¿Sopla viento del oeste?

“La importancia de los iconos-santos lo demuestra el uso universal de sencillos retazos de tejido coloreado  -a saber banderas- como símbolo de naciones modernas y asociación con rituales y cultos a los que se concede gran importancia”
“Naciones y nacionalismo desde 1780”Eric J. Hobsbawm-


El designio de Rajoy al convocar elecciones acudiendo al 155 obedecía seguramente a un doble objetivo: saldar el conflicto en/con Catalunya a ser posible mediante una derrota electoral del independentismo (la goleada de 10 a 0 con la que siempre soñó una vicepresidenta ahora menguante por desaparecida); y habilitar al mismo tiempo el salvoconducto judicial para que, en caso de que tal derrota no tuviese lugar, mantener fuera de juego ( en prisión o en el exilio) al adversario político, anulando así de hecho el veredicto de las urnas, por imposibilidad material de formar gobierno a partir del resultado electoral.

La primera parte de ese doble objetivo se sustentaba probablemente sobre una hipótesis no verificada: el independentismo ya habría alcanzado antes su techo electoral y por tanto la previsible mayor participación se trasladaría con exclusividad a unos mejores resultados de las fuerzas opuestas al mismo.

La segunda parte en cambio descansaba sobre una certeza: la única forma de colocar fuera de juego a los principales referentes del independentismo era privarles de su inmunidad parlamentaria (de modo fulminante, mediante la aplicación del 155), para de ese modo propiciar desde la Fiscalía su inmediato encarcelamiento a través de un alto tribunal (Audiencia Nacional o Tribunal Supremo). Es decir, la prisión mediante un procedimiento excepcional, no regular.

La hipótesis del techo electoral efectivamente no se ha verificado o al menos no en la medida necesaria para conseguir despojar al independentismo de su mayoría parlamentaria sin más trámite que el del escrutinio de los votos. En cambio la certeza -¡cómo no!- está funcionando plenamente

Por el momento y, más aún, por el modo de llegar a estas elecciones de excepción en Catalunya, el espacio político, intensamente polarizado, no podía tener otro eje que el de la ‘cuestión nacional’. El propósito de soslayar ésta, tratando de polarizar dicho espacio a lo largo del ‘eje social’  -es decir el convencional de izquierda – derecha-, solo podía conducir a la inanidad y al fracaso. 

gago2En tales circunstancias la polarización tenía que dar como correlato el ‘voto útil’ dentro de cada uno de esos dos compartimentos estancos (independentistas y españolistas) y por tanto la atracción y concentración en la fuerza que en el respectivo bloque mostrase a lo largo de la campaña un liderazgo más nítido.

El indiscutible éxito de C’s -algo menor que su autoproclamada ‘victoria’- se debe a la conjunción de varios factores: una muy intensa acción del ‘voto útil’ con trasferencia a su favor de la mitad de los votos que en los anteriores comicios fueron a parar al PP y la atracción hacia sí de la mayor parte- aunque no toda- de la anterior abstención (o de nuevos votantes)

Otro factor -no menor- del éxito, sobre todo en el importante plano publicitario, ha sido el desdoblamiento de la anterior coalición independentista en dos listas separadas, lo cual ha permitido al partido naranja presentarse como el más votado. Pero al mismo tiempo, paradójicamente, eso mismo puede haber facilitado la mejora de resultados electorales para el independentismo.

En efecto, los dos principales partidos del bloque independentista, frente a la profecía del “techo”, incrementaron también sus precedentes resultados (en votos y en escaños) a base de recoger el flujo procedente del tercero (la CUP, que al igual que el PP se queda en una escuálida mitad), ganando además una parte -aunque en bastante menor grado que C’s- del precedente abstencionismo (y nuevos votantes). Ello ha ocurrido de forma generalizada en todo el territorio aunque en algunos lugares de forma particularmente acusada.

De estas insólitas elecciones (a este paso serán las ‘normales’ las que terminen por serlo), uno de los aspectos que parece haber pasado más inadvertido es la práctica consumación del desplome experimentado en las bases de sustentación del particular régimen político instaurado tras la Segunda Restauración.

Dos de sus principales columnas dinásticas -el PP y el PSOE permanentes protagonistas del ‘turnismo bipartidista’- han quedado relegados electoralmente en Catalunya a una presencia casi marginal: entre los dos no han conseguido reunir ni el 20% de los votos emitidos (en 2006 sumaron casi el 40 %). Quiere ello decir que de 13 catalanes con derecho a voto solo 2 lo entrega a alguno de los dos partidos que en el Reino han venido siendo hegemónicos desde 1981 de forma ininterrumpida.

Es más, de los 136 mil nuevos electores que podían hacerlo por primera vez en los comicios que se acaban de celebrar, tan solo poco más de mil (menos del 1%) decían estar dispuestos a hacerlo por el PSC-PSOE. Por el PP, no hubo nadie en ese grupo que confesara intención de votarle. En la cohorte de 18 a 24 años cosechaban tan solo el 2,6 % y el 1,5% de intención de voto, respectivamente.

Pero tan importante como esto para la estabilidad de la arquitectura de esa Segunda Restauración es la mutación que parece haber experimentado (o estar en trance de hacerlo) el que Juliana denomina -irónicamente y con insistencia- ‘gen convergente’.

Porque la simple constatación de la resiliencia de ese gen en su irrefrenable afán de poder, no debería ensombrecer el alcance de tal mutación: el secular complemento que para la turnista gobernación del Reino ha representado la corriente catalanista encarnada en aquel ‘pujolismo’, tan ecuménicamente ensalzado antaño -tranquilo Jordi, ¡tranquilo¡, en frase célebre del anterior monarca - como denostado hoy, habría dejado de estar “disponible” para ese menester, al parecer de modo irreversible.

Lo que sí ha originado – y sigue haciéndolo –interminables comentarios (por lo general en ‘modo lamento’ desde el lado izquierdo) ha sido el (¿irresistible?) ascenso de ‘la derecha’.

Sin-título

Céfiro, el dios griego del viento del oeste, y la diosa Flora, fresco de William-Adolphe Bouguereau (1875)

Sin embargo, aquí sería obligado hacer una elemental distinción para no incurrir no ya en la simplificación sino más bien en la simpleza. Y es que hablar hoy en Catalunya de ‘la derecha’ en vez de hacerlo de ’las derechas’ , al menos de dos -la nacionalista y la no nacionalista- induce a una tremenda confusión tanto analítica como política (como se ha podido ver en algunas de ‘las izquierdas’ con su estrategia).

Con todo, tal supuesto ascenso, que tan y tanta nostálgica lamentación está produciendo, no tiene excesiva consistencia cuantitativa ni menos aún gran significado en tanto tendencia.

En efecto, sumando a los votos obtenidos por PP y C’s, los que fueron a parar a los ‘convergentes’ (en sus muy variables denominaciones), la serie en los comicios autonómicos resulta ser: (2017): 51,5%;(2015): 50,3% (estimado al ir los convergentes en coalición con ERC); (2012): 51,7%; (2010): 54,4% y (2006): 46,1%, con diferencias muy poco apreciables como puede comprobarse.

Pero es que además esa operación aditiva es puramente aritmética ya que, sobre todo desde 2012, carece de traducción política y por su heterogeneidad apenas tiene significado alguno.

Tampoco en el lado de las izquierdas se han registrado oscilaciones llamativas en ese mismo periodo, cuando se atiende al conjunto de los partidos así ‘etiquetables’. Otra cosa es sí solo se contempla a la izquierda convencional no nacionalista, que pasa de recoger un 37% de los votos en 2006 a reunir poco más de un 20% en estas elecciones recién celebradas  

Algo más alarmante en el largo aliento, es decir de 2006-2010 para acá, puede resultar en cambio la evolución de la genuina derecha en Catalunya (es decir la ‘españolista’ representada por el conjunto PP y C’s): 14,0% (2006); 15,9% (2010); 21,0% (2012); 26,5% (2015) y 29,6% (2017).

Ante esa progresión, y sin restarle méritos a quien por ahora lidera esa derecha, no estaría de más detenerse en el ‘demérito’ de quienes dirigen las izquierdas para que así haya ocurrido.

Hacerlo parece imprescindible aunque solo sea para contrarrestar el insano impulso de atribuir el propio fracaso a una supuesta ‘derechización’ de los votantes.

Ese ‘frente galaico’ (Franco, Fraga, Rajoy) que no deja de azotar a la península, además de inquietante por la dirección hacia la que empuja, lo es aún más por las turbulencias que presagia. El conflicto con Catalunya, trabajado con paciencia por un aparentemente impasible Rajoy a lo largo de una larga década (al menos desde 2006 para acá), es buena prueba de ello.

Bien es cierto que esas mismas turbulencias pudieran terminar barriendo también a su taimado céfiro.