La miseria de “algunos” políticos

 

ritaHago mía la frase del ex presidente de la República de Brasil, Fernando Henrique Cardoso: “En momentos que exigen grandeza, lo que se ve es la miseria de la política”. Aunque las encuestas del CIS valoran de forma permanente a los políticos como la institución española que genera menos confianza, no comparto la generalización, sin distinguir unos de otros, de que “todos son iguales”.

Sí constato, en cambio, con más convicción cada vez, que muchos de los que dicen que entran en política para servir a la ciudadanía, en el fondo a lo que realmente aspiran, según sus hechos, es a alcanzar el poder y mantenerse en él por encima de todo. Cuando se analizan sus conductas es frecuente observar cómo, en lugar de preocuparse por atender los intereses de los ciudadanos (la “gente” que algunos pregonan) y solucionar sus problemas y necesidades, se ocupan de los suyos, trajinan denodadamente para los suyos, criticando siempre a “los otros”, pero nunca a “los propios”, incumpliendo, con cinismo, sin pudor y a conveniencia, los programas y cuantas promesas hicieron a la hora de conseguir los votos.

Son aquellos políticos que acceden a la política y hacen de ella en exclusiva su profesión. Para éstos, la estrategia “de presentarse como servidores del ciudadano y de la gente” es un conocido mecanismo de defensa verbal y psicológico con el fin de disfrazar deseos ocultos; intentan con la expresión “servir a la gente” dar una explicación altruista a su gestión; racionalizan así una ambición que, de hacerla manifiesta, les haría aparecer a los ojos de los ciudadanos con comportamientos poco dignos y con una excesiva ansia de mandar que poco disimulan, descrita en sociología como “la erótica del poder”. Son aquellos políticos camaleones que mutan de color y de principios en función de sus propios intereses: son con los jefes, cuando quieren y buscan medrar, zalameros, pegajosos, serviles, aduladores y pelotas; por el contrario, son fríos, despectivos, altivos, distantes, despreciativos, hasta ofensivos y tiranos, cuando aquellos no les son ya útiles para alcanzar sus intereses.

Aunque los hechos que voy a analizar, al haber ocurrido hace una semana, hayan perdido cierta actualidad, pues la cambiante actualidad informativa, sepulta en el olvido la anterior, considero que la criticable actitud de algunos políticos merece algunas reflexiones.

Me sugieren estas reflexiones las declaraciones de destacados miembros del Partido Popular ante el fallecimiento de la exalcaldesa de Valencia y senadora Rita Barberá y la actitud de ignominia y el censurable gesto de los diputados de Unidos Podemos al ausentarse del Pleno del Congreso para no participar en el minuto de silencio solicitado a todos los diputados por la Presidenta del Congreso al inicio de la sesión de control al gobierno. Esas actitudes miserables son reflejo de la bajeza moral en la que se está desarrollando en este tiempo la política parlamentaria.

Es cierto que Rita Barberá representaba una forma de entender la política que los demócratas y los ciudadanos decentes de este país rechazamos y combatimos. Esto no es contradictorio con que, ante su inesperada muerte, se manifestase una actitud de humano respeto. Resulta, pues, difícil no entender que ese minuto de silencio no era un homenaje; se trataba simplemente de un gesto de respetuoso duelo. De ahí que no se entienda que los que más importancia y más interés han mostrado, hasta hacer de los gestos su acción política casi en exclusiva, no hayan sabido interpretar el lenguaje de los gestos y signos. Cualquier persona, en esta situación de muerte, merecería ese gesto; aplaudir, siempre se interpreta como signo de aprobación; mantenerse en el hemiciclo en silencio, puede interpretarse de forma plural; salirse, en cambio, del hemiciclo sólo admite una: como una miserable actitud de mala educación y falta de humanidad.

Resulta de un cinismo insoportable y de una actitud miserable escuchar estos días a tantos miembros del Partido Popular, como “plañideras a sueldo”, elogiar a Rita Barberá, esforzándose por despedirla como a una de los suyos, aquellos que hasta hace poco, después de exigirle que abandonara las filas del partido tras abrirle el Tribunal Supremo una causa por presunto blanqueo, la abandonaron, la tacharon de sus listas y la consideraron y trataron casi como a una apestada. Hemos visto cómo muchos dirigentes del PP le negaban el saludo. Los que decían quererla y admirarla en otro tiempo, en estos días miraban para otro lado cuando pasaba o se sentaba a su lado, pensando para sus adentros: ¡que no me hable, que no me hable!

Y por mucho que hoy lo intenten ocultar, su impostura se evidencia si acudimos a la “maldita hemeroteca”. Fue apartada del Partido, con el consentimiento de todos -incluido el propio Rajoy con el fin de proteger su investidura-; se le exigió que abandonase el escaño como senadora para el que fue elegida en representación territorial. Pablo Casado, Javier Maroto, Isabel Bonich, Cristina Cifuentes, Pedro Sanz, Xavier García Albiol... le pidieron públicamente que se marchara. Los populares apoyaron una propuesta en las Cortes valencianas para que entregara su acta. Algunos altos cargos populares, los que en otro tiempo la ensalzaban y adulaban, temieron incluso que, en su dolor y rabia, pudiera “tirar de la manta” por lo mucho que sabía; la muerte terminó con ese riesgo.

La primera y dura crítica a la impostura popular la ha hecho el propio Aznar. Su comunicado de pésame por el fallecimiento incluye un duro reproche a los suyos que evidencia el fingido luto de algunos cargos por la muerte de una figura que les proporcionó 24 años de mayorías absolutas en el ayuntamiento valenciano: “Ha muerto -destaca Aznar- habiendo sido excluida del partido al que dedicó su vida”. El comunicado hacía referencia directamente al vergonzoso cinismo de algunos líderes populares que, habiéndola arrinconado como a una apestada, hasta echarla del partido por miedo a que su figura imputada les pasase factura electoral, una vez muerta, como plañideras desconsoladas, alaban ahora su gestión y echan la culpa de su muerte a la oposición y a la prensa por un “linchamiento y cacería”, olvidando que los primeros en levantar la veda en esta “cacería” han sido, sobre todo, algunos cargos del partido. Escuchando el argumentario que están repitiendo, quieren dar la impresión de que han sido la oposición y los medios los responsables de esta muerte. Hay que recordar que muchos de los que en las semanas o meses pasados la ponían con sus críticas como centro de sus dianas hoy, sin embargo, no dan la cara o se ponen de perfil. Así se lamentaba el ministro de Justicia, Rafael Catalá: “A veces perdemos la perspectiva humana de que hablamos de personas y nos atrevemos a juzgar antes de que lo haga la justicia”, y subrayaba que “cada uno tendrá sobre su conciencia lo que ha hecho y ha dicho de ella y las barbaridades que se le han atribuido sin ninguna prueba y justificación”.

Algo parecido decía la nueva camada de vicesecretarios generales (Pablo Casado, Andrea Levy o Javier Maroto) al ser preguntados el lunes en el que RB tuvo que presentarse ante el Tribunal Supremo como imputada: “Nada tenemos que decir, eso es algo del pasado; ya no pertenece al partido”.  Esta y no otra es la razón por la que la familia de Barberá pidió celebrar el funeral en la intimidad, sin instituciones ni partidos. La exalcaldesa había interpretado, hasta llegar a la depresión, que muchos de sus compañeros la habían condenado por adelantado y así se lo hizo saber enviándoles SMS de reproche. Especialmente duro fue Javier Maroto cuando, tras la decisión de la exalcaldesa de aferrarse y no renunciar a su escaño de senadora, para conservar el aforamiento, habiendo afirmado meses antes que la corrupción de Barberá le daba asco, llegó a decir: “se ha equivocado y, al permanecer en el Senado, solo está prolongando su calvario, alargando su agonía”.

Al asistir al funeral familiar Rajoy declaraba que como presidente del Partido “quería transmitir a su familia y a todos los miembros del PP su ‘sentimiento y su pesar’, ya que -según ha confesado- estaba enormemente afectado. Rita ha dedicado su vida a Valencia; fue durante 24 años alcaldesa y elegida muchas veces por mayoría absoluta. Le ha dedicado su vida al partido”. “Realmente se hace muy duro esto”. ¡Qué enorme cinismo, sabiendo que, sin su aprobación y consentimiento, nadie en el PP se hubiese atrevido a pedir a Rita Barberá que abandonase el escaño en el Senado!

Pero si el cinismo popular ha sido generalizado, quien más vergüenza y repugnancia produce, no sólo en este caso sino permanentemente, es el portavoz parlamentario del Grupo Popular en el Congreso, Rafael Hernando. Si todos los partidos tienen gente para el trabajo sucio (algunos lo aceptan porque alguien tiene que hacer de “mamporrero”), otros han nacido para ello y en el PP ese papel es de Rafael Hernando; nadie como él define la arrogancia y la chulería del político miserable, intentando embadurnar de lodo a todos sus adversarios. En el caso “Rita Barberá”, siguió el esquema del argumentario: desde la defensa inicial, hasta, una vez imputada, el “no sabíamos nada. ¡Quién iba a pensar algo así! Ha sido un golpe durísimo. Hay que dejar que la Justicia actúe. Esa persona de la que usted me habla”.  Y cuando ella se quedó en el Senado como incómodo símbolo de la corrupción, nadie en el PP, tampoco Hernando, se atrevió a defenderla. Ni siquiera la miraban. Bien claro lo resumió su sobrina con unas pocas palabras: “Los que la han abandonado le han roto el corazón”. Y al final su corazón reventó.

Sin embargo, Rafael Hernando “el cínico”, se atreve a decir que ese aparente abandono sólo fue una ficción, y que en su partido no hay mala conciencia por esta muerte; según él: “la estábamos protegiendo de las hienas que la siguieron mordiendo; le estábamos haciendo un favor. Abandonarla fue un gesto de amor”. Para a renglón seguido, descargar sobre todos los demás, la responsabilidad de su muerte: desde las fuerzas de seguridad, fiscales y jueces hasta llegar a afirmar que habían falseado pruebas, pasando por los partidos políticos de la oposición para, finalmente, criticar a los medios de comunicación porque habían hecho de Barberá un “pim pam pum al que golpear de forma permanente hasta lincharla vilmente”.

Por otra parte, para gran parte de la ciudadanía, el gesto de Podemos de abandonar el Parlamento ha sido inaceptable. Su líder, Pablo Iglesias, utilizando siempre el mayestático y pontifical término “nosotros” -arrogándose la representación de los cinco millones de votantes que apoyan la coalición- dio la orden a su grupo parlamentario de salir del hemiciclo para no estar presente durante ese minuto de silencio; y, como “sumisos corderos”, la orden fue secundada por todos los diputados de su grupo parlamentario. Para muchos sensatos e imparciales ciudadanos fue un gesto infantil, miserable e inmaduro. No se puede confundir la mala educación con la sinceridad, ni el Congreso con una pista de circo. Da la sensación de que este grupo político no sabe estar ni distinguir que el respeto y el pésame (en un momento como es la muerte) nada tiene que ver con un homenaje; es simplemente un gesto de humanidad y educación. Y para subrayar su inmadura incoherencia, posteriormente, en los pasillos del Congreso, con la arrogancia engolada que le caracteriza, el señor Iglesias, para justificar su irresponsable gesto afirmó que “le parece terrible que alguien se muera, pero “sus” parlamentarios no pueden participar en el homenaje político a alguien cuya trayectoria está marcada por la corrupción” -para continuar- “quizá tendría más sentido que en este hemiciclo homenajeáramos a las víctimas de la pobreza energética o de la corrupción”. Y en esta miserable opinión, sintiéndose orgullosos de lo que hicieron, se han ido reafirmando muchos de sus líderes (Errejón, Montero, Mayoral…). Trascurridos ya varios años desde que Pablo Iglesias lidera Podemos, tengo la sensación de que en sus intervenciones todo lo plantea en términos de pasillo de Facultad y mitin estudiantil. Parece estar en estado de la adolescencia política y moral. Da que sospechar de la madurez política y moral de aquel en el que no aflora un sentimiento de pesar y humanidad ante el fallecimiento de una persona. Contra este perfil de político hay que estar siempre precavido. Decía Alejandro de Macedonia: “Nunca he temido a un ejército de leones que sea conducido por un cordero. Más le temo a un ejército de corderos conducido por un león”.

En el caso de que fuese opinable y oportuno ese minuto de silencio en el Parlamento, usar el fallecimiento de una persona para dar la nota no es ni inteligente ni oportuno. Que Rita Barberá no fuese su arquetipo de política honesta, pase. Pero de ahí a negarle un minuto de silencio a un fallecido, no está justificado. Podemos se volvió a equivocar. Y lo peor es que practican “el sostenella y no emendalla”, esa actitud de quien persiste empecinadamente en el error, incluso a sabiendas, por orgullo o por mantener la apariencia, aunque mantener el error cause más daño.

La democracia degradada dificulta cualquier “proyecto serio de país”. La democracia exige una actitud de cohesión democrática, y es imposible con una parte de la izquierda cuya casi única seña de identidad es la fobia a todo lo que según ellos han hecho los partidos que, con dificultades y errores, pero también con aciertos, han posibilitado el tránsito desde una dictadura a la imperfecta democracia actual. La arrogancia de Podemos y sobre todo de su líder, que como los antiguos cátaros (“los puros o perfectos”), secta dualista que dividía la sociedad en buenos y malos, hoy divide a los ciudadanos en los de arriba (la casta) y los de abajo (la gente). Actualmente no hay un sólo dato, en todo el arco parlamentario, que permita el optimismo. Tal vez porque, como en los tiempos de vacas flacas, nos han tocado los siete años de “miseria política”. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero la desesperanza ya es consustancial a un país donde es frecuente la bajeza, el enfrentamiento, la miseria y las ansias de poder. Ya no es cuestión de optimismo o pesimismo, sino de ver hechos y analizarlos.

Quizá sea tiempo de decir serenamente que estamos asistiendo a la erosión y al desencanto que producen en muchos españoles el panorama de políticos artificiales y culpablemente crispados, producto de la ambición por el poder, de la vulgaridad, incluso de la incultura democrática y de la ignorancia de las propias obligaciones. El deterioro de la calidad democrática está siendo más visible en España si en lugar del acercamiento y el consenso se alzan con el poder los que, como decía Ortega, pretenden recuperar una de las peores tradiciones patrias: la cultura del rencor.