Hace de eso muchos años. Vivíamos en un estado casi selvático. Riachuelos de nitrato surcaban el país y en su desembocadura flotaban los peces muertos debajo de las olas de espuma. Fue entonces cuando comenzó a utilizarse la expresión “hacerle la cruz de Caravaca”. Yo por entonces utilizaba el diccionario ideológico de Julio Casares. Sí, en papel, con sus mil páginas y sus partes sinóptica, analógica y alfabética. “Hacerle a uno la cruz”, dar a entender que inspira aborrecimiento o recelo. ¿Cuántas veces me habían hecho la cruz a mí?; un individuo incrédulo, de izquierdas y, seguramente lo que más animadversión provocaba, sindicalista. Decenas, centenares, posiblemente miles de veces. Normal, me lo merecía.

Por aquellos días, mayo había dejado ya atrás su ecuador y el calor comenzaba a frisar los treinta grados, recibí un correo electrónico con un archivo adjunto. El texto era escueto, apenas dos frases: “Ya sé que no nos hablamos, pero el personal me pide que los de CCOO escribamos algo al respecto. Lo de condicionar el uso al signo del acto administrativo, como pone el punto primero del acuerdo que te adjunto, puede ser hasta ilegal”. El archivo adjunto contenía el Acuerdo del Consejo de Gobierno de la Región de Murcia que establecía la inclusión “en los documentos que tengan como destinatarios a los ciudadanos o a otras entidades públicas o privadas (…) (d)el logotipo del acontecimiento “Caravaca de la Cruz 2017. Año Jubilar, salvo en aquellos documentos que recojan actos desfavorables para su destinatario, tales como puedan ser actos sancionadores o desestimatorios, y cuya asociación a la imagen del acontecimiento pudiera suponer una publicidad negativa”. El logotipo del acontecimiento era un diseño de la Cruz de Caravaca inserta en una ventana de arco ojival con dos hojas de madera abiertas.

Fue entonces cuando comenzó a gestarse la leyenda de “hacerle la cruz de Caravaca”. No hay que olvidar que se sembraba sobre un terreno abonado. Nuestro país era muy dado a sacar vírgenes en procesión a la más mínima ocasión y a que nuestros políticos mentaran a vírgenes y santos para que nos protegieran de todo lo habido y por haber (y para que la economía nos fuera propicia, uno de los últimos descubrimientos del milagrerismo patrio). No es necesario repasar la hemeroteca. Desde ese año, cuando un peticionario de una ayuda (una pensión no contributiva, reconocimiento de la dependencia de la discapacidad, concesión de una plaza en una escuela infantil pública, ayudas a la emprededuría, etc) abría una carta con el membrete de la Comunidad Autónoma buscaba inmediatamente la cruz. El champán corría a raudales cuando la Cruz de Caravaca estaba impresa, toda hermosa y radiante, en la resolución y si alguien no sabía leer por cualquier motivo, o no entendía la complejidad del documento, bastaba con decirle “te han hecho la cruz de Caravaca” para que una amplia y satisfecha sonrisa iluminara su rostro. Todo lo contrario ocurría cuando el documento recibido no la contenía inserta en la ventana gótica. Tristeza y un lamento largo y desgarrado en un país en el que Cáritas había atendido a 79.500 personas necesitadas en 2016. ¿Por qué le habían hecho al vecino la cruz de Caravaca y no a mí, que soy buen ciudadano y les voto desde casi el Big Bang?- me preguntaba un parado que buscaba empleo desde 2014-.

Con el tiempo, el diccionario ideológico de Julio Casares incluyó en una de sus revisiones la acepción “hacerle a uno la Cruz de Caravaca”, e incluso un escritor famoso de una ciudad del interior del país propuso incluir la variante “hacerle a uno la santa espina de Mula”. Yo por mi parte, no llegué a escribir al respecto. Nunca supe el porqué. Vivir en un país como el mío, tan propenso a las misas de desagravio, a las vírgenes y santos en procesión para pedir fortuna y protección, a tanta encomienda política al santoral para que guie a los políticos por el buen camino, a tanto alcalde cafre que retira obras de arte de la vía pública por supuestas ofensas al ejército, a tantos otros que se rasgan las vestiduras cuando alguien levanta el dedo y musita un “¿y el carácter aconfesional del Estado?”, acaso me había vuelto en exceso prudente. Pero seguramente la razón profunda que me hizo guardar silencio, hablo de aquel lejano año de 2017, fue constatar que la inserción de la cruz de Caravaca en los documentos públicos de la Administración Regional no atentaba al carácter aconfesional del Estado. En realidad era puro y duro mercantilismo, la conversión de cualquier símbolo, religioso o pagano, en mercancía, el desprecio, en definitiva, a la iconografía cristiana y a la gente que todavía alberga profundos sentimientos religiosos.

2017 es ya un año lejano, oculto por la densa niebla de lo medieval. Y yo, ya en una edad en la que solo espero que la muerte se apiade de mí y no me haga sufrir en exceso, con mucha otra gente que no me habla por mi inopinada incredulidad, me he vuelto más imprudente y escribo sin miedo al vacío en el que vive eternamente mi país.