Viajé a Cuba hace muchos años, no mucho después del desmerengamiento del denominado bloque socialista, aquel que cayó con el Muro de Berlín pero que ya olía a cadáver desde los años sesenta del siglo pasado. Fue un viaje bonito, quitando tal vez los mosquitos de Varadero y sus playas de postal. Fue un viaje con pocas tormentas entre el Caribe y el Atlántico, pero aún pudimos sentir los aguaceros, los relámpagos a lo lejos, la naturaleza desbordando lo humano, aquella autopista transitada por jinetes, carros de bueyes o con la gente invadiendo la calzada en espera de la guagua.  O aquel trayecto surrealista al Valle de Viñales durante el que la parroquia cantaba canciones de la tuna. Surrealista tal vez para mí, porque rodeado de aquel paisaje, de aquel cielo, de aquellas colinas y de aquel fulgor de la naturaleza que se hacía corazón en cada recodo del camino, no llegaba a comprender la oportunidad de tales canciones cuando lo que tocaba era la contemplación casi mística de la belleza absoluta. 

Con los años y más lecturas llegué a comprender que aquello que te acogía con sus colores, olores y sabores fue durante muchos siglos un infierno. Ya nos lo dijo Ramón y Cajal cuando estuvo en la Guerra de los Diez Años cubana, también de los deshilachados relatos de mi abuelo sobre un antepasado nuestro que sobrevivió a la guerra de Cuba. Pero en realidad, ¿qué nos importa aquel tiempo remoto y sus personajes?. Leer el “Ingenio”de Moreno Fraginals, que finalmente murió en el exilio de Miami o “Guerra y Genocidio en Cuba: 1895-1898” de Jhon L. Tone puede enfrentarnos a algunos al poliedro desquiciado de la historia y dejar en la total indiferencia a la mayoría, sobre todo a aquella que abomina de la memoria histórica, la nuestra y la de todas las naciones que en algún momento se han enfrentado internamente o han llevado sus sueños de grandeza más allá de sus fronteras.

Sin duda nunca olvidaré aquel viaje a Cuba. Por entonces, al régimen castrista le quedaban meses de vida, nadie de los que se nos acercaba para acordar cualquier tipo de negocio, desde el alquiler de un coche hasta comida en un entorno familiar o que nos entregaba una carta para remitirla ya en España a una dirección postal, hablaba bien de la Revolución. Fidel Castro era merecedor del Premio Nobel de Química porque había convertido el socialismo en mierda, no habían perros en las calles porque se los habían comido los habaneros, los pinareños, los santaclareños o los santiagueros, entre otros, en La Habana se habían desarrollado días antes de nuestra llegada manifestaciones de protesta... Y en medio aquellas ciudades extrañas, detenidas en el tiempo y aquellas gentes que pasaban a nuestro lado ignorándonos u ofreciéndonos sus servicios, las calles de La Habana, El Malecón, EL Capitolio, el teatro García Lorca, aquella ciudad que parecía caerse a pedazos pero que nunca dejaba de enamorarte. Y más lejos aún, fuera de las ciudades, los campos de azúcar, aquellas extensiones oníricas de limoneros engullidos por la vegetación tropical, las tormentas, los caminos de tierra, los cruces de ferrocarriles, las granjas experimentales, el tiempo transcurriendo lentamente en los parques, en las fábricas, en los portales de las casas.

Hace muchos años de aquel viaje a Cuba, pero todavía recuerdo que la langosta estaba insípida, que los mojitos eran deliciosos, que la gente que te abordaba en la calle o en la barra del bar del hotel era encantadora, no menos que los habitantes de la ciudad que iban y venían como hormigas de un sitio a otro, ignorándote, pensando en sus cosas, en su vida, acaso en el momento después, que había una humedad difícil de soportar, que el bar en el que pasaba Hemingway parte de su vida habanera no me dijo nada, que las aguas turquesas de Varadero me dejaron indiferentes y que disfruté contemplando la formación de una tormenta en el mar o el recital de canciones de la Nueva Trova Cubana en un barco anclado en no sé que puerto fluvial.

Regresé a España con una edición del “Ingenio” de Moreno Fraginals pagado con dólares. A pesar de que las librerías cubanas aceptaban los pesos para comprar libros, pocos hubo que me pudieron interesar. Solo tal vez una preciosa edición de un libro de Espriu y Obras Escogidas de Buero Vallejo. Lo demás, por entonces, era solo aridez ideológica y política. Posiblemente todavía siga siéndolo. 

Cuba se dirige hacia una transición en lo político y en lo económico. Nunca se podrá pedir a un pueblo que sea rehén de nuestras frustraciones utópicas, el eterno resistente frente a lo que consideramos el mal o su encarnación. Ojalá tal evolución no sea tan frustrante como la vivida por Europa en los últimos años. En el mundo de la abundancia y la velocidad, sueño a veces con un patio de edificio, con plantas adornándolo, con el sol iluminando las galerías superiores, con una guitarra y un guitarrista, con un libro en la mano y una bebida en la otra, con Yolanda, eternamente Yolanda, susurrándome al oído que hay algo más allá de mis dedos intentando alcanzar la pantalla de la televisión.