Bula para pecar y delinquir

Fray Anselmo de Laramie |
nuevatribuna.es | Actualizado 21 Octubre 2010 - 12:17 h.
NUEVATRIBUNA.ES - 30.3.2010

La Iglesia es una institución opaca que administra misterios. Su existencia está marcada por el secreto, convertido también en sacramento -la confesión-, tanto en lo referido a la formulación de los dogmas sobre su privilegiada relación con la divinidad, como al modo de funcionar para perpetuarse como organización humana. Junto a los referidos a su situación financiera y a las intrigas por ejercer su extenso poder, entre los secretos mejor guardados están los relativos a las flaquezas humanas de sus miembros, especialmente de las altas jerarquías nacionales y la curia vaticana. Por ello no ha chocado su reacción ante los casos de pederastia en EE.UU., México, Holanda, Irlanda, Alemania, Austria y Australia, que han ido apareciendo en los medios de información.

Una demencial campaña de desprestigio, según el Papa, quien afirma que las mezquinas habladurías no van a intimidarle, pero no se trata de intimidarle, que, en reciprocidad, no estaría de más, dado que la intimidación es una práctica que acompaña desde hace siglos al papado, sino de exigirle que actúe como corresponde a la altísima autoridad moral que dice ostentar.

La salida a la luz pública de miles de casos de pederastia en numerosos países muestra, en primer lugar, la hipocresía de una institución que se dice creada por designio divino con la misión de salvar almas difundiendo una moral, la única moral humana digna de tal nombre, que es muy estricta para los creyentes y parece muy laxa para los funcionarios de la Iglesia. El secreto institucional ha servido para velar esta doble moral, esta ética farisaica que ha permitido hurtar a la acción de la justicia delitos de muchos sacerdotes, en algunos casos cometidos a lo largo de años, al estimarlos simples flaquezas humanas que podían expiarse mediante la confesión.

Las opiniones de la Curia disculpan la conducta de los culpables y se olvidan de las víctimas. Monseñor Álvarez señala que en las familias se dan más casos de pederastia, pero ése no es el problema. Y monseñor Cañizares afirma que se publica todo eso para no hablar de Dios, cuando debería preocuparle que Dios haya podido ser la coartada para abusar impunemente de los menores, porque los sacerdotes que han cometido tales delitos no son pederastas callejeros, sino que han utilizado una posición de superioridad institucional que ha confunddido moral y anímicamente a las víctimas.

En descargo de los culpables, el Papa ha señalado un problema ético: que han podido elegir ser virtuosos o no serlo, y una mala elección les ha conducido a caer en lo más bajo. Es de imaginar que hayan existido tales dilemas morales, pero lo cierto es que las víctimas, miles de jóvenes y de niños, algunos de ellos física o síquicamente disminuidos, no han podido elegir.

Lo que a la Iglesia se exige es resarcir a las víctimas, moral y económicamente y aplicar de manera estricta la justicia de Dios, que parece más laxa que la humana, y colaborar con la ley, pues con su silencio y su anuencia, el Vaticano ha extendido bulas para pecar y, sobre todo, para delinquir. Si el pecado tiene su absolución administrada en el confesionario por un funcionario eclesiástico, la expiación del delito corresponde a la justicia ordinaria. Y eso es lo que se ha hurtado. Con la protección de los pederastas, la curia ha cometido otro delito: el de encubrir y amparar a delincuentes. Y recordar todo esto no tiene como fin intimidar a la Iglesia, sino aplicarle el mismo trato que al resto de ciudadanos, ¿o habría que decir aquí, que al resto de pecadores?

Fray Anselmo de Laramie
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Yo que alumno también fui
de aquellas Escuelas Pías
voy a contarles los días
de mi paso por allí:
Era en los años sesenta
con el Padre Fructuoso
hombre, por demás, meloso,
cariñoso y sebosín.
Él frisaba los cuarenta
no más de once los efebos
que relucientes y nuevos
se le insinuaban. Que sí.

Yo que alumno también fui
de aquellas Escuelas Pías
voy a contarles los días
de mi paso por allí:
Era en tiempo de cuaresma
el tiempo de nuestros males,
el de los espirituales
ejercicios; y fue así.

Nos llevaba hasta su celda
aquel padre virtuoso
hablándonos sinuoso
de lujuria, el muy falsín.

Si habías tenido en cuenta
los peligros de la carne,
te preguntaba el buen padre
con insistencia pueril.

Y así siguiendo estas tretas
seleccionaba su grey
de efebos bajo su ley,
su rebañito infantil.

Yo que alumno también fui
de aquellas Escuelas Pías
voy a contarles los días
de mi paso por allí:
Tal vez de un tal Soria fuera,
o alguno de los García,
de quien "poray" se decía
que le hacía más tilín.

Mas la historia verdadera
del buen padre Fructuoso
hombre, por demás, meloso,
cariñoso y sebosín,
sólo se sabrá certera
si algún soria, algún garcía
o algún gonzález, por fin,
la cuentan a su manera.

Yo que alumno también fui
de aquellas Escuelas Pías
quise contarles los días
de mi paso por allí.

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escrito por Manuel hace 2 años

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