La última función con Sánchez y Rajoy como coprotagonistas

Imagen: Europapress
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Hemos asistido a la última función protagonizada por Sánchez y Rajoy. También, seguramente, al final del bipartidismo.

Cara a cara con un escenario cuidadosamente preparado. Dos actores se esfuerzan en que parezcan improvisadas ideas y críticas engarzadas por sus respectivos equipos de publicistas y asesores. A ambos se les nota la tensión que produce intentar colocar como mercancía nueva palabras desgastadas, frases manidas, promesas que podían tener algún sentido si en sus bocas resultaran creíbles. Rajoy y Sánchez se enzarzan a propósito de la recuperación económica o los impuestos. Salvo algún destello, todo resulta conocido, cansino, repetitivo. Sánchez y Rajoy se necesitan para que sus respectivos discursos fluyan y parezca que conocen y responden a los problemas de la gente.

Descanso y cinco minutos de publicidad.

Vuelven a escena. Las críticas a la corrupción no resultan creíbles. Mire usted señor Rajoy. Mire usted señor Sánchez. Aburren. Sánchez se siente heredero de la gestión realizada por los sucesivos gobiernos socialistas. Rajoy es más de Pontevedra. La cosa se embrolla. Se insultan. Al moderador no le importaría esfumarse. El nivel del debate no puede caer más bajo. Recitan sus monólogos finales. Acaba la representación.

La indignación provocada por la corrupción y la gestión de la crisis realizada por los últimos gobiernos del PSOE y del PP no tiene vuelta atrás. Hemos asistido a la última función protagonizada por Sánchez y Rajoy. También, seguramente, al final del bipartidismo.

Los malos resultados económicos de las políticas de austeridad y los torpes intentos de presentar como reactivación un crecimiento coyuntural, insostenible y lastrado por el paro, el empleo precario y salarios y pensiones que no permiten llegar a fin de mes a una parte considerable de las clases trabajadoras han restado legitimidad al bipartidismo. El 20-D comprobaremos hasta donde llega su retroceso. Veremos hasta qué punto los recortes, la presión contra los salarios y los derechos laborales, el deterioro de la sanidad y la educación públicas y la corrupción asociada al modus vivendi de los dos grandes partidos españoles han hundido su suelo electoral. En el pasado, su cota conjunta de apoyo electoral superaba el 80%. Previsiblemente, según todos los sondeos, el próximo 20 de diciembre no alcanzarán entre ambos el 50% de las papeletas que contienen las urnas.

La subordinación del bipartidismo a los dictados de las instituciones europeas también ha comenzado a tener un impacto significativo sobre el apoyo de la ciudadanía española al proyecto europeo, debilitándolo o generando dudas. Si la Unión Europea insiste en imponer políticas de austeridad durante otra legislatura y el nuevo Gobierno vuelve a hacer suyas esas imposiciones, nadie debería extrañarse de que parte de la población acabe dando la espalda a un proyecto europeo que asocia cada vez más con restricciones que impiden aplicar políticas más razonables y respetar la voluntad de la mayoría social.

El deterioro de la legitimidad del proyecto europeo también se hace más que evidente en países de nuestro entorno, como Francia, donde el apoyo que la ciudadanía mantenía hacia una sociedad democrática y abierta a identidades plurales y culturas entreveradas es cuestionado por una parte considerable del electorado. Los valores y las soluciones políticas que garantizaron en el pasado el desarrollo de tales sociedades están en entredicho. La extrema derecha de Le Pen sigue avanzando.

Las políticas de austeridad intensificaron la recesión y prolongan el estancamiento de la economía europea. A la incapacidad para encontrar una salida mostrada por las instituciones europeas se suma su insensibilidad por el desastre social causado en los países del sur de la eurozona. Y a todo ello hay que añadir los recientes impactos en territorio europeo del ciego terrorismo que practican organizaciones que encubren sus fechorías con banderas religiosas y el no menos ciego intervencionismo militarista que practican grandes potencias que pretenden legitimar sus bombardeos con las banderas de la democracia y la seguridad nacional. Terrorismo y réplica militarista que empujan a millones de personas a la búsqueda de refugio. Terrorismo y réplica militarista que alimentan nefastas ideologías de carácter xenófobo y políticas que consideran compatible el encastillamiento político y social de Europa con un nuevo impulso de la desregulación y liberalización del mercado mundial. Y que creen suficiente para asegurar esa compatibilidad reforzar los cuerpos policiales y contar con fuerzas militares dispuestas a hacerse efectivas y presentes en todo momento y lugar mediante bombardeos.

El proyecto de unidad europea y el propio proyecto de convivencia plurinacional en el que debe desembocar el Estado español si quiere subsistir están amenazados. El próximo Gobierno de España deberá afrontar numerosos factores de crisis y amenazas. Problemas que solo pueden resolverse duraderamente mediante el diálogo, la negociación, un reparto justo de los costes y pactos que respondan a las necesidades de las mayorías sociales y respeten los principios y procedimientos democráticos.

La ciudadanía tendrá que sopesar y decidir hasta qué punto los dos viejos partidos integrantes del bipartidismo y las viejas políticas ofrecen soluciones. Han sido parte fundamental de los problemas que ahora sufrimos y es improbable que puedan ser parte de la solución. El 20-D la ciudadanía tiene la oportunidad de pedirles cuentas y restarles autoridad.

Obviamente, PP y PSOE no son iguales ni representan los mismos intereses o sectores sociales.

El PP es el pilar sobre el que descansan desde hace cuatro años los recortes, la subordinación a las políticas de austeridad impuestas por las instituciones europeas, el aumento de rentas y patrimonios acaparados por una poderosa minoría y la cerrazón a buscar una salida negociada al conflicto con Cataluña.  

El PSOE, sin el contrapeso de Podemos, sería más de las mismas políticas llevadas a cabo por el Gobierno de Zapatero a partir de mayo de 2010 y reforzadas por el Gobierno de Rajoy durante la última legislatura. Más del mismo distanciamiento entre lo que dice durante el corto periodo electoral y lo que hace cuando dirige el Gobierno.

Podemos aspira a conformar una alternativa, con su participación en un Gobierno progresista o desde la oposición, y reivindica un cambio político que permita que la mayoría social sea escuchada y atendida en sus demandas. Puede parecer poco, pero supondría un cambio de rumbo y de época. El bipartidismo se ha convertido en una grave enfermedad. Podemos, en parte del remedio.