El “hartazgo” de los ciudadanos

Imagen del 15M. (Foto de archivo)
Imagen del 15M. (Foto de archivo)

En estos tiempos decadentes, el desafío fundamental al que hoy nos enfrentamos consiste en recuperar la capacidad del sistema para que vuelva a funcionar de una manera auténticamente democrática y transparente

¿Hasta cuándo van a abusar de nuestra paciencia? Con esta pregunta directa iniciaba Cicerón su discurso contra Catilina, cuya discutible conspiración habría consistido en destruir la república romana. Esta misma pregunta nos la hacemos muchos ciudadanos ante la inepcia con la que los políticos, de forma transversal, están dirigiendo desde el Congreso nuestra política, hasta llegar a configurar una caricatura de país. Ese esperpento de portavoz popular, al que llaman Rafa Hernando, defensor de la “no verdad”, lo define -pensando en los demás- como “un circo o charlotada”; charlotada de la que él es un verdadero paradigma.

Escribía Menéndez Pelayo en su historia de los heterodoxos españoles que “uno de los caracteres que más poderosamente llaman la atención en la heterodoxia española de todos los tiempos, es su falta de originalidad; y esta pobreza de espíritu propio sube de punto en nuestros contemporáneos y en sus inmediatos predecesores”. En otro contexto histórico, muchos podemos afirmar también que nos llama poderosamente la atención la falta de originalidad y talla política, la escasez de ideas y la pobreza de espíritu de nuestros actuales parlamentarios, de cualquiera de los partidos.

El impacto en la opinión pública que está haciendo la incapacidad de los partidos políticos para frenar y después erradicar la corrupción, la indefinición con la que explican y defienden sus programas, las dudas sobre la imparcialidad de la judicatura, especialmente la del ministro de justicia (al que la mayoría parlamentaria ha reprobado por urdir un plan para defender a los suyos, imputados por corrupción) y de la fiscalía, en situación parecida a la del ministro, pues la negación de la evidencia en la que han coincidido el fiscal general del Estado, el fiscal jefe Anticorrupción y el secretario de Estado de Seguridad ha sonado demasiado a mentira como para llegar a convencer a los ciudadanos; mentir en política, es grave desde la dimensión ética, pero lo verdaderamente grave es traicionar la confianza de los que te han elegido, pues nuestras instituciones democráticas requieren, sobre todo, confianza; personajes así no pueden seguir en sus cargos; a esto hay que añadir la torpeza de un gobierno “de penenes” (como les llamaban en la transición) liderados por un presidente “pasmado, plasmado e inactivo”. Todo ello extiende una oscura sombra sobre nuestro futuro democrático.

Es ya palpable el autismo social que muestran. La situación del Partido Popular resulta ya intolerable. No todas las actuaciones que han despertado sospechas de corrupción pueden llegar a ser probadas, pero se les debe dar una respuesta política inequívoca. Resulta inaceptable la actitud de aquellos políticos que piensan que el único modo de estar en política es el suyo, sin matices. No admiten más que sus propias opiniones; sólo reconocen y proclaman como bueno para todos lo que es bueno para ellos. Sabiamente dijo el periodista americano Henry Mencken, con sorna e ironía que “para todo problema humano los políticos tienen una solución clara, plausible… y equivocada”. Cada vez es más discutible esa tradicional concepción de que los políticos legítimamente electos (diputados o senadores, muchos de ellos de bajo perfil profesional) representan al conjunto de los ciudadanos; viendo cómo actúan, para muchos españoles ni siquiera representan ya a quienes les votaron.

La frase más machaconamente repetida por políticos y tertulianos interesados es que vivimos en una sociedad libre y democrática. Pero, si analizamos bien la realidad, observamos que esta democracia y limitada libertad que padecemos no son lo que nos dicen; tenemos una democracia desprestigiada, obediente a los dictados de  Europa -también desprestigiada-, decadente y sorda a lo que piden los ciudadanos, pues nos sentimos servidores de organizaciones y poderes económicos cuyos intereses no son los nuestros -el ejemplo “Castor” es paradigmático-; y por eso estamos hartos; de ahí que necesitemos, como ciudadanos hastiados, una renovada democracia y una verdadera libertad traducida en el ejercicio libre de los derechos, que son estados que hay que conquistar y ampliar cada día; pero las barreras que obstaculizan su conquista ni son pocas ni se nos manifiestan claras. El modelo de democracia autoritaria y la limitación de derechos y libertades que representa la ley mordaza, pensada para ser un conjunto de procedimientos congelados para excluir y penalizar, buscando fórmulas de castigos con sanciones severas, que ha implantado el PP, hace agua por muchas partes; su corrupción ha reventado las estructuras de un estado democrático y de derecho. Hemos aguantado demasiado tiempo; llevamos décadas comprobando que los políticos nos exigen disciplina y silencio, mientras contemplamos cómo se resquebrajan las instituciones del Estado; son muchos y graves los signos de incapacidad de los políticos y del gobierno y la debilidad de las instituciones que debían controlarlo, hasta el punto de amenazar agravarse en el futuro.

Muchas de las virtudes que honran a las personas parecen convertirse en defectos cuando las llevan al límite. Un noble sentimiento religioso puede exacerbarse hasta el fanatismo, y un liderazgo con éxitos repetidos, en prepotencia y ceguera. Se podría decir -resumiendo- que una persona en la que predomina el éxito tiende a establecer metas ambiciosas, realistas y alcanzables y a vigilar con cuidado las propias fisuras y puntos débiles. Por el contrario, una persona en la que predomina el fracaso suele estar ligada al establecimiento de metas excesivamente ambiciosas y difíciles de alcanzar, sobrevalorando sus capacidades e ignorando o trivializando sus puntos débiles y dejando paso a la prepotencia y arrogancia. Poco hay tan peligroso para una organización que tener un líder con altas necesidades de autoafirmación y de reconocimiento. Si el fracaso del líder mediocre es comprensible, el del ambicioso y con carisma es siempre enigmático.

En su famoso drama “Macbeth”, Shakespeare describe la historia de una ambición desmedida y cómo esta ambición evoluciona a prepotencia y arrogancia hasta el fatal desenlace: es “el síndrome de Macbeth”, inducido por la tenebrosa y enigmática diosa del destino Hécate. La ambición de Macbeth es desmedida y Hécate genera en él una autoconfianza exagerada y compulsiva, encargando así a sus brujas que lo engañen; éstas le vaticinan que puede estar plenamente confiado: “pues ningún hombre dado a luz por mujer podrá dañarle”; su desgracia es que acaba siendo asesinado por Macduff, nacido de cesárea. Es Hécate quien esboza el destino de Macbeth, poniendo en juego en él sus pasiones: una desmedida ambición y la prepotencia. Ambición y prepotencia que determinan en una mayoría de casos la destrucción final de personas y políticos. El drama de Macbeth, que transcurre en el siglo XI, sigue presente en el teatro de la vida y en el de las organizaciones y partidos políticos en el siglo XXI. Es esa batalla de los políticos con desmedida ambición y prepotencia la que termina empujándolos hacia el abismo.

Merece la pena leer el libro de Piero Rocchini, “La neurosis del poder”, nueve años como psicólogo en el Parlamento italiano. En su libro utiliza su experiencia del contacto directo con los diputados italianos para radiografiar los efectos perversos que provoca en ellos el continuado desempeño de cargos de notable relevancia. Una de sus conclusiones resulta devastadora: que una clase dirigente inútil y de corte cada vez más parasitario era perjudicial y debía ser superada, pues daba lugar a un poder que se nutría a sí mismo, olvidando la finalidad para la que habían sido elegidos. Entre algunas de sus reflexiones, subraya que “un componente importante de la neurosis narcisista era el sentido de la grandiosidad, la importancia excesiva que se trataba de atribuir a cada acto propio”; denunciaba que “el narcisista vive en el mundo como si fuera un habitante de otro planeta, de modo que solo mediante un esfuerzo extremo consigue percibir lo que sucede a su alrededor”; insistía, en fin, que el político narcisista “vive para sí y la atención hacia los demás es solo instrumental”, de forma que todo lo que está “por debajo de su nivel de consideración se convierte en una amenaza para su autoestima, lo que se traduce en agresividad y depresión”.

Por otra parte, el filósofo y ensayista alemán Enzensberger sostiene que el político profesional y altamente burocratizado, “se entera sólo de aquello que el filtro que está para protegerlo deja pasar”, sufre de “aislamiento y autismo sociales” que aumentan cuanto más progresa en la jerarquía del partido; se enajena de la realidad y es el último que se percata de qué es lo que está pasando en la sociedad. Y si se pierde el suelo de la realidad, nos podemos encontrar con todo tipo de conductas y teorías peregrinas, condenados a tiempos de decadencia. De ahí el hartazgo que invade a los ciudadanos

En estos tiempos decadentes, el desafío fundamental al que hoy nos enfrentamos consiste en recuperar la capacidad del sistema para que vuelva a funcionar de una manera auténticamente democrática y transparente. Bien lo decía Ernest Bloch: “La razón no puede prosperar sin esperanza, ni la esperanza expresarse sin razón”.

Estamos hartos de la cerrazón y el orgullo, incomprensiblemente defensivo, que mantiene el PP ante la evidencia de que tiene una estructura corrupta de financiación. Razón tenía Darío Fo (ironizaba sobre Italia, su país) con esta inteligente y gráfica metáfora: “En este país llevamos la cabeza muy alta… porque la mierda nos llega hasta el cuello”. ¡Con qué análoga y justa verdad se le puede aplicar hoy al Partido Popular!: “la mierda de la corrupción les llega hasta el cuello”; su corrupción económica y política se ha hecho insoportable.

Estamos hartos de escuchar a Rajoy con cinismo irresponsable y manifiesta desfachatez, una y otra vez: “Yo no voy a mirar para otro lado. Mirar para otro lado y ocultar los problemas es un error que yo nunca voy a cometer”. Para a renglón seguido, si se le pregunta por casos concretos, responder con desdén inapetente: “No conozco cómo está ese asunto. Lo desconozco totalmente”. “No puedo hablar de ese asunto porque lo desconozco absolutamente”. “Desconozco lo que usted me acaba de preguntar. Y la 2ª, ya tal”.

Estamos hartos de escuchar que hay que solucionar el problema juvenil, pero aumenta la pobreza infantil, el desempleo juvenil y la precariedad laboral, aunque con estadísticas tramposas se nos diga que se han creado miles de empleos; que nuestros jóvenes son la generación más preparada de nuestra historia y, sin embargo, vemos a miles de ellos sin esperanza y cómo tienen que exilarse buscando un futuro que aquí no se les facilita.

Estamos hartos de ver cómo van al paro ciudadanos y ciudadanas con 45 años o más, condenados a una negación permanente de posibilidades y de futuro.

Estamos hartos de escuchar reiteradamente de que España ha salido de la crisis y de oír a Rajoy decir que “nuestras perspectivas económicas son muy buenas” (fin de la cita), pero los españoles no lo perciben así; y que hay que luchar contra la violencia de género, pero se continúa asesinando a más mujeres y a algunos de sus hijos y, los que sobreviven, condenados al desamparo y a la negación de unas pensiones económicas justas y necesarias; de que existen soluciones para los problemas, pero se demoran las decisiones para ponerlas en práctica; ¿ejemplo?: la ley de memoria histórica.

Estamos hartos de hablar de lucha contra la corrupción y de políticas de transparencia y, en cambio, ver al PP empeñado en labores de obstrucción y encubrimiento y poner cuantas trabas jurídicas puede para salvar a los suyos; mientras, la opacidad de la transparencia es cada vez más densa.

Estamos hartos de oír tantas promesas incumplidas por todos los políticos. ¿Dónde están esos cambios y esa regeneración democrática de las instituciones prometidos por Ciudadanos, el Partido Socialista y Podemos? ¿Esa proclamación a los cuatro vientos por todos ellos de libertad, justicia social e igualdad, subrayando, en especial, esa igualdad de derechos entre hombres y mujeres?: ¡palabras que lleva el viento!

Estamos hartos de gran parte de la jerarquía de la Iglesia católica, apoyando siempre a la rancia derecha política, revindicando y exigiendo siempre derechos que a ellos conviene, pero negando otros muchos que revindican los ciudadanos que han apostado por una sociedad aconfesional o laica y por romper, de una vez por todas, cualquier tipo de acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede que privilegie la confesión católica por encima de cualquier otra, resabio de ese Concordato de la Santa Sede con el régimen da la dictadura franquista.

Estamos hartos de escuchar a Albert Rivera y a sus “Ciudadanos” repetir que ellos han venido para regenerar la política de los partidos antiguos y se han convertido, con su política de “veleta” en la “muleta” necesaria del partido popular. Un Rivera que, como señala alguno de sus militantes, “se acostó socialdemócrata y se levantó ultraliberal”. Un Rivera que siempre encuentra motivos para justificar sus permanentes contradicciones, ya en la Comunidad de Madrid, pues los informes de la UCO son lo bastante contundentes como para plantearse el continuar apoyando o no a la presidenta Cristina Cifuentes por mucho que ella, “ofendida”, acuse la UCO -ellos que han defendido siempre con pasión a la Guardia Civil- de participar en una operación política en su contra, ya con el Gobierno de Rajoy, del propio Rajoy y del partido popular, que han dado pruebas más que evidentes de que su corrupción es sistémica. ¿A qué esperan o qué más tiene que descubrirse?

Estamos hartos de un Parido Socialista que, desde hace meses, desnortado, enfrentado en luchas intestinas y dividido en dos facciones, ignora qué dirección dar a su brújula para un proyecto socialista convincente. El debate del pasado lunes, que pretendía cubrirse con una vacua retórica unitaria, demostró que, en lugar de esa unidad necesaria en la que está en juego el futuro del socialismo, estuvo cargado de enfrentamiento y reproches. Ignoraban que ese enfrentamiento puede anular cualquier posibilidad, si alguna queda, de recomponer un partido nuevo como alternativa al gobierno de la derecha y no, como ha sucedido en Grecia y Francia, en un partido residual, que augura descomposición y un descenso a la irrelevancia; con mucha historia, sí, pero con escaso e incierto futuro. No es impensable, pues, que muchos votantes rompan sus vínculos socialistas y depositen su confianza en otros partidos.

Estamos hartos de ver cómo Podemos, en lugar de aprovechar las posibilidades de sus 70 diputados en una oposición parlamentaria constructiva, planteando en el Parlamento los problemas urgentes y propuestas políticas alternativas posibles, aprovechando el tiempo para crecer y consolidarse (pudo hacerlo dejando gobernar al PSOE y Ciudadanos en mayo de 2016, invitados a “votar el cambio", por la "regeneración" y para que Rajoy saliera de La Moncloa), ha optado por permitir el continuismo de la derecha y de Rajoy, enredándose en la estrategia del ruido, con la posibilidad de ser reconocido por los ciudadanos no como un posible partido de gobierno sino como un partido en espectáculo permanente, con propuestas en las que todo es calculado, y que a veces provoca indignación y otras, risas o lástima. Ya decían los clásicos que “sólo los mediocres piensan que la historia se inició con ellos”.

Estamos hartos de ver cómo otros partidos, como el PNV o Nueva Canarias, por “un plato de lentejas” (o unos cientos millones de euros) son capaces de desnudarse de sus principios y, con manifiesta incoherencia, firmar y votar a favor de ese partido popular, enfangado en la corrupción, contra el que se presentaron a las elecciones. Ya lo decía con sorna Quevedo: “Madre, yo al oro me humillo, / él es mi amante y mi amado, / pues de puro enamorado / anda continuo amarillo. / Que pues doblón o sencillo / hace todo cuanto quiero, / poderoso caballero / es don Dinero”.

Se ha producido un bache creciente entre los partidos que nos representan y los ciudadanos. Superar ese bache es, en estos momentos, uno de los retos más importante que tienen los políticos. Hay que volver al valor del diálogo, del consenso y a debatir con sosiego los serios problemas que aquejan a nuestra sociedad: a la realidad; y la realidad son las vidas dignas y los derechos e intereses de los ciudadanos y no los de los políticos y, mucho menos, los de esos poderes ocultos que, sin manifestarse, son los que siempre más se benefician. Hacer política no tiene como finalidad buscar “mi verdad” o “mi solución final” sino estimular a los otros, en último término, a la solución compartida.