desde la 2ª guerra mundial”.

Hemos sido muchos, desde hace meses, mediante artículos y manifiestos (algunos los hemos llegado a firmar miles de ciudadanos) los que afirmábamos que, para evitar lo que ha sucedido y más que puede suceder, era necesario tender puentes. Hoy se habla, ¡faltaría más que no se hablara!, hasta la Jefatura del Estado, los partidos políticos y la iglesia (¡qué fácil es hablar y echar sermones desde “zarzuelas, catedrales y atriles de portavoces políticos) de crear un clima nuevo de convivencia y cordialidad, de entendimiento y concordia; de serenidad; de establecer diálogos emocionales…; “¡diálogo!”, palabra necesaria que eché en falta en el mensaje institucional de Felipe VI en televisión. La cuestión no es que se quieran sentar a dialogar, que lo dudo, sino si poseen el suficiente liderazgo y la credibilidad para hacer regresar a los ciudadanos de esa fractura social que han creado a esa necesaria convivencia.

Resaltaba el Jefe del Estado “la gravedad extrema de la situación actual” y “la necesidad de restablecer el orden Constitucional”; y me pregunto, no sé si ingenuo o escéptico: ¿es posible restablecer un orden constitucional despreciado y ninguneado por una de las partes en conflicto y petrificado e inamovible por la otra, en este momento en el que la gravedad extrema puede derivar en violencia extrema? Lo dudo.

Pero me avergüenzo e indigno, como tantos ciudadanos de a pie, que hoy a muchos se les abran las carnes en el marco de los sentimientos emocionales que nos ahogan, pidiendo entendimiento. Incluyo en este grupo a tantos mediocres políticos que con su ambigüedad y cálculos electorales “han alimentado a la bicha”; como el secretario general de Podemos y sus “mareas” (“mareas” que con tanto vaivén marean bien la perdiz) y a la no menos ambiciosa y ambigua, alcaldesa de Barcelona, que como decía en un artículo anterior, trajina nadando y guardando la ropa -su puesto, “su tesoro”, su alcaldía-. Hoy han presentado una propuesta de llamar a “mediadores internacionales”para solucionar el conflicto, cuando han sido en parte ellos los que con su ambigüedad han facilitado esa mayoría en el Parlament de Catalunya para votar lo que han votado el 6 y 7 de septiembre; alimentada la bicha, ésta ha crecido y no facilita la solución. Me permito recordarle al señor Iglesias, él, que entregó el paquete de la serie de “Juego de Tronos” a Felipe VI en Bruselas, en un acto de escenificación que “tanto le pone”, que esa bicha, como Viserion, uno de los dragones de Daenerys Targaryen, sacado del lago congelado y resucitado por el Rey de la Noche, se ha convertido en una de las armas más mortíferas del ejército de los Caminante Blancos.

¿No existen, acaso, magníficas cabezas españolas y de prestigio internacional, no contaminados, con capacidad de mediar?; ¿necesitamos salvadores externos?; incluso hay quien propone a dos cardenales, uno, el arzobispo de Barcelona Juan José Omella, solicitado por uno de los mayores responsables de este entuerto, el poco fiable Oriol Junqueras; el otro solicitado, el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro; a ambos ha citado a Moncloa Rajoy, este presidente que destruye cuanto toca, para pedirles apoyo sobre Cataluña. No ha sido nunca la Iglesia católica española, sobre todo sus jerarquías, el mejor recurso para calmar a las dos Españas en litigio que, como cantaba Machado, “una de las dos… ha de helarte el corazón”. No hace falta de nuevo recurrir a la historia. Y si es criticable “el quietismo pietista” de Rajoy, más cínica me parece la actitud del católico Oriol Junqueras, acudiendo a la mediación de la iglesia, él, que gobierna la Generalidad y aboga por una DUI, sostenido políticamente por los antisistema de la CUP que sólo hace falta darles un mechero para hacer teas de las iglesias.

Democracia y ley dicen Rajoy y Puigdemón en sus recientes comparecencias, pero qué diferente significado para ambos tienen estas dos palabras; cuando ambos las pronuncian parecen dos hematófagos que succionan la sangre de ambas palabras hasta dejarlas vacías de significado. De repente, como globos pinchados que carecen de volumen, hay palabras que en estos días las hemos dejado vacías: es la tiranía de las palabras vacías. De repente, durante el 1-O, palabras tan necesarias como: diálogo, unidad, democracia, legalidad, verdad, coherencia, ciudadanía, solidaridad, honestidad, política, información… como en la “tomatina” todo se ha cubierto de un único color: el del engaño y la mentira. Todo el “procés” se ha sostenido y alimentado de palabras vacías, repetidas hasta la saciedad, abandonadas o recuperadas a voleo; palabras que son cáscara sin contenido, palabras capciosas, falaces, frenéticas, rimbombantes, imperativas, que engañan, que hipnotizan y llegan a fanatizar. Porque vacía las palabras aquel que se apropia en exclusiva de ellas. Pero también hay imágenes vacías, las que se utilizan a conveniencia de parte. Y de éstas, nos hemos hartado en estos días.

Alguien dijo que la guerra es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de los militares. Algo parecido podemos decir de este enconado conflicto: es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de estos ineptos políticos. En medio de este abismo, alguien tiene que pararse y ponerse a pensar un poco más a fondo. ¡Qué bien lo dibuja El Roto en este ensayo gráfico! Pero no hay que desistir. Nos jugamos todos demasiado.

abismo-el-roto

https://www.youtube.com/watch?time_continue=3&v=ZugQ-cyy_0g

https://www.youtube.com/watch?v=j8B59GhPRMU

https://www.youtube.com/watch?v=ILO8oMVDE2s

https://www.youtube.com/watch?v=-2mJ90vrzwk

https://www.youtube.com/watch?v=z-bkZ3i0gcE

https://www.youtube.com/watch?v=HqxmXkBszdg

https://www.youtube.com/watch?v=yCQxktbR1is