A cuestas con las “encuestas”

encuestasTal vez gran parte de ciudadanos estén ya hartos de elecciones y avergonzados o aburridos ante unas posibles terceras: no pocos ciudadanos estamos hartos también de tantas encuestas y sondeos que día sí y otro también publican los medios. ¿Qué pretenden? ¿Informar o dirigir el voto ciudadano? Hace pocos días el diario “El País”, con su Metroscopia -convertida ya en “Matracascopia”- anunciaba que Feijóo, ese político intercambiable y gris, lograría una amplia mayoría absoluta en las elecciones gallegas; y, de celebrarse nuevas elecciones, según el “ya” nada independiente y desprestigiado periódico el Partido Popular subiría en algo más de un punto en porcentaje de voto con respecto a las del 26J. ¡Y no digamos La Razón que dirige el tal Marhuenda!, con la colaboración de esa empresa fantasma NC Report de dudosa profesionalidad: augura, como la pitonisa de Cumas, una mayoría absoluta para su “amado líder Rajoy” (¡cómo no!) de haber nuevas elecciones generales.

Pero, ¿son fiables las encuestas? Buena pregunta, y más en las circunstancias actuales. Tan fiables como los propios políticos, las empresas que las realizan y los medios y periodistas que las interpretan y utilizan. En los sondeos y encuestas hay que tener en cuenta tres momentos: su elaboración, dudosa si no la realizan buenos profesionales; su interpretación, con el riesgo de ser cocinadas o manipuladas y su utilización, perversa si se hace con sesgos interesados. Toda encuesta es válida, mejor, representativa, en tanto aclare cómo se ha realizado. Según la Asociación Americana de Investigación de la Opinión Pública las primeras preguntas que debe hacerse el lector al ver los resultados de un sondeo es saber “¿quién lo encargó, quién lo pagó y con qué finalidad?” Habría que añadir ¿y en beneficio de quién se ha realizado?; sabemos que una encuesta “bien realizada”, nunca es barata; la más barata es la que no se realiza, aunque se publique, situación no infrecuente.

Pocos ignoran que existen cada vez más voces críticas respecto a la validez de la metodología con la que se realizan, en particular por la profusa publicación de sondeos de opinión en los medios de comunicación, fundamentalmente en tiempos de elecciones; es evidente que la técnica no está exenta de problemas. La discusión está en saber si la opinión pública que emerge de los sondeos y encuestas procede de un público que ha tenido oportunidad de formarse una opinión procedente de la discusión y de la puesta en común que supone una participación activa en la toma de decisiones o no, pues no considero importante trabajar con una metodología cuantitativa (distribución desigual de saberes: expertos o profanos) sino cualitativa (primar la representación social). De ahí que no sea totalmente correcto identificar encuestas con opinión pública. Lo que es importante es tener clara la probabilidad de certidumbre para traducir los fenómenos sociales a cifras y porcentajes.

No hace muchos años que el interés por las encuestas pasó de las empresas a la política. Medir las actitudes, comportamientos y preferencias de los ciudadanos pronto interesó al mundo de la política, de los políticos y de los medios de comunicación. Y como en el universo de la política todo se politiza (es una tautología, pero no una contradicción), también las encuestas y quienes las elaboran y utilizan no tardaron en hacerlo. Da la sensación de que toda la lucha política pasa por su correspondiente interpretación de las encuestas. Sabemos y conocemos las acusaciones que de ellas se hacen: son manipuladas, cocinadas o ambas cosas. Todo depende de los intereses que tengan los partidos, los medios de comunicación o el mundo empresarial, incluidas las propias empresas de opinión, cuyos principales accionistas no son ajenos a espúreos intereses al trabajar, directa o indirectamente para gobiernos que “les premian” con suculentos contratos o simpatizan por determinado partido político presentando sus sondeos como propaganda electoral más que como verdaderos estudios demoscópicos. Algunos políticos y sus respectivos partidos han preferido poner sus miras electorales en las estrategias publicitarias para “vender” su producto, eliminando todo rastro de debate público.

Pocos ignoran que existen cada vez más voces críticas respecto a la validez de la metodología con la que se realizan las encuestas, en particular por la profusa publicación de sondeos en los medios de comunicación, fundamentalmente en tiempos de elecciones

Convenimos en que lo más importante de los sondeos que miden preferencias electorales es que su fiabilidad, y por consiguiente, su validez, se pueden medir a posteriori contrastando los pronósticos con sus resultados. A tenor de los resultados de las dos pasadas elecciones (20D y 26J), la mayoría de los sondeos y encuestas, no han sido ni válidas ni fiables, aunque quienes se dedican a esto de “la medición de la intención de voto” siempre se vacunan diciendo que no se trata de técnicas proyectivas y que solo miden la foto del momento; sin embargo, sería lógico suponer que una encuesta realizada pocos días antes de las elecciones debería reflejar con gran aproximación los resultados reales de las mismas. Analizados los sondeos y las previsiones realizadas por las empresas demoscópicas para las elecciones del 26J y comparadas con los resultados obtenidos por los cuatro grandes partidos, su trabajo resultó un fiasco notable. Como señalé en un artículo anterior, teniendo como criterio asumible que el margen de error y la desviación en una encuesta bien elaborada varía entre + ó - 2,5%, los márgenes de error de todas ellas han estado entre el 14,7% y el 9,9%; el propio CIS dio un incomprensible 11,3% de error. Si su trabajo consiste en detectar tendencias en el voto de los electores, a la vista de los resultados y en el margen de la lógica, podemos deducir que nos sobran los sondeos y encuestas, incluidos los encuestadores y sus analistas. Es importante añadir que, no habiendo aprendido con tan desacertada experiencia, en estos momentos continúan publicando encuestas sin pudor alguno; y si equivocados han estado los sondeos, ¿qué decir de las opiniones, henchidas de dogmatismo, de tantos gurús, tertulianos y politólogos que, como en micología, en tiempo de elecciones nacen como los hongos?. Las opiniones se mueven entre el conocimiento y la ignorancia, y se articulan alrededor de temas respecto a los que no se pueden tener ideas definitivas; se mueven en el campo de la verosimilitud: de lo que es creíble o probable. Pero “los todólogos” suelen exponer unos resultados excitantes y rotundos, apoyados en otras opiniones, tan banales como las suyas, sin admitir lo que siempre es prudente advertir: “no estoy seguro” o, simplemente, “no sé”. Se atreven a dar por seguras afirmaciones inciertas; pretenden que creamos a pies juntillas sus opiniones dudosas, carentes de apoyos objetivos; dan grandes titulares, pero hacen un pésimo periodismo.

La buena política, como la seria información, no puede soportar la convivencia con el engaño y la mentira. Un mal político, como un mediocre periodista, puede engañar a los ciudadanos y a los lectores con las mentiras y las informaciones que les plazcan, pero nunca podrán construir una sociedad democrática y un sistema de información respetables. ¿Nos podemos, pues, fiar de ellos? De los políticos, sin generalizar, ciertamente no; ¿ejemplo?: es paradigmática la permanente mentira impostada del actual presidente en funciones y sin embargo, millones de ciudadanos, para vergüenza de otros, continúan votándole. De los medios de comunicación y periodistas, con muchas reservas; ¿ejemplo?: del intocable Kapuscinski, premio Príncipe de Asturias de la Comunicación y Humanidades 2003 por “su preocupación por los sectores más desfavorecidos y por su independencia frente a presiones de todo signo, que han tratado de tergiversar su mensaje”, en su libro Kapuscinski Non-Fiction, el también periodista Artur Domoslawski y amigo lanzó severas críticas al afirmar que el escritor polaco exageró, cuando no inventó ni dijo siempre toda la verdad de lo que había sucedido y de lo que había sido testigo, cruzando las fronteras de la ética, vendiendo la ficción como periodismo. 

Demasiados periodistas que hacen televisión o radio tienen la tendencia de convertirse en parte del espectáculo; se acercan a la realidad, a la noticia para confirmar ya un prejuicio ya una convicción; dan la sensación de que se acercan a la historia con el titular en la “tablet”. A través de la experiencia sabemos que los medios de comunicación crean o reflejan prejuicios y estereotipos y los difunden en el ambiente social, intentando influir en las mentalidades de los ciudadanos. Los estereotipos son expresiones o frases que expresan unas ideas preconcebidas que se aplican selectivamente a los temas que interesan ya al poder ya a los medios de comunicación, buscando provocar determinadas ideas y conductas en los ciudadanos. Por otra parte sabemos que, una vez adquiridos, las ideas que con ellos se transmiten se mantienen petrificadas de forma que si la información adquirida concuerda con el estereotipo o el prejuicio, nos sirve para ratificarlas, pero si no coincide, las desechamos y seguimos manteniendo inalteradas las ideas que componen nuestros prejuicios y estereotipos. Esto se llama, simplemente, manipulación.

Por otra parte, los resultados de los estudios estadísticos y sondeos se presentan y utilizan de forma muchas veces tendenciosa, sin tener en cuenta el proceso de elaboración de la muestra (redacción de las preguntas, elaboración de la muestra, el papel del entrevistador, la elección de los temas en función del interés susceptible de formar parte del debate público para el poder, los políticos o los propietarios de los medios..) y cómo se han extrapolado unas determinadas conclusiones a partir de sus resultados. Como ejemplo, desde hace años vengo observando la escasa independencia y el sesgo tendencioso con los que los medios del grupo Prisa (El País o la cadena SER, entre otros), otrora modelo de información fiable, objetiva e independiente, vienen informando con el fin de persuadir al público de la bondad de unas determinadas políticas o medidas sociales, o, por poner un ejemplo concreto, su manifiesto interés porque el PSOE se abstenga en la votación de investidura de Rajoy; aunque es verdad que otros muchos medios lo hacen con mayor descaro. En el año 2010 el líder de Ciudadanos afirmaba que las encuestas eran herramientas de los medios de comunicación para crear opinión a favor o en contra de algún partido. Hoy, pasados cinco años, Albert Rivera -a quien ya algunos llaman “Albert Veletera”- vive una luna de miel con las encuestas, ya no las critica; por su cercanía y apoyo a Rajoy, también él se siente apoyado por El País, El Mundo, ABC y La Razón y, por tanto, las encuestas de estos medios son ahora fiables y objetivas. Incluso Unidos Podemos, a través de sus líderes (Iglesias, Garzón) superada la debacle del “fallido sorpasso” del 26J, pues aspiraban a superar al PSOE hasta en 5 puntos y conseguir ser la segunda fuerza acortando distancias con el Partido Popular, según las encuestas de todos los medios, tanto en votos como en escaños, han comenzado de nuevo a alimentar este sueño, fiados por sondeos interesados en hundir al PSOE.

Nos estamos acostumbrando a que los políticos, los medios de información y los periodistas otorguen toda la fiabilidad a las empresas que se dicen especializadas, se fían de los datos que proporcionan limitándose a exponer resultados que no han contrastado, con el fin llenar páginas de prensa o tiempos de programas (radio o televisión) muchas veces para ocultar su desconocimiento en la materia, ofreciendo unos resultados sin verificar el trabajo científico de la muestra; con estos mimbres, la fiabilidad de los sondeos parece difícil de sostener. De ahí que los ciudadanos responsables pretendamos conocer, si queremos verificar la veracidad de los datos que se nos ofrecen en las encuestas, la solvencia de la empresa y de las personas que la han realizado y averiguar su seriedad, su honestidad y su experiencia profesional, pues tenemos constatado que el logotipo del membrete de las empresas demoscópicas no es siempre una garantía suficiente de seriedad.

La publicación de sondeos o encuestas en tiempo de elecciones debe ir acompañada de una serie de datos técnicos, esenciales para evaluar la fiabilidad de los datos publicados e interpretarlos fielmente; entre los cuales se encuentran: a) el nombre del organismo o entidad que realiza el sondeo, así como el de la empresa que haya encargado su realización; b) las características técnicas del sondeo: el sistema de muestreo, el tamaño de la muestra lograda y su extensión geográfica, el universo representado, el método de muestreo utilizado, el método para la recogida de la información, el margen de error de la misma, el nivel de representatividad, el procedimiento de selección de los encuestados, la fecha de realización del trabajo de campo; c) el texto íntegro de las cuestiones planteadas y número de personas que no han contestado a cada una de ellas. La publicación de estos datos está obligada por la LOREG (Ley Orgánica del Régimen Electoral General), pero, además, las organizaciones profesionales de investigación de opinión pública deben tener suscrito un Código Internacional sobre publicación de resultados, obligatorio para sus miembros, que incluye básicamente los mismos datos, de tal manera que aún en periodos no electorales la publicación de encuestas los deben incluir. Tal Código Internacional de Prácticas para la Publicación de Resultados de Sondeos de Opinión Pública está sometido exactamente a las mismas reglas éticas y profesionales que otras modalidades de estudio. Estas reglas están establecidas en el Código internacional CCI/ESOMAR para la Práctica de la investigación Social y de Mercados y, dado que la investigación de la opinión pública tiende a ser un campo particularmente “sensible”, la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa ha examinado este Código ESOMAR para la Publicación de Sondeos de opinión, otorgando su aprobación y el Consejo de Europa ha recomendado que se aplique para regular la publicación de sondeos saliendo al paso de que al publicar sus resultados puedan éstos presentarse de manera maliciosa o tendenciosa. De ahí que ante posibles o parecidas situaciones, ESOMAR ha decidido formular algunas recomendaciones específicas sobre la publicación de tales encuestas. Entre ellas, el punto 3 dice textualmente:

“Los sondeos de opinión juegan un papel valioso en la sociedad actual. Es deseable que tanto el público en general como los políticos, medios de comunicación y otros grupos interesados tengan acceso a través de tales sondeos a una medida exacta y no sesgada de las actitudes e intenciones del público. Es sabido que existen preocupaciones sinceras sobre los posibles efectos que ciertos sondeos podrían teóricamente tener sobre el voto u otros comportamientos. Sin embargo, la alternativa es que el público quede expuesto solamente a informaciones probablemente inexactas y carentes de fundamento científico sobre la situación, en muchos casos, presentadas por personas u organismos con un conocimiento insuficiente de la naturaleza de la información que usan o con una presentación sesgada y muy partidista de los hechos. El objetivo de este Código es reducir el riesgo de engañar al público mediante sondeos inadecuados o mal presentados”.

Existe un error muy común entre periodistas y tertulianos al creer que la principal información que aporta una encuesta consiste en adivinar el porcentaje de votos que obtendrán los candidatos el día de las elecciones, marcando casi en exclusiva la diferencia en porcentaje de votos que existe entre los candidatos. Ignoran que el resultado de esa diferencia es solamente un dato de los tantos que debe aportar una encuesta científica y honestamente realizada y que los números deben ser leídos, presentados e interpretados por especialistas sin sectarismos desde foros de debate éticos y objetivos, sin dejarse guiar ni por filias ni fobias. Y la primera condición (una encuesta científica y honestamente realizada) no la cumplen muchos medios y tertulianos y la segunda (especialistas que saben interpretar los datos sin sectarismos) no es una cualidad que abunde entre los periodistas; a muchos les falta profesionalidad y ética periodística; emplean en sus análisis la técnica del “Pinto, pinto, gorgorito, a éste le sumo y a ése le quito”. Y si esto es grave, es perversa a su vez la interpretación, superficial e irresponsable, que de este tipo de encuestas realizan los medios de comunicación y la clase política, hasta llegar en ocasiones a la interesada conclusión de que la voz de los sondeos es la voz de la opinión pública.

Guillermo López García, en su magnífico trabajo “Representaciones de la opinión pública”, realiza algunas importantes reflexiones que me parece interesante sintetizar. Según él, los políticos no pueden ignorar “el clamor de la opinión pública”, esto es, de las encuestas, y se ven obligados a transigir con las medidas que exige el público de masas; en este contexto tenemos la sensación de que la lucha política pasa por la correspondiente interpretación en las encuestas. Los sondeos de opinión, en su “guerra de cifras”, determinan la existencia de unas opciones “ganadoras” o “mayoritarias”, en torno a las cuales se acabará reuniendo la mayor parte de los votantes, mientras que los partidos minoritarios, a no ser que puedan cumplir el papel de “partido bisagra”, son ignorados, incluso molestos, al poder impedir que gane uno de aquellos que se vislumbran como mayoritarios; esto supone una llamada al “voto útil hasta convertir e identificar democracia con “sondeocracia y una visión determinista del voto”. El ciudadano cae en el pesimismo, el marketing reduce la libertad, el debate político se hace innecesario pues ya está todo dicho y es inútil luchar contra las grandes cifras. Es más, tal como los medios presentan los resultados, ya no resultan importantes los programas y los argumentos; cuenta más la imagen de los candidatos, que son vendidos como productos comerciales que el votante -consumidor- comprará si está satisfecho con lo que ofrece el producto; de este modo los partidos quedan subsumidos en la figura de sus cabezas visibles o líderes políticos: “Yo voto a Rajoy, tú a Sánchez, ese a Iglesias y aquel a Rivera…”. ¡Qué deleznable y antidemocrática simplificación! El profesor López García finaliza su análisis con estas consideraciones: los sondeos se convierten en un arma de doble filo: pueden ser utilizados de forma falseada para criticar ciertas opciones políticas, obrando como un factor deslegitimador o para ensalzar otras, elevando su importancia y valor inmerecidamente. Si esto es así, concluye, se daría un choque entre la legitimidad científica y la legitimidad política de las encuestas y sondeos.

Hoy más que nunca hay que reivindicar la verdad periodística, la que informa sin intereses, la que está siendo expulsada de los grandes medios de comunicación y de los periódicos que en otro tiempo fueron referente de una información sincera y objetiva. Hoy más que nunca hay que dar voz a los que nadie escucha y hablar y escribir en nombre de ellos.

De ahí que, ante tanta falta de honestidad e independencia de algunos políticos, empresas demoscópicas y periodistas “bien pagados”, ante su incapacidad para dar respuesta y solución a los problemas de la ciudadanía al mirarse el ombligo de sus propios intereses, ya de partido, ya de empresa o ya de soberbia profesional, cuando pretenden que, por por la presión de las encuestas y sondeos tendenciosos, la voluntad de los ciudadanos se pueda modificar, incluso, torcer, les podamos recomendar que lean estos versos finales de un poema (Los cobardes) de Miguel Hernández, ese poeta de trinchera, que como el viento del pueblo trae: “…un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida”:

…Ocupad los tristes puestos
de la triste telaraña.
Sustituid a la escoba,
y barred con vuestras nalgas
la mierda que vais dejando
donde colocáis la planta.