Después de dos semanas de retransmisiones de corridas de toros y de novillos en La Siete, de compromisos presidenciales con la tauromaquia, de ciclos formativos de banderillero, picador y torero, al parecer el novedoso nicho de empleo descubierto por la comunidad autónoma para acabar con la lacra del paro y del exacerbado poder del cabildo del mundo del toro en esta Región, que transparenta en toda su carnalidad la deriva del Gobierno Regional y del grupo político que lo sustenta, la calidez nocturna de un 14 de septiembre se convirtió en un grandioso titular bajo una luna que apenas reflejaba las sombras de los esqueletos del muro que dividirá la ciudad de Murcia en dos: “Última hora: la Policía ha cargado contra los manifestantes de las vías del paso a nivel de Santiago el Mayor”. Desde los años ochenta del Siglo XX, si la memoria no me falla, desde las luchas estudiantiles con sus lemas igualitaristas, el hijo del obrero a la Universidad entre otros, no se recuerdan cargas policiales en esta tranquila y provinciana ciudad de Murcia. Intentos de criminalización, sí. Todavía recordamos la manipulación que se orquestó en 2011, a raíz de la agresión del por entonces Consejero de Cultura, para satanizar a la “izquierda poliédrica” (Valcárcel dixit) y sofocar las grandes manifestaciones de los empleados públicos.

Entre los toros, el silencio septembrino sobre la lamentable situación del Mar Menor, los 800.000 fieles que participaron en la Romería de la Fuensanta y la opacidad del presidente de la Comunidad Autónoma, la ciudad de Murcia duerme mecida por la brisa cálida que agita levemente las hojas de los sauces. Que haya cicatrices insólitas que marcan su cuerpo urbano no importa, que miles de personas se concentren en las vías del tren para exigir que no se levante el muro de la vergüenza tampoco, que la táctica sea el silencio ni te digo. El mirar para otro lado y el mantener como información destacada un extraño y oportuno incendio de dos máquinas de las obras del tren parece ser la noticia, no que un ministro haya ordenado al Delegado del Gobierno impedir las legítimas protestas de una gente, como tú y como yo, que no quiere ver partida su ciudad en dos. En esta Región el pueblo siempre ha sido el culpable y debe asumir también como pecado las fantasmadas de sus dirigentes políticos. Culpable, siempre culpable de las mentiras, de las ocultaciones y de las burlas del gobierno de la villa y corte de Madrid.

Las luces azules de los furgones policiales han teñido de estupor el paso a nivel de Santiago el Mayor. La noche del 14 de septiembre. Desde los años ochenta del Siglo XX, si la memoria no me falla, no ha habido cargas policiales contra gente decente que lo único que pedía es que se pusiera fin a una burla que dura ya más de una década. A la derecha del paso a nivel se observa la hilera de pilastras de hierro que sustentarán el muro de la vergüenza. Al otro lado de las vías, los edificios de un barrio orgulloso y honrado, tal vez demasiado humilde para unos gobernantes que se recrean en los misterios cada vez más insondables  que los ha encumbrado al poder y los mantiene en él a pesar de que su credibilidad se resquebraja a cada instante.  Alguien dirá que los manifestantes nos lo hemos buscado, que todos los que exigimos una ciudad más amable y sin esa terrible cicatriz que divide los barrios somos unos alborotadores. En realidad, somos la sociedad civil y como tal nos organizamos. Y cuantas más mentiras pregonen y más medios utilicen para acallar nuestras voces, más fuertes seremos.

Es ya madrugada en la ciudad. Se escucha alguna sirena en la lejanía. El grito “el tren por abajo, la gente por arriba” se volverá a escuchar mañana, y pasado mañana, y siempre porque la razón está de nuestra parte y siempre se escucha más fuerte y más limpia.