La vía alemana a la prosperidad

Foto: Parlamento Europeo
Foto: Parlamento Europeo

Una salida progresista de la crisis tiene muy poco que imitar del modelo alemán...

Una salida progresista de la crisis tiene muy poco que imitar del modelo alemán

Muchos economistas autóctonos y foráneos venden que las medidas de austeridad y devaluación salarial aplicadas en España a partir de mayo de 2010 son similares a las reformas iniciadas en 2003 por el segundo Gobierno presidido por Schröder. Y sueñan que, como en el caso de Alemania, esas políticas de oferta alienten la reindustrialización y recuperación de la economía española.

Cuentan la historia de la siguiente manera: Alemania llevó a cabo reformas que permitieron a la industria alemana mejorar su competitividad, incrementar sus tasas de rentabilidad y reforzar sus exportaciones. El ajuste en los costes de producción de las empresas alemanas se logró mediante dos reformas principales: primera, una liberalización del mercado de trabajo que amplió las fórmulas de contratación e incrementó la presión sobre los costes laborales para impedir que los salarios crecieran por encima de la inflación y la productividad; y segunda, una reducción de la carga tributaria que soportaban las empresas, con el mismo objetivo de mejorar márgenes y capacidad competitiva y, con ello, favorecer la inversión y la creación de empleo.

Para financiar esas políticas de oferta, Alemania recortó el gasto público; de ese modo, la reducción de ingresos públicos se pudo compensar con una reducción equivalente desde el lado del gasto que permitió el equilibrio presupuestario. La prolongación de esas políticas de oferta contaron con el beneplácito de sindicatos y patronal y lograron mantener la moderación salarial y reforzar aún más la competitividad de la industria y del conjunto de la economía alemana tras el estallido de la crisis en 2008.

Según esa simplificadora historia, gracias a esa reducción de costes empresariales y gasto público, Alemania ha logrado una economía muy saneada que se encuentra muy cerca del pleno empleo, unas cuentas públicas equilibradas, una estructura industrial con mucho fundamento y un gran potencial competitivo que se refleja en impresionantes superávits de sus cuentas exteriores.

En ese relato sobre el modelo de reformas seguido por Alemania hay algo de verdad y mucho de mentira consciente y confusión interesada.    

A esa leyenda embaucadora sobre la eficacia de la estrategia de austeridad, devaluación salarial y reformas estructurales que se presenta como el modelo que sigue la economía española para conseguir la reindustrialización y la prosperidad hay que oponer una interpretación menos ideologizada y más ajustada a los datos y los hechos.

Brevemente, paso a plantear dos asuntos que intentan desmontar otras tantas mentiras en torno al modelo alemán. En primer lugar, Alemania no aplicó las medidas que se han impuesto en España. Y, en segundo lugar, la fortaleza de la economía alemana nada debe a las políticas de oferta emprendidas en 2003; en cambio, muchas de sus debilidades actuales tienen su origen en la prolongación de las políticas de oferta.

El modelo alemán

El resultado esencial de las reformas aplicadas en Alemania no fue impulsar la competitividad de la industria alemana, que ya era muy fuerte entonces y no se ha basado ni antes ni ahora en la reducción de costes y precios.

La desregulación que se llevó a cabo en algunos segmentos del mercado laboral alemán multiplicó los empleos indecentes entre los trabajadores menos cualificados y en las actividades y sectores a resguardo de la competencia mundial, pero no cambió significativamente la protección del empleo ni el alto nivel de los salarios en la industria o los servicios a las empresas vinculados al mercado mundial. De hecho, los indicadores sintéticos de la OCDE muestran que en 2013 el rigor de la protección del empleo frente a despidos colectivos e individuales en el caso de los contratos indefinidos era mayor en Alemania que en Francia. Ni que decir tiene que ese rigor es superior en ambos países al que existe en España.

Y algo parecido sucede con los salarios. Los costes laborales por hora (incluyendo la seguridad social a cargo de las empresas) en 2013 seguían siendo tan altos en la industria alemana (36,1 euros de media) como en la francesa (36,7 euros), siendo en ambos casos superiores en algo más del 59% a los de la industria española. En los tres países la crisis debilita el poder de negociación de los asalariados y favorece la moderación salarial, pero en ni en Alemania ni en Francia se han producido reducciones significativas de los salarios reales en la industria o los servicios a las empresas. En España, por el contrario, los recortes salariales han sido significativos y han afectado a todos las actividades, incluyendo las industriales, por mucho que en el sector manufacturero la pérdida de capacidad de compra de los salarios haya sido menos intensa. 

La desregulación del mercado laboral y la moderación de los costes laborales que inició Schröder y continuó Merkel generaron muchos empleos indecente para los trabajadores que habían perdido su empleo y estaban alargando las colas del paro como consecuencia del desplazamiento hacia el Este (cercano a Alemania o lejano) de actividades de bajo valor añadido y más intensivas en trabajo poco cualificado. Existen en la actualidad 7,8 millones de minijobs y empleos a tiempo parcial que perciben de media 400 euros mensuales y que solo a veces se complementan con la pensión o un subsidio.

Sin embargo, la expansión del empleo indecente en los servicios de baja cualificación no ha llegado a contaminar o deteriorar las condiciones salariales y de trabajo existentes en la potente industria alemana. La fortaleza de la industria alemana proviene, en lo fundamental, de las estructuras y especializaciones productivas alcanzadas mucho antes del 2003. El mantenimiento de los altos salarios en la industria y los servicios a las empresas permite explicar la actitud propicia a la moderación de los costes salariales que ha caracterizado a los sindicatos alemanes; pero en ningún caso podría servir como justificación del escaso interés sindical mostrado por la suerte de los millones de trabajadores y, especialmente, trabajadoras que se han visto obligados a atar su horizonte vital a empleos indecentes que apenas les permiten sobrevivir.

Las políticas de oferta y devaluación interna llevadas a cabo en Alemania a partir de 2003 no han estado acompañadas, ni antes de la crisis de 2008 ni después, por políticas de austeridad y recorte del gasto público tan extremistas como las impuestas a los países del sur de la eurozona a partir de 2010. De hecho, entre 2003 y 2005, cuando se aprueban y comienzan a aplicarse las políticas de oferta, el déficit público alemán era superior al límite del 3% establecido por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, situándose también por encima del déficit medio de la eurozona y muy por encima del de España en aquellos años. La reducción del déficit público alemán durante esos años fue muy moderada, ya que pasó del 4,2% de 2003 al 3,3% de 2005. El esfuerzo para recortar el gasto público fue también de muy baja intensidad y apenas logró reducirlo del 48,5 del PIB en 2003 al 46,9% en 2005; tras posteriores altibajos, el gasto público ha permanecido en los últimos tres años (2011-2013) en torno al 45% del PIB.

Fortalezas y debilidades de la economía alemana

El fortalecimiento y la competitividad de la industria alemana deben mucho más a sus poderosas e históricas raíces o a los procesos de subcontratación y deslocalización en economías asiáticas y poscomunistas de Europa oriental llevados a cabo en la última década del pasado siglo y los primeros años del nuevo, que a las políticas de oferta aplicadas a partir del año 2003.

El aumento de los beneficios de las empresas industriales alemanas no proviene de la moderación de los costes laborales, sino de su capacidad de competir en productos de alta gama y segmentos de alto valor añadido en los que se pueden ampliar márgenes aumentando precios, sin sufrir por ello pérdidas significativas de competitividad.

Las exportaciones alemanas han crecido a mayor o similar ritmo que las exportaciones mundiales antes y después de 2003. Su cuota exportadora en el mercado mundial no sufrió deterioro alguno antes de 2003, ni cambió significativamente su buena trayectoria con posterioridad. La razón de este buen comportamiento es que las exportaciones de la industria alemana muestran una muy reducida elasticidad demanda-precio, por su especialización en productos de alta gama blindados frente a la competencia de las economías con bajos salarios. La crisis global de 2008-2009 apenas supuso un breve e inevitable paréntesis en la trayectoria ascendente de las exportaciones.

Es en esa especialización y en su estructura productiva y empresarial donde hay que buscar la fortaleza de la economía alemana. Pero hecha esa constatación, hay que observar que la crisis no le ha venido nada mal a Alemania, ya que le ha permitido ganar peso económico y poder político y le ha proporcionado algunas ventajas económicas de indudable interés que nada tienen que ver con la moderación salarial ni con la proliferación de los empleos indecentes.

Por ejemplo, los agentes económicos públicos y privados alemanes se han aprovechado de unos costes financieros muy inferiores a los que han soportado sus socios y competidores de la eurozona. Han sido la fragmentación de los mercados financieros de la eurozona, el aumento de la aversión al riesgo y la inacción del BCE hasta julio de 2012 los factores que durante años multiplicaron las diferencias en las tasas de interés y propiciaron el cierre del crédito a las economías del sur de la eurozona.

Por otra parte, el fortalecimiento del euro frente al dólar antes del estallido de la crisis (entre 2002 y 2008) y en varias etapas posteriores (la última, desde mediados de 2012 hasta principios de 2014) apenas ha afectado a las exportaciones alemanas que, por el alto nivel de gama de su producción industrial, han sido inmunes a la apreciación del euro, mientras muchos de sus socios de la eurozona, con una elasticidad demanda-precio de sus exportaciones mucho más elevada, sufrían importantes pérdidas de competitividad y cuota de mercado a causa de la apreciación del euro.

Además, la profundidad de la crisis ha provocado una inmigración muy fuerte proveniente de otros países de la eurozona. La migración neta en Alemania, que en los años inmediatamente anteriores al estallido de la crisis rondaba el 0,1% de la población, ha crecido de forma ininterrumpida y rápida hasta alcanzar actualmente el 0,6% (medio millón de personas al año). Esa inmigración realiza dos interesantes aportaciones económicas: permite paliar el rápido envejecimiento de la población alemana y facilita que se cubran y amplíen los empleos cualificados de relativamente alto valor añadido, con la ventaja añadida de no soportar los costes de su formación.

A pesar de su fortaleza y de las ventajas obtenidas en los últimos años, la economía alemana presenta debilidades que pocas veces se muestran a plena luz. En la mayoría de los casos, esas debilidades tienen mucho que ver con las políticas y reformas emprendidas a partir de 2003.

Así, a  pesar de un mercado laboral que muestra importantes tasas de crecimiento del empleo (en torno al 1% de crecimiento medio en los últimos cuatro años) y una tasa de desempleo que se sitúa en el 5%, los salarios reales apenas crecen a tasas anuales cercanas al 1%, por lo que la debilidad de la demanda interna continúa suponiendo una restricción al crecimiento. Mantener de forma indefinida el débil crecimiento de los salarios reales en aras a la mejora de la competitividad y la rentabilidad de las empresas no permite un crecimiento robusto.

Y algo similar sucede desde el lado de la demanda externa. El muy importante peso de las exportaciones totales de bienes y servicios (algo más del 50% del PIB) hace a la economía alemana muy vulnerable respecto a la evolución de los mercados de sus socios de la eurozona, cuya debilidad no siempre puede ser compensada por las ventas al resto del mundo. Como la inversión de las empresas está muy vinculada a la evolución de sus capacidades exportadoras, el progreso inversor también es moderado y el nivel de utilización de las capacidades de producción está por debajo de lo normal y sin visos de mejorar a corto plazo.

Un grave problema que generalmente pasa desapercibido es el escaso avance de la productividad del trabajo y de la productividad global de los factores que acredita la economía alemana, a pesar de realizar un importante esfuerzo en I+D. Entre 1998 y 2013, Estados Unidos, Suecia, Reino Unido, Japón e, incluso, Francia muestran mayores tasas de crecimiento de la productividad del trabajo, tanto en el conjunto de sus respectivas economías como (con la excepción del de Japón) en sus sectores manufactureros. Y aunque los resultados de Alemania en cuanto a la productividad global de los factores son algo mejores, también son sobrepasados por Suecia, Estados Unidos y Japón.

La mayor parte de los indicadores disponibles de distribución de la renta reflejan niveles de desigualdad similares entre Alemania y Francia; los de España son, en general, significativamente más altos. La diferencia más notable entre Alemania y Francia se concentra en el 1% de la población que percibe los mayores niveles de renta: en Alemania ese 1% lograba el 12,7% del PIB (incluyendo rentas del capital) en 2007, mientras en Francia captaba el 9,2% (sin incluir las rentas del capital). Esa ventajosa posición del 1% de la población alemana de mayor renta  recibió un fuerte impulso del paquete de reformas estructurales que puso en marcha Schröder y se ha consolidado durante la actual crisis de la eurozona. Situación que permite explicar, en parte, la obcecación de la elite alemana en la tarea de exigir austeridad a sus socios, primero a los países del sur de la eurozona y, ahora, a Francia e Italia.

La concentración de renta, riqueza y poder en manos del 1% de la población alemana es perfectamente compatible con la extensión de minijobs y otros empleos a tiempo parcial (que conjuntamente suponen un 27,7% de un total de 42,7 millones de empleos), de los que un 45% perciben rentas inferiores al umbral de pobreza (por debajo del 60% de la renta mediana, equivalente a 11.757 euros anuales en 2012); pero también ha permitido mantener el bienestar de un bloque social y electoral mayoritario y hegemónico en el que se integran una parte sustancial de las clases trabajadoras y las capas medias relacionadas con la industria y las actividades de servicios a las empresas de alto valor añadido y mayor densidad tecnológica.

Alemania es un país con un enorme poder industrial y muy próspero que se ha empeñado en recetar a sus socios del sur de la eurozona una medicina que nunca ha experimentado en su propia economía y que está destruyendo crecimiento potencial, cohesión social y estabilidad política en los países que han sido obligados a tragarse su agresivo coctel de austeridad, recortes y desregulación. Poco tienen que ver las políticas aplicadas por Alemania a partir de 2003 con las que se han exigido, atropellando razones y soberanías, a los países del sur de la eurozona. Nada tienen que ver los relativamente buenos resultados obtenidos por Alemania con la catástrofe que han contribuido a causar en los países del sur de la eurozona ni con las heridas provocadas en el proyecto de unidad europea.

Una salida progresista de la crisis tiene muy poco que imitar del modelo alemán y, menos aún, de la extremista e insensata versión impuesta en España a partir de mayo de 2010.